- La Virgen del Val recorrió Alcalá portada por la Policía Local, acompañada por el obispo, la corporación municipal y centenares de fieles.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
La tarde del sábado 20 de septiembre Alcalá de Henares volvió a vivir uno de sus momentos más solemnes y queridos: la procesión de ida de Nuestra Señora del Val, Patrona de la ciudad, Alcaldesa Perpetua y Doctora de su Universidad, desde la Catedral Magistral hasta su Ermita. Una tradición que hunde sus raíces en el siglo XIV y que, edición tras edición, se renueva con la devoción intacta de los alcalaínos.
Esta cita, que siempre tiene lugar el tercer sábado de septiembre, supone el arranque de los días grandes dedicados a la Virgen del Val. Lo vivido este sábado tuvo un sabor especial, con instantes únicos que quedarán grabados en la memoria colectiva de la ciudad.
La guarda de la Virgen corresponde a la Ilustre Cofradía de Nuestra Señora del Val, una de las hermandades más antiguas de Alcalá, fundada en el siglo XIV y que en la actualidad cuenta con unos 400 hermanos y hermanas. Sus pies son, cada año, los agentes de la Policía Local de Alcalá, cuerpo del que la Virgen es también patrona y que mantiene con ella un vínculo de fe y tradición que se ha transmitido de generación en generación.
La Catedral rebosaba fieles en la misa previa, presidida por el capellán de la Cofradía, Luis Eduardo Morona, con la que concluía la novena preparatoria. Durante la homilía se destacó el papel de la Virgen como “Madre de Alcalá” y se invitó a los presentes a vivir las fiestas con espíritu de unidad y fraternidad. En ese contexto se produjo también el relevo de cetros de hermano y hermana mayor, que pasaron a manos de Carmen Encabo y José María Valle, recogiendo el testigo de Concepción Polo Pardo y Vidal Santacreu García. Concluido el oficio, la expectación se desbordó en torno a las puertas del templo, donde aguardaban cientos de vecinos y visitantes, impacientes por ver a la Virgen salir a la calle.
Una salida solemne en hombros de la Policía Local
A las siete en punto de la tarde, el silencio se hizo entre la multitud al abrirse el portón de la Catedral Magistral. De inmediato, un aplauso cerrado rompió la calma al aparecer la imagen de la Virgen del Val portada en andas por 31 agentes de la Policía Local de Alcalá de Henares. Es una tradición que emociona especialmente, pues el cuerpo policial tiene a la Virgen como patrona y la acompaña cada año con un compromiso que va más allá del deber.
El capataz del paso en esta ocasión fue el cofrade Alberto Mínguez, que con firmeza y respeto marcó el ritmo de la comitiva. Bajo sus órdenes, los anderos caminaron al unísono, alternando la solemnidad del paso con la humanidad de los esfuerzos compartidos. Muchos de ellos, con la mirada fija en la imagen, parecían llevar no solo a la patrona, sino también sus propias promesas y plegarias.
La Agrupación Musical Jesús de Medinaceli puso el acompañamiento sonoro. Sus marchas procesionales se mezclaban con los murmullos de los devotos y los vítores espontáneos de quienes se agolpaban en las aceras. La procesión estuvo encabezada por estandartes de casas regionales y distintas cofradías, recordando que la Virgen del Val no solo pertenece a una hermandad, sino a toda la ciudad.
El recorrido hubo de alterarse por las obras en la zona de los Mártires, en los Cuatro Caños. La comitiva tomó por Libreros, giró por Beatas, continuó por San Diego y enlazó con la calle Cruz de Guadalajara para recuperar después el trayecto tradicional por Teniente Ruiz. Un cambio que no restó brillantez, pues los alcalaínos llenaron cada rincón, desde los balcones engalanados hasta las esquinas abarrotadas de familias, mayores y niños.
Acompañaban en la comitiva eclesiástica el obispo de Alcalá, Monseñor Antonio Prieto, y la corporación municipal. La alcaldesa, Judith Piquet, marchó junto a la presidenta de la Cofradía, Gema García Merino, y otros ediles del gobierno local, entre ellos Isabel Ruiz Maldonado, Gustavo Severien, Cristina Alcañiz, Orlena de Miguel, Antonio Saldaña, Pilar Cruz, Esther de Andrés, Dolores López y Víctor Cobo. La imagen, como cada año, volvía a ser punto de encuentro entre la fe popular y la institucionalidad cívica.
La sorpresa de la Tuna en la calle Mayor
Si algo marcó de manera especial la procesión de este año fue lo ocurrido en la calle Mayor. A la altura de Carmen Calzado, aguardaban cuatro miembros de la Tuna de la Universidad de Alcalá, ataviados con sus capas negras y cintas de colores. Su intención era sencilla, pero cargada de emoción: cantar a la Virgen.
Pidieron permiso a los responsables de la Cofradía y, una vez concedido, entonaron con guitarras y laúd el himno oficioso de la ciudad: “Alcalá de Henares, al cobijo de tu sombra quiero estar, muy cerquita, muy cerquita de la Virgen que se venera en la ermita del Val”. Los presentes, sorprendidos primero, se unieron enseguida al canto. Aplausos, lágrimas y vítores llenaron la calle en una escena que, por su espontaneidad, resultó histórica.
Era la primera vez que la Tuna cantaba al paso de la Virgen del Val en procesión, y el gesto, humilde pero sincero, emocionó a todos los presentes. Alcalá se reconoció en su canción, cantada a su patrona, en un instante que resumía la unión de tradición, identidad universitaria y fervor popular. Muchos hablaron de “un regalo de la Virgen”, un guiño de la historia que quedará en la memoria de quienes lo vivieron.
Llegada a la Ermita entre rodillas y fervor
Tras casi tres horas de recorrido, el cortejo alcanzaba la explanada de la Ermita del Val. Allí aguardaban las Casas Regionales, formadas con sus estandartes, y un público que había crecido en número conforme avanzaba la tarde. El recibimiento fue apoteósico: aplausos interminables, pañuelos blancos ondeando y el murmullo emocionado de quienes saben que están viviendo un momento único del calendario complutense.
La entrada de la Virgen en su Ermita siempre tiene un protocolo especial. Los agentes de la Policía Local, visiblemente cansados pero orgullosos, arrodillaron el paso, bajándolo hasta las rodillas. En ese instante, cuatro cofrades elegidos trasladaron la imagen a pulso al interior del templo, pues solo la Virgen, sin su trono, cruza el umbral de su casa.
Las puertas se cerraron lentamente, mientras los fieles continuaban vitoreando. Afuera, la emoción se mezclaba con la satisfacción de haber acompañado a la patrona hasta su morada. Era el final de la procesión de ida, pero no del fervor mariano, que continuaría el lunes con la misa por los cofrades difuntos, la tradicional rifa y la procesión de regreso.
El sábado 20 de septiembre de 2025 quedará así en el recuerdo como un día glorioso, con la Tuna como sorpresa inolvidable, la Policía Local como pies de la Virgen, y la ciudad entera como testigo y protagonista de una fe que se mantiene viva, generación tras generación, al cobijo de Nuestra Señora del Val.
























