Pedro Sánchez y el “No a la Guerra”: resistir en un mundo incierto, con aliados inesperados | Por Pedro Enrique Andarelli

El director de ALCALÁ HOY, Pedro Enrique Andarelli, reflexiona en esta tribuna sobre la postura de Pedro Sánchez ante la escalada internacional con Irán y el regreso de Donald Trump al escenario global. Entre la sátira distópica y el análisis político, el autor examina las razones internas del presidente, los apoyos inesperados en Europa y el debate que abre en España el controvertido “no a la guerra”.

Fotocomposición IA de Pedro Enrque Andarellli
  • Entre distopía geopolítica y cálculo político, Sánchez resiste con su “no a la guerra”, mientras Europa observa, Trump presiona y España debate.
Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY

En un panorama internacional que por momentos parece salido de una distopía orwelliana, con un matón de peluquín naranja dictando amenazas desde un resort de Florida, la postura de Pedro Sánchez se presenta como un ejercicio de resistencia casi quijotesca. Su reafirmación del “no a la guerra” no es mero romanticismo pacifista, sino una defensa pragmática del derecho internacional, de los derechos humanos y, también, de los intereses de España.

En estos días de tensión creciente con Donald Trump y Benjamín Netanyahu, Sánchez intenta demostrar que aguantar, incluso sin presupuestos, puede ser no solo un gesto político audaz, sino una necesidad estratégica. Esta tribuna explora las razones internas de esa resistencia, su eco internacional, con mementazos trumpianos incluidos, algunos matices críticos y los respaldos inesperados que empiezan a emerger. Todo ello visto desde nuestra Alcalá, donde la paz sigue valorándose en plazas cervantinas, lejos de aventuras belicistas.

Empecemos por el meollo interno, sin edulcorantes. Fuentes cercanas al presidente apuntan a tres pilares que explican por qué Sánchez no contempla adelantar elecciones pese al bloqueo presupuestario.

El primero se llama Cataluña. El cierre definitivo del procés, con el regreso de Carles Puigdemont incluido, es una pieza central de la estrategia política del Gobierno. Si Mariano Rajoy quedará en los libros de historia como el capitán del Titanic institucional, Sánchez aspira a figurar como el ingeniero que intenta reflotarlo. En una ciudad como Alcalá, donde conviven acentos de toda España y medio mundo, esa reconciliación territorial suena más a sentido común que a experimento político: menos fractura institucional significa también más estabilidad económica y social.

El segundo pilar son los fondos europeos. Los programas Next Generation EU continúan funcionando como palanca para reformas industriales, energéticas y digitales que pueden tener impacto real en territorios como el Corredor del Henares. Renunciar ahora a esa oportunidad sería algo parecido a levantarse de la mesa cuando el banquete apenas ha comenzado.

El tercer factor es el tablero internacional. Sánchez se ha convertido, voluntariamente o no, en una de las voces más visibles dentro del bloque europeo que intenta mantener cierta autonomía frente a la deriva belicista que algunos dan por inevitable. Hace apenas un año muchos aplaudieron la coherencia de Olaf Scholz al adelantar elecciones en Alemania sabiendo que podía perderlas. En tiempos normales, gesto admirable. Pero 2026 no es un año normal. Es más bien un thriller geopolítico con ola reaccionaria incluida y Trump de regreso al escenario. En ese contexto, abandonar el tablero podría interpretarse como entregar la partida antes de tiempo.

La decisión española de vetar el uso de las bases de Morón y Rota para bombardeos contra Irán ha sido el movimiento más visible, y más polémico, de esta estrategia. Para algunos expertos, la hipotética ofensiva contra Irán sería una guerra “obscenamente ilegal”. Para otros, una respuesta necesaria. España ha optado por marcar una línea roja.

La decisión ha generado efectos curiosos. Incluso Giorgia Meloni, nada sospechosa de pacifismo ingenuo y bastante cercana al universo político trumpiano, ha replicado en parte el criterio español respecto al uso de bases militares italianas. Triunfo diplomático parcial, sí, aunque con matices.

No hay incoherencia en que España mantenga una fragata defendiendo a Chipre, socio de la Unión Europea, mientras rechaza participar en bombardeos. Es la diferencia entre escudo y espada. Entre defenderse de un golpe o repartirlo. Repudiar al régimen iraní no obliga necesariamente a aplaudir una guerra que, viendo los precedentes de Irak o Afganistán, podría desembocar en otro largo caos regional. Un escenario en el que kurdos, milicias y rivalidades internas podrían convertir el país en un tablero aún más inestable.

Dicho esto, conviene introducir un matiz crítico. En su comparecencia del pasado 4 de marzo, Sánchez condensó su posición en cuatro palabras rotundas: “No a la guerra”. Y añadió que España no sería “cómplice por miedo a represalias”.  Y otro más: tampoco habría estado de más un telefonazo al líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, siempre dispuesto a instalarse en la calle de la llorería.

La frase es poderosa, pero deja algunos interrogantes abiertos. Por ejemplo, cuáles podrían ser las consecuencias económicas concretas para España en caso de tensiones comerciales con Washington o de nuevas sacudidas en el precio del petróleo. A veces la comunicación del Gobierno se vuelve algo opaca, como una niebla madrileña en la A-2 a primera hora de la mañana. En una época dominada por los “mementazos” virales, esas piezas breves donde Trump aparece posando como cowboy digital mientras acumula millones de likes, España necesitaría probablemente una narrativa más anticipatoria y menos reactiva.

