Ginocracia, por piedad | Por Javier Bardón

Una sustancia invisible parece invadir el salón familiar cada vez que la televisión escupe poder, testosterona y ruido político. En este artículo de opinión, Javier Bardón, profesor de Psicología Social, mezcla ironía afilada y pulso narrativo para unir crítica mediática y experiencia doméstica mientras se pregunta qué pasaría si el mundo se gobernara de otra manera. Una columna incómoda, literaria y provocadora sobre violencia, liderazgo, género y sentido común en tiempos de crispación permanente.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli

 

  • Sátira y política sobre testosterona, poder y violencia mediática, con psicología social e ironía para imaginar gobiernos distintos y apagar la televisión.

      • Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»

En estos días en los que uno enciende la caja tonta, bien por inercia, bien por imperativo familiar, tal vez les haya ocurrido lo que a mí, que mientras ponían los resúmenes del año, y el aire se cargaba de bravuconadas, amenazas e insultos, del televisor emanaba una extraña sustancia, pegajosa, cetrina y con un cierto efluvio acético. Quizá en un primer momento les pasara desapercibida, y más si su atención trasegaba con charlas fútiles, avisos de WhatsApp o viajes esporádicos a la cocina o al baño, pero puede que sin darse cuenta la sustancia fuera conquistando el salón, se acomodara plácidamente en el sofá, y se hiciera con el control del mando a distancia.

Por la pantalla se sucedieron, en un carrusel interminable, Trumps, Pútines, Kim Jong-unes, Xi Jinpines, Mileis, Maduros, José Antonios Kasts, Mazones, Ábalos, Garcías Albioles, Cerdanes, Tellados, Alvises, Vitos Quiles, Abascales, eméritos, novios de la muerte, mefistofélicos Netanyahus —villano entre villanos—, y hasta el borrego de la legión —que este año, con buen criterio, jubiló a la cabra—, cada uno de ellos secretando su particular dosis de grumo pestilente. Como nadie en mi familia decía nada, absortos como estaban en la secuencia sin fin de personajes, a mí se me ocurrió tomar una muestra del suelo, untarme la yema de los dedos, y examinar su consistencia y textura. Concluí que debía de tratarse de testosterona (en proporciones elevadas, naturalmente), por ser la sustancia química responsable de la voz grave, de ciertas diferencias morfológicas y de una clara tendencia hacia la agresividad y los modos competitivos.

Recordé entonces las viejas disputas en el campo de la Psicología entre biologicistas y ambientalistas; convencidos los unos de que las diferencias entre hombres y mujeres se explican por razones de sexo —genéticas, endocrinas, anatómicas—; persuadidos los otros de género —culturales, sociales, educacionales—. Y es cierto que la concentración de dicha hormona es entre diez y quince veces más alta en hombres, pero no es menos cierto que hay mujeres que la exhiben también en dosis muy altas, tal vez buscando una mímesis con sus alter ego masculinos, poseídas, no me cabe la menor duda, por la diabólica sustancia.

«¿Qué sería de nosotros si nos gobernaran solo mujeres?», pensé, y rápidamente me lancé a la inteligencia artificial en busca de una respuesta: «Probablemente viviríamos en una sociedad distinta, con más énfasis en el consenso y el cuidado colectivo» (¡lo dijo, lo juro, si no pregúntenselo!). «¿Serían gobiernos menos corruptos?», volví a preguntar. «Sí, muchos estudios han concluido que los gobiernos con mujeres tienden a ser menos corruptos». «¿Y menos violentos?». «Sí, hay evidencia que sugiere que una mayor participación política de mujeres se asocia con sociedades y políticas más pacíficas». Por fin llegué a mi última pregunta: «¿Cuántos gobiernos a lo largo de la historia estuvieron compuestos únicamente por mujeres?». La respuesta fue instantánea: «Hasta la fecha no hay constancia, por lo menos en la historia moderna, de gobiernos formados exclusivamente por mujeres. Las únicas referencias, como la de las famosas amazonas, se circunscriben al ámbito de la mitología o la ficción».

Al concluir mis pesquisas, mi familia seguía sentada a la mesa como si nada, hipnotizada por la pantalla. Mientras, la sustancia recubría ya el mobiliario y trepaba por las paredes. Me fijé en que las facciones de mis allegados se iban tornando más angulosas, más tensas, más cárdenas. Les pregunté si se encontraban bien. Alguien me gritó que me callara. Después, ante mi sorpresa, uno de mis cuñados se abalanzó sobre mí, a la voz de «woke de mierda». Con los ojos rebosantes de ira, me apretaba el cuello de una manera cruel, tanto que no me dejaba respirar. Nadie parecía darse por enterado.

Por fin mi abuela, que no oye nada, cogió el mando a distancia y apagó el televisor. ¡Ale, a cenar! De repente, como en La historia interminable, la sustancia se fue disolviendo como por arte de magia, en el mismo instante en el que mi voz se ahogaba en un grito sordo: «¡Ginocracia, por piedad!»

 

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