-
La XI Vespalcalá desbordó las previsiones con casi 300 máquinas, una multitudinaria ruta motera y siete premios para celebrar la pasión vespista.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
Había previsión de unas doscientas, pero finalmente fueron cerca de 300 las Vespas que se dieron cita en Alcalá de Henares para celebrar la XI Vespalcalá. Cromados, motores de dos tiempos, modelos históricos, restauraciones cuidadas hasta el último tornillo y aficionados llegados desde numerosos puntos volvieron a convertir la ciudad y las carreteras de la comarca en territorio vespista durante una jornada marcada por la convivencia, la amistad y la pasión por estas inconfundibles máquinas.
Hay motocicletas que sirven para desplazarse y otras que, además, tienen biografía. La Vespa pertenece decididamente a las segundas. Uno puede mirarla y ver simplemente un scooter, pero también puede encontrar en sus curvas una película italiana, una vieja carretera nacional, unas vacaciones de juventud, el primer viaje con los amigos o aquel motor que se desmontó una tarde en el garaje y, contra todo pronóstico, volvió a arrancar.
Algo de todo eso volvió a respirarse en Alcalá de Henares con la celebración de la undécima edición de Vespalcalá, organizada por el Vespa Club Alcalá de Henares. Y esta vez las previsiones se quedaron cortas.
ALCALÁ HOY había adelantado días antes que doscientas Vespas tomarían Alcalá este sábado en una gran fiesta sobre dos ruedas, pero la llamada de la Vespa pudo más y finalmente fueron casi 300 las máquinas participantes en una concentración que volvió a demostrar que estas pequeñas italianas conservan un poder de convocatoria bastante superior al que podrían sugerir sus modestos motores.
Desde primera hora, Alcalá fue convirtiéndose en una improvisada exposición de historia del motociclismo popular. Llegaban de una en una, en parejas y formando grupos. Algunas parecían prácticamente recién salidas de fábrica pese a los muchos años acumulados sobre sus ruedas; otras habían sido personalizadas por sus propietarios; unas cuantas conservaban las inevitables cicatrices de miles de kilómetros y muchas lucían restauraciones realizadas con una paciencia que solo entiende quien alguna vez ha pasado semanas buscando una pieza, un embellecedor o ese tornillo que dejó de fabricarse hace décadas. Porque una Vespa clásica restaurada no se compra simplemente: se reconstruye. Y en ocasiones casi se resucita.
Una serpiente de Vespas por las carreteras de la comarca
Llegó después el momento que muchos estaban esperando. Cascos puestos, guantes ajustados, alguna última conversación mecánica y motores en marcha. El murmullo de la concentración se convirtió entonces en ese inconfundible concierto vespista en el que cada cilindro parece llevar su propio compás. Y comenzó la ruta.
Con casi 300 Vespas rodando juntas, aquello dejó de parecer una simple excursión para convertirse en una larga serpiente mecánica avanzando por las carreteras de la comarca. Una hilera de faros, colores y pequeños motores en la que convivían máquinas de distintas generaciones y conductores de todas las edades, unidos por una afición que tiene mucho de hermandad.
Porque ahí reside buena parte del encanto de estas concentraciones. La velocidad importa poco. Aquí nadie necesita demostrar quién llega primero. La Vespa invita precisamente a lo contrario: carretera, conversación, paisaje y tiempo para mirar alrededor. Si alguien protesta por el ritmo, generalmente lo hace antes la mecánica que el reloj.
Cada parada sirve para hablar de motores, restauraciones y kilómetros. Siempre aparece alguien dispuesto a levantar un asiento, señalar una pieza o explicar por qué aquel ruido que para cualquier profano anunciaría una avería catastrófica es, en realidad, “completamente normal”. La Vespa tiene incluso su propio idioma.
Y también su particular forma de entender los viajes. Para un vespista, recorrer muchos kilómetros sobre una máquina concebida hace décadas no constituye necesariamente una incomodidad. Puede ser precisamente la gracia del asunto. Llegar es importante, pero lo verdaderamente memorable suele suceder entre la salida y el destino.
Después de la carretera llegó el regreso a Alcalá, donde las motos volvieron a convertirse en objeto de atención para vecinos, visitantes y curiosos. Bastaba detenerse unos minutos delante de algunas para descubrir que bajo una misma denominación, Vespa, cabe prácticamente un pequeño tratado de diseño industrial y de historia del motociclismo europeo. Y también alguna Lambretta, naturalmente, porque toda buena familia necesita su rival histórica.
Siete premios entre cromados, kilómetros y mucha historia
Tras la ruta llegó uno de los momentos esperados de la jornada: la entrega de premios. Porque a una concentración se viene principalmente a disfrutar, rodar y encontrarse con los amigos, pero tampoco está prohibido presumir un poco de máquina. Y quien haya dedicado meses a devolver a la vida una motocicleta con varias décadas encima tiene motivos suficientes para hacerlo. La XI Vespalcalá repartió siete reconocimientos que reflejan las distintas maneras de vivir esta afición.
