Empiezo a sospechar que las insolaciones ya no las provoca el sol. Las provoca la actualidad. Llevo varios días abriendo los periódicos, encendiendo la televisión, escuchando la radio o asomándome a las redes sociales y, les prometo que sin haber probado una sola gota de sangría, empiezo a ver serpientes por todas partes. No hablo de las de escamas, que bastante tienen las pobres con escapar de los incendios y de las urbanizaciones que les invaden el monte. Hablo de las otras. Las que aparecen todos los días en los titulares, conceden ruedas de prensa, escriben tribunas, dictan autos judiciales, cambian murales, inauguran obras o descubren conspiraciones antes incluso de que uno termine el primer café de la mañana.
Hubo un tiempo en que las serpientes de verano eran otra cosa. Los más veteranos aún recordamos aquellos cocodrilos que supuestamente aparecían en acequias de Levante, las panteras negras escapadas de un circo que nunca aparecían, los monstruos lacustres que reaparecían puntualmente cuando los ministros se iban de vacaciones o las vírgenes que lloraban en algún pueblo perdido para llenar minutos de telediario. Eran noticias inofensivas, casi entrañables, creadas para mantener entretenido al lector hasta que regresara el curso político. Hoy ya no hace falta inventar nada. La realidad ha decidido competir consigo misma y siempre gana. Será el calor, pensé el otro día. Pero empecé a sospechar que no era solo eso cuando vi aparecer a la primera serpiente.
Isabel Díaz Ayuso ha conseguido un mérito político difícilmente superable: convertir la victimización en una forma de gobierno. Mientras dispone de todos los altavoces imaginables, inaugura infraestructuras, comparece prácticamente a diario y ocupa más minutos de televisión que el hombre del tiempo, insiste en advertirnos de que España vive bajo una autocracia. Confieso que intento seguir el razonamiento con sincera voluntad pedagógica, pero debo de ser un alumno torpe. Me cuesta imaginar una dictadura donde la oposición monopoliza tertulias, editoriales, portadas y debates parlamentarios con semejante libertad. Quizá los manuales de Ciencia Política necesiten una actualización urgente. O quizá simplemente estemos asistiendo al triunfo definitivo de esa vieja máxima según la cual la mejor defensa es un buen ataque. Porque hay algo que la presidenta madrileña domina como pocos: convertir cualquier crítica en una prueba irrefutable de que tiene razón.
No deja de tener mérito. En un país donde cada problema termina siendo culpa de otro, Ayuso ha elevado el victimismo a disciplina olímpica. Si el Gobierno central propone algo, malo. Si no propone nada, peor. Si hace calor, es sospechoso. Si llueve, también. Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien dedique el mismo entusiasmo a resolver los problemas cotidianos que a denunciarlos. Gobernar siempre fue más complicado que tuitear.
A su lado, Alberto Núñez Feijóo transmite la extraña sensación de haber llegado demasiado pronto y demasiado tarde al mismo tiempo. Demasiado pronto para quienes soñaban con una revolución interna en el Partido Popular y demasiado tarde para quienes empiezan a preguntarse cuánto tiempo puede sobrevivir un liderazgo alimentado casi exclusivamente por el desgaste del adversario. Sus últimas declaraciones, calificando el absentismo laboral como un «cáncer» y sugiriendo que quienes están de baja deberían cobrar menos, no parecen precisamente el camino más corto hacia La Moncloa. A veces uno tiene la impresión de que el líder popular habla para convencer a los convencidos mientras el resto del país escucha otra conversación distinta.
Comparado con él, Mariano Rajoy empieza a parecer un ejemplo de contención institucional. Ya sé que la frase puede provocar carcajadas, pero piénsenlo un momento. Rajoy cometía la extravagancia de callarse cuando todos esperaban que hablara. Feijóo parece decidido a hablar precisamente cuando sería más prudente guardar silencio. Son estilos diferentes. Ninguno perfecto. Pero la comparación empieza a resultar inevitable.
Y hablando de Mariano Rajoy, sería injusto dejarle fuera de esta colección estival de reptiles políticos. El expresidente ha decidido que el Mundial de fútbol también era un magnífico escenario para impartir lecciones de identidad nacional. Sus reflexiones sobre la selección francesa provocaron un pequeño terremoto mediático. Cualquiera habría pensado que bastaría una noche para dejar enfriar la polémica. Pero Mariano nunca fue hombre de retiradas apresuradas. Al día siguiente volvió a la carga con un segundo artículo cuyo título ya era toda una declaración de intenciones: «El humor y el fútbol: cuando el sarcasmo se confunde con el odio».
La explicación venía a ser, simplificando mucho, que el problema no estaba en lo que él había escrito, sino en la incapacidad de los demás para entender la ironía. Es una teoría interesante. Tiene incluso cierta tradición española. Cuando una broma sale mal, siempre queda el recurso de culpar al sentido del humor ajeno. Lo curioso es que, mientras algunos seguían debatiendo quién era suficientemente francés y quién no, el fútbol continuaba haciendo exactamente lo que lleva más de un siglo haciendo: jugarse sobre el césped.
