LOS SANTOS INOCENTES | Por Pilar Blasco

Con motivo de los Santos Inocentes, Pilar Blasco plantea una reflexión sin concesiones sobre la deriva moral de nuestra sociedad, estableciendo un paralelismo entre la matanza bíblica ordenada por Herodes y el aborto en el siglo XXI. Una tribuna provocadora que interpela al lector sobre el lenguaje, las cifras y las responsabilidades colectivas ante la vida humana. Las opiniones publicadas reflejan la voz de sus autores en el marco del debate plural que ALCALÁ HOY promueve.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Pilar Blasco es  licenciada en Lengua española y ha colaborado en publicaciones locales en temas de actualidad política y cultural.

Nuestro santoral cristiano no deja a nadie atrás. Hace días escribí sobre los ángeles custodios con motivo. El de esta semana también aunque mucho más trágico. El rey Herodes el Grande reinaba en Galilea y sospechaba de todo el mundo como buen sátrapa tirano de aquella época y de todas las épocas. Estaba anunciado que por aquellas fechas nacería en Belén un rey. Hizo matar a los niños recién nacidos porque creía en las profecías. Era un creyente sin duda. Ahora también lo somos a nuestra manera. Creemos a los manipuladores de mentes que nos convencen de que los hombres son mujeres y viceversa, que el planeta Tierra se acaba por culpa nuestra y que es mejor sembrar molinos y placas solares que trigo y tomates. Y que matar niños no nacidos es salud sexual y reproductiva.

Los profetas del Antiguo Testamento según parece eran hombres respetables y respetados a los que había que escuchar bajo pena de que cayeran sobre los incrédulos las penas del destino. Por eso José y María cogieron al Niño y huyeron a Egipto hasta que Herodes murió. Y aun así, volvieron a Israel, pero no a Belén sino a Nazaret, por si acaso. Por un hijo se hace lo que sea, se huye a pie, se deja todo y se da todo, la vida y cien vidas más. No es algo impuesto, es ley de vida, de la naturaleza, de la continuidad de la especie, la de la sangre, la familia, la ley de Dios.

En el siglo XXI muy pocos profetas anuncian que en el futuro nuestra civilización será vista con horror como nosotros vemos la matanza de los inocentes. Aunque hay profetas en nuestros días y en nuestros medios que lo anuncian, ya no son respetados y obedecidos sino ridiculizados, cancelados y censurados, si dicen las verdades que molestan al tirano. Esas profecías son cosas de conspiranoia y fachosfera. Quizá porque el tema es horrendo, más que espinoso, espeluznante, mejor pasar de puntillas o no pasar, ignorarlo. Algo que no se ve, no existe. Son cifras.

Estos son otros tiempos en los que se han invertido los términos literalmente, sustituidos con un lenguaje espurio, supuestamente aséptico y neutro, según el cual el sintagma interrupción voluntaria del embarazo puede sustituir al sustantivo (de sustancia) aborto, o si preferimos otro sintagma, muerte premeditada y asistida de un bebé no nacido por medios clínicos, mecánicos o químicos; depende del tamaño del niño se aplica la trituración u otros métodos igualmente macabros que prefiero no describir.

Los santos inocentes de nuestros tiempos no son llorados por sus familias, ni siquiera por sus madres, no tienen nombres, no son enterrados en sagrado ni en laico. Son una estadística. Un número muy elevado del que se enorgullecen los gobernantes, al menos los nuestros actuales, como si se tratara del producto interior bruto o de las cifras de empleo. No se da la vida por ellos sino todo lo contrario, se la quitan sus madres sin razón ni permiso en laboratorios asépticos de cuerpo y alma, públicos y privados. Curioso que esa “sanidad” privada, en muchos casos importada, multinacional, no tenga el rechazo de la pancarta iracunda y la tamborrada reivindicativa de grupos feministas, sindicatos de clase y demás activistas de las mareas callejeras.

Matar niños inocentes, eso es el aborto moral y sustantivamente. Cantidades de tres dígitos con muchos ceros anunció la ministra de “sanidad” hace poco con aplomo y orgullo. Cifras estadísticas de las que denotan, según los poderes omnímodos que nos manejan, a ella también, políticas sociales progresistas, feministas porque son socialistas (no necesariamente), respeto a los derechos de las mujeres, sanidad pública avanzada y universal, etc. Todos esos abortos, la inmensa mayoría productos de embarazos no deseados pero tampoco prevenidos ni evitados, contraídos en un calentón nocturno etílico o de otras sustancias, o simple fogosidad juvenil no controlada, los pagamos nosotros, los contribuyentes, queramos o no, seamos católicos o ateos, como todos los caprichos, corrupciones y estafas de nuestras clases dirigentes.

El gasto de cientos de miles de abortos no sólo se suma a tantos dispendios no deseados por el ciudadano español, sino también al plan premeditado de empobrecimiento moral, social, material y humano diseñado por agendas maléficas, según el cual matamos a nuestros inocentes para a la vez cubrir su ausencia con otros individuos lejanos y extraños, no todos inocentes, que desembarcan sin control por nuestras ausentes fronteras de tierra mar y aire, a los que debemos alimentar, mantener y educar con todo requisito y por obligación. Para esa generosidad involuntaria y solidaridad forzosa nadie nos ha pedido permiso. Como a los Santos Inocentes.

En fin, son fechas para desear Feliz Año Nuevo a mis posibles lectores de buena voluntad.

 

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1 Comentario

  1. «Curioso que esa “sanidad” privada, en muchos casos importada, multinacional, no tenga el rechazo de la pancarta iracunda y la tamborrada reivindicativa de grupos feministas, sindicatos de clase y demás activistas de las mareas callejeras».
    Ha dado usted en el clavo: Es la sanidad que usan para curarse del embarazo inoportuno. Y mira que hay formas de evitarlo.
    Antes, las pudientes hacían turismo abortivo a London, pero la hipocresía sigue siendo la misma.
    Expresada mi opinión, respeto, aunque no comparta, las decisiones ajenas, siempre que no me joroben. ¡Faltaría más!

  2. Cuanta razón tienes Pilar, una sociedad que tiene la capacidad para matar a tantos inocentes y de manera tan ruin, tan deleznable. En el futuro seremos catalogados como criminales y nos lo habremos ganado a pulso.
    Vivimos en una sociedad enferma.

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