Hubo premio a la Vespa mejor restaurada, una categoría especialmente apreciada en un mundo donde devolver una motocicleta a su estado original puede exigir cientos de horas de trabajo, búsquedas casi arqueológicas de piezas y una paciencia considerable. No basta con una buena pintura: cuentan los cromados, los detalles, la mecánica y el respeto por la personalidad original de la máquina.
También se entregó el premio a la Vespa más bonita, terreno mucho más subjetivo porque hay máquinas que, sin necesidad de explicar cilindrada, año o restauración, consiguen sencillamente que todo el mundo vuelva la cabeza cuando pasan.
Hubo asimismo reconocimiento para la moto mejor restaurada, ampliando el homenaje a otras máquinas clásicas participantes, y no podía faltar el premio a la mejor Lambretta, la eterna pariente y competidora italiana de la Vespa. Vespistas y lambrettistas mantienen desde hace décadas una rivalidad que forma parte del folclore de las concentraciones y que suele desaparecer rápidamente cuando alguien necesita una herramienta o ayuda para arrancar.
La dimensión viajera y colectiva de Vespalcalá tuvo otros dos galardones. El club más numeroso recibió su reconocimiento por movilizar la mayor representación hasta Alcalá, mientras que el premio al club más lejano distinguió a quienes tuvieron que acumular más carretera antes incluso de comenzar la propia concentración.
Pero hubo un séptimo premio que tenía menos que ver con motores, pintura o kilómetros y mucho más con las personas: el premio especial Las Retintas a las socias más antiguas, un homenaje a quienes llevan años compartiendo rutas, encuentros, reuniones y esa peculiar forma de amistad que se construye alrededor de una pasión común.
Vespa mejor restaurada, club más numeroso, club más lejano, mejor Lambretta, Vespa más bonita, moto mejor restaurada y premio especial Las Retintas a las socias más antiguas. Siete formas distintas de reconocer una afición que empieza en las máquinas, pero termina casi siempre en las personas.
La primera teniente de alcaldesa y concejala de Salud, Turismo y Servicios Sociales, Isabel Ruiz Maldonado, participó en la jornada y agradeció al Vespa Club Alcalá de Henares su compromiso con la celebración del encuentro y su contribución a dinamizar la ciudad. Y dinamizarla, desde luego, la dinamizaron.
Una pequeña italiana que se niega a hacerse vieja
Once ediciones después, Vespalcalá se ha ganado un sitio propio entre las citas de la recta final del verano alcalaíno. Lo que comenzó alrededor de una afición compartida se ha convertido en una concentración capaz de reunir casi 300 máquinas y llenar durante unas horas Alcalá de motores, cascos, cromados y conversaciones de carretera. Pocas motocicletas han conseguido algo semejante.
La Vespa nació en la Italia de la posguerra como un vehículo práctico, económico y sencillo, pero terminó convertida en un icono cultural que atravesó fronteras y generaciones. Ha sobrevivido a las grandes motocicletas japonesas, a los scooters modernos, a las sucesivas crisis del petróleo, a las modas y a todas las profecías que periódicamente anuncian la desaparición de los motores clásicos. Y ahí continúa.
Tal vez porque su secreto nunca estuvo solamente debajo del asiento ni dentro del motor. Está en una silueta que cualquiera reconoce desde lejos; en esa curiosa mezcla de elegancia y modestia; en la facilidad con la que una Vespa puede despertar recuerdos incluso en quien jamás tuvo una.
Y está, sobre todo, en quienes siguen manteniéndolas vivas. Personas capaces de dedicar horas a una restauración, recorrer cientos de kilómetros para participar en una concentración o discutir apasionadamente sobre una pieza que para el resto de los mortales apenas sería un pedazo de metal. Vespalcalá volvió a demostrarlo.
La previsión era reunir alrededor de doscientas motocicletas y terminaron participando casi 300. Casi trescientas pequeñas historias mecánicas que durante unas horas compartieron Alcalá de Henares antes de volver a dispersarse por las carreteras.
Al terminar la jornada fueron marchándose poco a poco. Algunas tenían el garaje cerca. Otras todavía debían recorrer bastantes kilómetros antes de descansar. Quedaron las fotografías, los trofeos, las conversaciones, el olor de los motores y ese sonido característico de una Vespa alejándose calle abajo hasta desaparecer.
Hasta la próxima. Porque once ediciones después hay algo que parece bastante claro: mientras quede una Vespa capaz de arrancar, habrá un vespista dispuesto a sacarla a la carretera. Y si el destino es Alcalá, mucho mejor.























Supongo que para los de las vespas les parecerá música celestial y muy guay, pero mogollón de motos petardeando y apestando el ambiente de gasolina no me parece lo más adecuado para un entorno patrimonio. El año que viene, ya puestos, que monten un circuito de fórmula 1, que seguro también tiene mucho tirón.