EL SALVADOR, AYER Y HOY | Por Pilar Blasco

Pilar Blasco, licenciada en Literatura Española, firma esta tribuna a partir de su experiencia personal en El Salvador, país que conoció en décadas marcadas por la violencia y la guerra. Desde esa memoria vivida y sus posteriores visitas, la autora reflexiona sobre la profunda transformación experimentada en los últimos años bajo la presidencia de Nayib Bukele, contraponiendo recuerdo, percepción ciudadana y debate democrático.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Pilar Blasco es  licenciada en Lengua española y ha colaborado en publicaciones locales en temas de actualidad política y cultural.

El miedo es una forma de represión, encubierta o no. La delincuencia desatada es una señal de debilidad de los gobiernos o una estrategia de control de la población, intencionadamente indefensa. Ambas cosas se dan en países diferentes y con diversos fines. Digamos que en los que cuentan con leyes firmes y medios policiales, el crimen es una cuestión de orden público en diversos niveles con el que se cuenta. Lo que se llama un mal estructural, un desajuste inevitable del sistema. En el Salvador, país que he visitado recientemente y en otras ocasiones, los índices de violencia y terror eran una forma de vida desde hace muchas décadas. Uno de los países más peligrosos del mundo si no el que más. Esa vitola ostentaba ese pequeño territorio centroamericano cuya extensión y población es más o menos los de la comunidad de Madrid.

Las razones que se aducían eran varias, desde que la población originaria era de mala ralea (presidiarios y gente de mal vivir, leyenda negra) hasta que la superpoblación asfixiaba la convivencia, junto con la pobreza, el alcohol, las armas de fuego, etc.   La verdad es que El Salvador, en etnia, población, geografía y economía no se diferencia sustancialmente de las naciones de su entorno, el istmo centroamericano del sur de Méjico. Lo que es una región uniforme en situación, paisaje relieve, medios naturales, historia, lengua y culturas está dividida en pequeños países a raíz, como sabemos, de las divisiones propiciadas por las independencias del Virreinato de Nueva España. De aquel rompimiento y decadencia posterior de los virreinatos se ha escrito mucho y en parte explica el presente de la América en otro tiempo española. Pero no corresponde tratarlo hoy aquí.

En los años 70-80 del siglo pasado, El Salvador era un polvorín de explosión interna. La delincuencia común condicionaba la vida de sus habitantes de un modo incomprensible para el foráneo, que en aquellos años éramos los extranjeros que por motivos laborales residíamos allí. Los naturales del país convivían con cierta naturalidad por la fuerza de la costumbre, casi por tradición, la mayoría no conocían otra cosa. Las viviendas contaban por necesidad con un vigilante armado en la puerta por las noches, muchas las 24 horas, lo mismo que empresas y negocios.  Los espacios públicos y de ocio estaban vigilados por agentes del orden público o  privado. Los transportes eran un medio muy peligroso, del que podías salir sin joyas, sin dinero, sin ropa y sin la vida. Tampoco en el auto privado estabas seguro, los secuestros y atracos en calles y caminos eran un riesgo asumido si querías recorrer el país o simplemente ir al supermercado. Era así.

En los 80 irrumpió la guerra declarada por movimientos provenientes de Cuba y Nicaragua, extensivos a toda la región, que supuso 10 años de peligro extremo, este de carácter político y militar. El exilio de gran parte de la población – todo el que pudo salir salió- propició la formación en estados Unidos, California especialmente, de bandas criminales, las mismas que ejercían en su país alimentadas por nuevas generaciones de jóvenes desarraigados, captados por el tráfico de drogas y la vida fácil del dinero inmediato, la pertenencia a un grupo violento con “poder” y esos factores psicosociales que fabrican criminales de alta intensidad. Los cuales, al acabar la guerra, presionados   por la política migratoria de USA, regresaron a sus países de origen, de los cuales también desarraigados, a recrear allí las pandillas del terror, preferentemente sobre la población más indefensa, la de los suburbios de San Salvador y demás ciudades.

