-
La caminata muestra paisajes, aves y aguas contaminadas, recordando que el Camarmilla llega a Alcalá herido y exige un compromiso de defensa.
- Crónica gráfica de Juan Carlos Carmona Melgar para ALCALÁ HOY
El sol todavía estaba bajo cuando llegamos a Valdeavero. Eran las 9:15 del miércoles 3 de septiembre y el aire fresco prometía una caminata más llevadera de lo esperado. Íbamos con la mochila cargada de agua y frutos secos, y con la idea fija de seguir los primeros pasos del Camarmilla, ese arroyo que atraviesa Alcalá de Henares herido y contaminado. Hoy tocaba recorrer sus orígenes, entre cerros y pueblos de la campiña de Guadalajara, para comprobar de primera mano cómo nace y qué heridas carga desde su infancia.
Miembros de la plataforma Salvemos el Camarmilla, de Alcalá de Henares, emprendimos la marcha en una mañana de calor aceptable. Llegamos sobre las 9:15 a Valdeavero en vehículo particular y nos dirigimos por un camino paralelo hacia Torrejón del Rey. En un tramo, como se ve en una de las fotos, no quedó otra que avanzar unos metros por el peligroso arcén, recordándonos que la naturaleza y el asfalto siguen chocando demasiado cerca.
Fauna, paisajes y heridas del arroyo
El recorrido circular de nueve kilómetros nos llevó a cruzar cauces pequeños, a veces con agua cristalina y otras teñidos de verde por la eutrofización. Allí estaban las algas colonizando el agua por culpa del exceso de nutrientes, de los nitratos y del fósforo. Era un espejo deformado de lo que debería ser un arroyo joven, y sin embargo ya parecía enfermo. No tardamos en comprobar lo que sospechábamos: los vertidos incontrolados de pequeñas industrias locales caen directamente a estos cauces, dejando la huella de un abandono que huele a derrota.
El Camarmilla se forma a 740 metros de altitud, al norte de la localidad de Torrejón del Rey, por la unión de varios cauces que descienden de los cerros Alajarosa, Albalate y el Diablo. Tradicionalmente se ha señalado la confluencia de dos corrientes conocidas como Primera y Segunda Arroyadas, ambas de aguas temporales, aunque también se suman el arroyo de la Marcuera y el de Torrejón, procedentes de la zona de Quer. Su cabecera no es serrana, sino que nace en la campiña alcarreña, en las faldas de pequeños promontorios que apenas rozan los 800 metros de altura.
Pero su nacimiento no es una fiesta de manantiales limpios: es una suma de arroyos golpeados por la cercanía de granjas, industrias y urbanizaciones. Verlo de cerca nos llenó de orgullo por estar allí, pero también de rabia por lo que íbamos comprobando.
No todo eran malas noticias. Un cernícalo vulgar se dejó ver, quieto sobre un cable, oteando el campo como si nos vigilara. Más adelante lo vimos en pareja, lanzándose en picado en plena caza. El corazón se nos encogió: al menos aquí aún resisten los viejos cazadores del aire. Poco después, un milano real nos acompañó unos minutos, planeando sobre un cielo azul perfecto. Y más alto todavía, un buitre negro dibujaba círculos lentos, buscando algo que llevarse al pico en un paisaje donde cada vez queda menos ganado. Cada una de esas aves era un recordatorio de que la vida sigue luchando, aunque la presión humana apriete.
En mitad de la ruta apareció un criptohumedal seco, con las junqueras resecas y una caseta abandonada que alguna vez quiso ser observatorio de aves. La madera carcomida y los hierros torcidos hablaban de promesas rotas: un ayuntamiento que levantó algo para salir en la foto y luego lo dejó morir. Junto a los restos, recogimos algunos objetos arrastrados por los cauces: botellas, plásticos, basura. No era mucho, pero era nuestra manera de no mirar hacia otro lado.
