- La parcela, reforestada desde hace tres años, necesitó un desbroce previo por la maleza tras las lluvias primaverales.

La asociación 1 Millón de Árboles sigue regando con cariño los plantones de encina, almendro y pino que crecen en Villamalea. En tiempos de calor extremo, el compromiso vecinal florece antes que los árboles.
Hay quien se va a la piscina, quien huye al centro comercial… y quien se levanta bien temprano, garrafa en mano, para dar de beber a un bosque en pañales. En plena ola de calor, la Asociación 1 Millón de Árboles por el Cambio Climático – Alcalá Verde ha vuelto a convocar sus ya tradicionales riego-populares en la Colada de Villamalea. Porque sí: los árboles también tienen sed, y más cuando están empezando a echar raíces.
Desde hace tres años, esta iniciativa ciudadana, que aúna ecologismo de barrio y una buena dosis de constanci, cuida una zona reforestada con pinos, encinas y almendros en las afueras de Alcalá. Una especie de guardería arbórea donde los plantones crecen gracias al agua, al cariño y a la cabezonería de quienes creen que plantar un árbol también es plantar futuro.
Pero, ojo, que esto no es llegar y besar el santo: antes de comenzar la tanda veraniega de riegos, pidieron al Ayuntamiento vía Concejalía de Medio Ambiente, que a su vez solicitase a Vías Pecuarias el desbroce de la parcela. La razón es sencilla: la primavera lluviosa ha traído consigo un festival de maleza tan frondoso que, sin limpiar el terreno, ni los árboles ni los regantes podrían asomar la cabeza.
Madrugones verdes y agua del LIDL
El operativo, como cada verano, es de lo más pintoresco: cita en el aparcamiento del LIDL de Cuadernillos, punto estratégico con sombra y logística a mano, reparto de garrafas y caminata hacia el pequeño bosque en ciernes. Allí, entre jaras, alcornoques rebeldes y algún mosquito madrugador, los voluntarios van árbol por árbol regando con mimo.
Y es que, aunque parezca una tarea sencilla, implica más sudor que postureo. No hay selfies con filtros ni hashtags trendy, pero sí conversaciones entre vecinos, alguna anécdota y mucha conciencia ambiental. “Ya es tradición, nos cuenta una de las participantes. Cada año hay más gente que se apunta, y eso nos da esperanzas”.
Porque a veces, hacer ciudad no pasa por grandes discursos sino por pequeñas acciones, constantes, como llenar una garrafa, cargarla en el maletero y madrugar un domingo para regar una encina que, con suerte y cuidado, dará sombra a los nietos de quien la plantó.
¿Un millón de árboles? Puede sonar ambicioso. Pero Alcalá ya ha demostrado que cuando se trata de defender lo suyo, y lo de las futuras generaciones, puede ser más tozuda que un chaparro. Y en ese empeño verde, cada gota cuenta.

















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