De manera que los salvadoreños de bien que quisieron regresar a sus hogares y rehacer vidas y familias después de la guerra, se encontraron con el infierno de las maras. (años 2000 en los que también lo visité). Los crímenes de esas mafias son inenarrables. Para empezar, la estética diabólica anunciaba sus acciones, carentes de moral y de piedad para las víctimas, preferentemente la población civil fácil de aterrorizar por indefensión. La cual, estableció su propio toque de queda, de manera que a partir de las 6 de la tarde nadie salía de casa, ni tomaba el bus, ni dormía temiendo que sus hijos e hijas no regresaran vivos. Circunstancia que se daba con frecuencia. Cuando no eran captados por las propias bandas. Negocios modestos, viviendas, barrios enteros, eran “expropiados” por la fuerza demoniaca de los tatuados y rapados a imagen de las fuerzas del mal de las películas más extremas, a las que sobrepasaba la realidad. Otro motivo de exilio y huida de la población por el medio que fuera.

El porcentaje de exiliados salvadoreños es difícilmente cuantificable (probablemente lo estará). Lo cierto es que en el sur de Estados Unidos, por no hablar de todo el país, se pueden encontrar salvadoreños en gran proporción de entre los hispanos inmigrantes. La institución popular del Hermano Lejano. Gente trabajadora, emprendedores, inversores, creativos… porque el salvadoreño tiene esas cualidades además de un carácter de natural amable, educado, sencillo y servicial. Su antigua mala fama, hoy revertida, venía del crimen sin control. Por impotencia de los sucesivos gobiernos, por desinterés o precisamente por interés en consolidar la situación de inseguridad, que sin duda es táctica comprobada de control y manipulación de masas. Pues en El Salvador ha gobernado la derecha y la izquierda a partes iguales en los últimos 40 años y ninguno controló el crimen.

Y llegó Nayib Bukele con su CECOT, Centro de confinamiento del terrorismo, ojo, la consideración como terrorismo del crimen de alta intensidad a gran escala. Hace cinco años nada más. Y comenzó por el principio, por atajar el mal sin paliativos ni paños calientes, sin anestesia y sin piedad. El fenómeno está servido. El “milagro” está a la vista. No pretendo hacer apología del Presidente, un hombre joven, de ascendencia árabe, de los que en América hispana llaman tradicionalmente turcos, por extensión, integrados por generaciones, cristianos sin complejos. Bukele es, como casi todos los de su clase y origen (hay muchos en Centroamérica), empresario y hombre de negocios, liberal y moderno. De su gestión no tengo toda la información, me guio y me baso en lo que vi y viví y en lo que he visto estos días. También he visto y oído que tiene sus detractores y desencantados, temerosos del futuro, algunos furibundos. Nada nuevo, lo considero señal de democracia y libertad, por el momento.

Pero tengo que contar que he visto ciudades limpias y seguras, donde la gente pasea (verbo impensable en mis tiempos) tranquilamente, condición indispensable para la transacción comercial y laboral, servicios públicos entonces inexistentes o invisibles, edificios modernos de altura en una zona sísmica. Estadios deportivos a nivel mundial, carreteras de varios carriles que hoy unen poblaciones prácticamente incomunicadas entre sí, monumentos restaurados… Práctica restricción de alcohol y uso de armas en lugares públicos, lacras del pasado causante en gran  parte de la delincuencia y el desorden. Naturalmente que hay mucho por hacer, el tema es complejo. Pero por algo se empieza.

A simple vista, un viajero común verá un país en vías de desarrollo, con carencias y desigualdades comunes en la zona, con un grado de exotismo en proceso de extinción hacia la modernidad.  Los que hemos conocido el Salvador en tiempos aciagos hallamos una población doblemente amable, relajada y aparentemente feliz, que adora a su presidente porque les ha concedido el lujo de vivir en paz.

Aquí lo dejo.

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