La vida rural y el eco de la contaminación
Al acercarnos a Torrejón del Rey, la campiña nos regaló una estampa que parecía sacada de otro tiempo: caballos pastando junto a las naves industriales, como guardianes silenciosos de una tierra que aún conserva parte de su alma. Siempre los caballos, siempre presentes desde tiempos inmemoriales. No muy lejos, nos encontramos con otro contraste: construcciones levantadas sin respetar las distancias mínimas con los cauces. Ni siquiera los arroyos más pequeños se libran del ladrillo mal puesto. El agua, cada vez más encajonada, cada vez más atrapada.
Entre las copas de los árboles descubrimos a los gorriones, menos numerosos que antes, pero aún capaces de arrancar una sonrisa con sus saltos nerviosos. “Cada día se ven menos”, nos dijimos en voz baja, como si estuviéramos confesando un secreto incómodo. Era imposible no pensar en esa desaparición silenciosa que avanza sin titulares.
El camino nos llevó a un pequeño arroyuelo, el de la Dehesa Nueva, donde una familia de ánades reales chapoteaba ajena a nuestra presencia. Apenas apuntamos con la cámara y salieron volando, asustados. Fue un gesto que nos dolió: estamos tan acostumbrados a presionar a la fauna que los animales nos perciben como amenaza antes que como compañía. En ese instante nació una reflexión compartida: ¿no sería necesario parar, darles un respiro? Una moratoria de caza, al menos dos años, para que la vida silvestre se recupere. Hoy cuesta ver un animal, y ya no digamos un insecto, salvo hormigas. El campo se está vaciando de vida y nosotros seguimos con nuestras fiestas y negocios, como si nada pasara.
La ruta continuó entre huertos, naves industriales y pueblos. En Valdeavero nos recibió el recuerdo de otros tiempos: pilones y abrevaderos que hablaban de una vida rural más cercana a la naturaleza, más humilde pero más sabia. Eran cicatrices de piedra, testigos de cómo el agua era cuidada y aprovechada sin contaminarla.
En paralelo al asombro también llegó la indignación. Vimos espumas blancas en el cauce, signos de vertidos que se repiten sin control. Cada paso reforzaba la idea de por qué la plataforma Salvemos el Camarmilla decidió emprender esta caminata: lo que llega a Alcalá no es un arroyo limpio, sino un cauce que ya viene herido desde su nacimiento. Y la ciudad lo recibe para seguir cargándole de aguas fecales, toallitas y residuos a través de los aliviaderos.
El final del recorrido circular nos devolvió a Valdeavero después de unas tres horas de caminata. Habíamos atravesado nueve kilómetros de contrastes: paisajes hermosos, fauna resistente, ruinas que hablan de abandono, y aguas heridas que piden socorro. Nos sentamos unos minutos a beber agua y comer frutos secos, contemplando al fondo el Pico Ocejón, punto de referencia para parapentistas y senderistas. El aire nos trajo la certeza de que esta experiencia no había sido un simple paseo, sino un acto de conciencia.
El Camarmilla, ese arroyo que cruza Alcalá de Henares entre parques y barrios, empieza aquí, entre cerros y pueblos de la campiña de Guadalajara. Y empieza ya herido. Nuestro deber, como vecinos y como sociedad, es no olvidar lo que hemos visto. Porque si un arroyo muere en silencio, arrastra consigo una parte de nuestra propia dignidad.
Por eso, más allá de la caminata de este miércoles 3 de septiembre, hemos querido sentar las bases de algo mayor: una ruta comunitaria que pueda abrirse a partir del mes de octubre a todas las personas de la ciudad que lo deseen. Una manera de compartir lo aprendido, de transformar la indignación en acción colectiva y de hacer visible que el Camarmilla no es un cauce olvidado, sino un patrimonio vivo de Alcalá de Henares.
👉 Leer la crónica original en el blog de Juan Carlos Carmona Melgar

















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a