Dentro de Europa, la posición española tiene algo de rareza. Macron mantiene un tono duro frente a Rusia pero prudente respecto a Irán. Meloni oscila entre el pragmatismo europeo y su cercanía ideológica con Trump. Friedrich Merz evita choques directos con Washington. Keir Starmer prefiere alinearse con Estados Unidos mientras lidera iniciativas de seguridad europeas. Nadie, sin embargo, ha sido tan explícito como Sánchez en su “no a la guerra”.

Y aun así, no está completamente solo. Desde el estallido de la crisis iraní han aparecido apoyos inesperados. Emmanuel Macron ha llamado para expresar solidaridad europea. Ursula von der Leyen ha advertido de posibles respuestas comunitarias ante presiones comerciales. António Costa ha recordado públicamente que “España es Europa”. Incluso Friedrich Merz, poco sospechoso de sanchismo, ha lanzado una advertencia diplomática que ha resonado en Bruselas: España no es un actor aislado, sino parte del bloque europeo.

Mientras tanto, la política internacional también se libra en el territorio peculiar de las redes sociales. Un vídeo de la presentadora turca Ece Üner, hablando en español casi perfecto, se volvió viral hace unos días. En él agradecía a España “estar en el lado correcto de la historia” y representar “la conciencia común de la humanidad”. Miles de compartidos, comentarios emocionados y un cierto orgullo colectivo recorrieron las redes.

También circula un montaje peculiar en X: fragmentos de discursos de Sánchez, algún partido improvisado de ping-pong institucional y una canción dedicada a “Pedro Sánchez Pérez”. El hashtag #NoALaGuerra acompaña el vídeo como si fuera la banda sonora de una pequeña epopeya política digital. Una mezcla de propaganda, humor y cultura pop donde la diplomacia se convierte en meme.

Lo que resulta más sorprendente es la reacción de la derecha española. PP y Vox han optado por atacar con dureza la postura del Gobierno. Alberto Núñez Feijóo habla de una España “aislada”. Isabel Díaz Ayuso llega a calificar al presidente de “paria internacional”. En Murcia, algún dirigente popular ha proclamado que preferiría alinearse “con Alemania antes que con dictadores”.

La paradoja es evidente. El patriotismo se vuelve feroz cuando se trata de confrontar con independentistas, pero bastante más dócil cuando el interlocutor es el poderoso aliado atlántico. La pregunta que flota en el aire es sencilla: si llegaran al Gobierno, ¿mantendrían el rechazo a elevar el gasto militar al 5% del PIB que algunos sectores de la OTAN empiezan a insinuar? ¿O aceptarían esa cifra con el argumento de la seguridad global, incluso a costa de recortes sociales?

Conviene no caer en ingenuidades. Pedro Sánchez no va a frenar por sí solo la deriva geopolítica de un mundo cada vez más turbulento. Pero su estrategia apunta a algo diferente: resistir lo suficiente como para mantener abierta una alternativa política dentro de Europa. Una diplomacia incómoda, a veces imperfecta, pero alineada con la idea de que el derecho internacional no puede convertirse en una nota a pie de página.

Desde Alcalá de Henares, ciudad de Cervantes y de plazas tranquilas, la cuestión adquiere otra perspectiva. Aquí la paz no es una abstracción geopolítica, sino una forma de vida cotidiana. Nuestros vecinos probablemente prefieren que España lidere debates sobre derechos, cooperación o comercio antes que participar alegremente en guerras preventivas. Sánchez, con sus aciertos y mis dudas cartesianas, parece haber elegido ese camino.

En un mundo cada vez más cercano a la distopía, con líderes convertidos en personajes virales, diplomacias reducidas a memes y decisiones militares tomadas a golpe de tuit, resistir puede parecer poca cosa. No suena épico. No llena titulares. Pero quizá, precisamente ahora, resistir sea lo más revolucionario.

Porque en esta era de testosterona geopolítica, de imperios improvisados y de matones con peluquín dictando el orden mundial desde un resort tropical, decir “no a la guerra” puede parecer un gesto pequeño. Y, sin embargo, es exactamente así como empiezan las cosas importantes.

En el momento de publicar esta tribuna, la guerra ha entrado en una nueva fase de intensificación. Durante la noche del 7 al 8 de marzo, explosiones y columnas de fuego han vuelto a sacudir Teherán tras nuevas oleadas de ataques estadounidenses e israelíes, mientras Irán respondía con misiles y drones contra Israel y varias bases militares en el Golfo. El conflicto alcanza así su octavo día con una escalada visible y sin señales claras de desescalada inmediata, confirmando que la tormenta geopolítica descrita en estas líneas no se disipa, sino que sigue creciendo.

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1 Comentario

  1. Aunque apenas estamos en los balbuceos, se está configurando un frente europeo que ha tomado conciencia de que no se puede seguir dependiendo de Estados Unidos, porque no es un verdadero aliado, ni de Rusia. Esto lo entienden Sánchez y Meloni, en las antípodas ideológicas, pero al parecer no lo entiende la derecha española, que prefiere seguir con sus jueguecitos de patio de colegio (un día dicen que Sánchez es aliado de los ayatolás y al día siguiente sugieren que es un belicista por enviar un buque de apoyo a Chipre). Como la gente percibe esta falta de seriedad, salpìmentada con fuertes dosis de cipayismo cainita, la oposición no termina de despegar pese a los problemas internos de Sánchez.

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