Psicología del dolor | Por Noel Viñas

En 1993, se designó el 12 de mayo como el Día Internacional de Concienciación de las Enfermedades Neurológicas e Inmunológicas Crónicas, en conmemoración del nacimiento de Florence Nightingale, la enfermera inglesa que inspiró la fundación de la Cruz Roja. Nuestra compañera Noel Viñas explica en este artículo su experiencia propia como paciente.

Foto de AH
  • Noel Viñas es miembro de  FibroAlcalá  asociación de Pacientes de Fibromialgia 
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Cuando escuchamos la palabra «dolor» se nos encoge el cuerpo y automáticamente sentimos rechazo. De primeras, nadie quiere sentir dolor. El dolor es un asunto complejo y cargado de contradicciones que nos afecta a todos en mayor o menor medida.

Tratar con el dolor nos puede hacer madurar, aunque también nos puede destruir lentamente. Es, a la vez, enemigo y aliado.

Vivimos con cierto grado de dolor a diario. Es un malestar en ocasiones no manejable y además invisible. No profundizamos en él porque no sabemos qué hacer con el malestar y las dificultades que nos genera. Perdemos silenciosamente la capacidad de disfrutar de las cosas y nuestras vidas se vuelven planas.

Cuando sentimos dolor, nos suceden muchas cosas por dentro, aparecen emociones y pensamientos con los que no sabemos qué hacer. Aparecen conductas nuevas para nosotros y nos sentimos confusos.

Necesitamos tiempo para ubicarnos en la nueva situación, necesitamos parar y poner orden en la misma.

Para un paciente con dolor crónico es muy duro lidiar con éste ya que el dolor no entiende de agendas, de tareas diarias ni de planes y es frustrante ver como la vida sigue su curso sin nosotros.

La sensación es la de que el mundo no nos necesita, que los demás siguen con su vida mientras la nuestra ha de detenerse.

Junto con esta sensación, se despiertan además emociones antiguas asociadas a momentos de nuestro pasado que creíamos olvidados. Nadie parece entender lo que sentimos, solos, excluidos de la vida, liberados de responsabilidades, con una ligereza que no sabemos si es buena o mala.

Sentimos como ese dolor puede estar robando nuestras vidas. Nos volvemos invisibles y tenemos que aprender a observar la vida desde un lugar diferente y hacer otro tipo de cosas sin que nadie nos cuestione.

Otra clasificación muy útil es diferenciar el dolor agudo del dolor crónico. Los dolores agudos son dolores puntuales y fácilmente localizables.

Cuando el dolor es crónico, hemos de actuar con la máxima cautela en nuestro día a día.

En nuestra vida cotidiana podemos hacernos los duros y los autosuficientes, pero cuando aparecen el dolor y la enfermedad, las tornas cambian.

El dolor nos incapacita y con ello nos invita a reflexionar sobre nuestras incapacidades menos obvias. El dolor avisa, pero no pide permiso para irrumpir en nuestras vidas, nos cuestiona y además hiere nuestro amor propio, cuando el dolor se apodera de nuestra vida, nos recuerda a cada instante que podemos fracasar y que somos débiles, nos deja sin recursos, modifica nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

La impotencia asumida es un juego cruel ya que nos debilita física, moral y mentalmente. Tener una red de apoyo emocional en las situaciones difíciles refuerza nuestra confianza y la capacidad de modular el dolor.

Por este motivo hemos de reflexionar y construir una narración en torno al dolor que nos dé sentido y valor a la experiencia del mismo ¿a qué se debe el dolor? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a mi? ¿Qué me impide? ¿Qué me hace sentir realmente?

 

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