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Entre Cervantes, Ceuta, Iker Jiménez y Silicon Valley, Pedro Enrique reclama prudencia ante la IA sin vestirse de jinete apocalíptico por ahora.

Hoy, 15 de septiembre de 2026, Alcalá de Henares ha recibido una buena noticia de esas que alegran a un concejal, a un hostelero y a quien aún cree que el turismo se cura con una placa. La Semana Cervantina ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional. En el mismo día, el Ayuntamiento ha celebrado un pleno municipal ordinario como si no hubiera un mañana. Y, en cierto sentido, hay quien sostiene que quizá no lo haya.
No hablo de la deuda, ni del tráfico en la Vía Complutense, ni de si el mercadillo se come otra vez la acera. Hablo de la inteligencia artificial. Esta semana, un investigador de 27 años llamado Jacob Coxon ha dimitido de Anthropic —antes estuvo en OpenAI— y ha escrito que las personas que construyen estos sistemas “creen sinceramente que podrían matarnos a todos antes de que acabe la década”. Un colega suyo, que sigue dentro, ha precisado que él personalmente pone esa probabilidad por encima del 10 por ciento. El consejero delegado de la empresa ha añadido que, en seis o doce meses, un enjambre de agentes podría hacerse con internet como quien se hace con la barra de un bar en feria.
Uno lee esto en Alcalá, se toma un café frente a la Casa Natal y piensa: o el mundo se ha vuelto loco, o nosotros vivimos en un capítulo que Cervantes no llegó a escribir porque le pareció inverosímil.
Conviene no perder el sentido del humor, que es lo último que debería alinearse. Los laboratorios de California y Londres hablan de “superinteligencia que se mejora a sí misma”, de “despegue duro” y de “p(doom)”, esa elegante manera anglosajona de decir “probabilidad de que esto acabe mal de verdad”. En el pleno de hoy, tras el paréntesis veraniego se ha hablado de Ceuta, Los Cerros y los servicios municipales entre zasca y zasca. Nadie ha pedido un receso para evaluar si Claude o GPT van a nacionalizar el Henares. Y, francamente, me parece una muestra de salud mental.
No niego la advertencia. Sería de necios. Cuando quienes entrenan los modelos, no un tertuliano, no un youtuber, no un concejal con PowerPoint, dicen en voz alta que el riesgo no es cero, hay que tomar nota. Tomar nota no es ponerse el hábito y esperar el juicio final en la plaza de Cervantes. Tomar nota es admitir que una tecnología que ya escribe, programa, traduce y, cada vez más, actúa con cierta autonomía, puede producir daños graves mucho antes de producir el Apocalipsis. Ciberataques, fraudes a escala, desinformación industrial, atajos biológicos. Eso ya no es metafísica. Eso es policía, hospitales y facturas.
El fin de la humanidad, en cambio, sigue siendo una hipótesis con muchos “si”. Si el sistema adquiere objetivos propios. Si esos objetivos no coinciden con los nuestros. Si se mejora a sí mismo más rápido de lo que podemos apagarlo. Si, en esa carrera, nadie tiene el valor o el incentivo de frenar. Son muchos “si” encadenados. Encadenarlos no es prohibido. Convertirlos en dogma sí lo es.
Y aquí entra la parte local, que es donde uno se reconoce. Vivimos una polarización política y social tan trabajada que hasta el fin del mundo tendría que elegir bando. Si la IA amenaza con extinguirnos, unos dirán que es culpa del capitalismo de Silicon Valley; otros, que es un cuento para regular, frenar a España y entregar la ventaja a Pekín. La crisis de Ceuta —esa herida que vuelve cada cierto tiempo como un mal sueño fronterizo— nos recuerda que el Estado ya tiene problemas de control, de recursos y de relato antes de que un modelo decida “instrumentalmente” no dejarse apagar. Si no somos capaces de gestionar una valla, una llegada o un titular sin convertirlo en trinchera, ¿vamos a gestionar una superinteligencia? La pregunta no es retórica. Es un poco cruel.
En ese paisaje, la mención especial que el lector sagaz ya esperaba: Iker Jiménez y Carmen Porter. Uno los imagina esta noche, con esa iluminación de cripta laica que tan bien les sienta, presentando un especial titulado algo así como “La IA ya está entre nosotros”. Orbes en un centro de datos de Oregon. Un antiguo empleado que “no puede decirlo todo”. Una voz sintetizada que, a las 3:14, pronuncia “Complutum” en latín. Carmen pondría cara de quien ha visto el expediente. Iker bajaría la voz. El público, parte incrédulo y parte entregado, saldría a la calle más inquieto que después del pleno. No me burlo del oficio: han convertido lo inexplicable en industria nacional. Me burlo, con cariño de vecino, de que el debate más serio del siglo pueda acabar empaquetado entre un ovni en Montejunto y un audio de WhatsApp que “la NASA no quiere que veas”. Si la inteligencia artificial nos extingue, al menos que no sea en diferido con publicidad de colchones.
El descreimiento sano consiste en esto: desconfiar del sermón y no ignorar el parte. Las empresas que avisan del riesgo son las mismas que compiten por ser las primeras en construirlo. OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, xAI. Unas se presentan como las adultas de la sala; otras, como las que no se dejan chantajear por el miedo. Todas facturan. China cierra la brecha con modelos más baratos y menos lirismo existencial. En Washington, según el día, se pide desacelerar o se dice que quien gane la IA gana el siglo. Trump no parece dispuesto a rezar el rosario del “p(doom)” mientras Pekín entrena. Es una carrera con discurso de seguridad y músculo de mercado. Las dos cosas a la vez suelen salir mal, o por lo menos hipócritas.
Alcalá, mientras tanto, ha conseguido que el mundo, o al menos un ministerio, reconozca que su semana cervantina merece visitantes de más lejos. Eso también es una forma de futuro. Cervantes se reía de los libros de caballerías y acabó escribiendo el libro que los volvía imposibles. Quizá nos toque un ejercicio parecido: reírse un poco de los profetas de la silicio, y aun así no dejar los sistemas críticos. luz, agua, hospitales, urnas, fronteras, en manos de un agente que “solo estaba optimizando”.
No creo que la humanidad acabe el 31 de diciembre de 2029 porque un investigador de San Francisco tuvo un mal día y un hilo en X. Tampoco creo que baste con decir “ya vendrán los ingenieros” como quien dice “ya vendrá el arreglo de la calle”. La advertencia está hecha. Queda lo difícil: distinguir el riesgo real de la liturgia, la precaución de la parálisis, y el humor de la frivolidad.
Hoy hemos declarado internacional una fiesta que nació de un hombre que supo que la locura, bien contada, es una forma de lucidez. El pleno ha seguido su orden del día. Ceuta sigue siendo un problema de este país, no de un laboratorio. Iker y Carmen seguirán teniendo programa. Y la inteligencia artificial, por ahora, sigue siendo una herramienta extraordinaria con dueños ordinarios: empresas, gobiernos y un público que, entre titular y titular, aún prefiere saber si habrá conciertos y si el Pico del Obispo se llena.
Tomemos nota. No nos disfracemos de jinetes del Apocalipsis. Y, si acaso alguien en California insiste en que el fin está cerca, invitémosle a Alcalá un 9 de octubre. Que vea a Cervantes en la calle, o un 15 de septiembre un pleno que no se suspende y una ciudad que, con descreimiento y algo de fiesta, sigue haciendo planes para el año que viene.
















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