Y entretanto, casi sin darnos cuenta, el Mundial siguió avanzando. España ganó su semifinal, Argentina hizo lo propio en la suya y ahora ya sabemos que la gran final hablará español… al menos desde este lado del Atlántico. Se jugará en Nueva York, sí, pero también se vivirá en miles de plazas, bares y hogares de nuestro país. Entre ellas, la Plaza de Cervantes de Alcalá de Henares, donde el Ayuntamiento volverá a instalar una pantalla gigante para que los vecinos compartan noventa minutos, o quizá ciento veinte, de nervios, ilusión y fútbol. Al final va a resultar que el balón entendió mucho mejor el espíritu del Mundial que quienes pretendían convertirlo en un tratado sobre identidades nacionales. Mientras algunos seguían escribiendo artículos para explicar el sarcasmo, la pelota ya había pasado página. Y fue entonces cuando empecé a sospechar que quizá el problema no era el calor.
Porque las serpientes seguían apareciendo. La siguiente llevaba toga. O al menos eso me pareció entre tanto espejismo estival. El juez Juan Carlos Peinado se ha convertido, quiera o no, en uno de los protagonistas indiscutibles del verano político español. Cada pocos días aparece un nuevo capítulo. Una diligencia. Una resolución. Una filtración. Una interpretación. Un debate televisivo. Una tertulia radiofónica. Un titular que desplaza al anterior antes incluso de que dé tiempo a digerirlo. Hay procedimientos judiciales que avanzan con la discreción de un reloj suizo y otros que terminan adquiriendo el ritmo narrativo de una serie de éxito, con estreno semanal y espectadores pendientes del siguiente episodio.
Cada ciudadano sacará sus propias conclusiones. Habrá quien vea una investigación rigurosa que simplemente sigue su curso y quien intuya una utilización política de la Justicia. No seré yo quien dicte sentencia desde una tribuna. Pero sí puedo decir que, contemplado desde la distancia, el espectáculo resulta tan absorbente como inquietante. La política invade los juzgados y los juzgados ocupan la política con una naturalidad que hace apenas unos años habría parecido extraordinaria. Y entonces, inevitablemente, vuelve a la memoria aquella frase pronunciada hace décadas por Pedro Pacheco que tantos disgustos le costó: «La Justicia es un cachondeo». Han pasado más de treinta años y seguimos citándola. Quizá porque las frases incómodas envejecen mejor que los discursos complacientes. Será el calor, me repetía para tranquilizarme.
Pero bastó levantar un poco la vista del mapa de España para descubrir que las serpientes tampoco entienden de fronteras. Donald Trump continúa demostrando que la política contemporánea ha decidido parecerse peligrosamente a un programa de entretenimiento. Cada comparecencia es un espectáculo. Cada declaración busca el titular antes que el argumento. Cada gesto está pensado para alimentar una conversación que apenas durará unas horas, hasta que llegue el siguiente escándalo. El fenómeno ya no pertenece exclusivamente a Estados Unidos. Simplemente allí alcanzó antes el grado de perfección industrial. Nosotros, como tantas otras veces, nos limitamos a importar el modelo con algunos años de retraso.
Lo verdaderamente llamativo es que la política ha terminado copiando las reglas del consumo rápido. Los programas duran menos que un vídeo en redes sociales. Las explicaciones aburren. Los matices penalizan. La duda se interpreta como debilidad. Lo importante no es tener razón, sino conseguir que hablen de uno. Y cuanto más exagerada sea la afirmación, mayores serán las posibilidades de ocupar la portada del día siguiente. No importa si dentro de cuarenta y ocho horas nadie la recuerda. Para entonces ya habrá aparecido otra serpiente reclamando atención.
Y de pronto, casi sin darme cuenta, regresé a Alcalá de Henares. Porque uno puede recorrer medio mundo leyendo titulares y, al final, siempre termina volviendo a casa. Aquí tampoco escasean los ofidios. Simplemente son más pequeños, más cercanos y, precisamente por eso, a veces mucho más venenosos.
El gobierno municipal formado por Partido Popular y Vox hace tiempo que dejó de transmitir la imagen de una coalición estable. Se parece más a esas parejas que continúan viviendo bajo el mismo techo mientras discuten hasta por el color de las cortinas. La retirada de competencias al portavoz de Vox, las acusaciones cruzadas y las declaraciones públicas han terminado por convertir una discrepancia política en un espectáculo que ya ni siquiera intentan disimular. Cada comparecencia parece confirmar que la convivencia está agotada aunque nadie quiera ser el primero en abandonar la mesa.
En la otra orilla tampoco soplan precisamente vientos de estabilidad. El PSOE complutense continúa buscando una salida a una crisis que amenaza con hacerse permanente. Gestoras, debates internos, militantes que elevan escritos a Ferraz, incertidumbre sobre liderazgos y una sensación de parálisis que empieza a resultar demasiado familiar para quienes llevan años observando la política local. Uno tiene la impresión de que el principal partido de la oposición dedica más energía a mirarse el ombligo que a mirar hacia el Ayuntamiento. Y eso, en política, suele salir caro.
Como si todo esto fuera poco, apareció la polémica del mural de la Casa Tapón. Un mural sustituido por otro. Una intervención artística convertida en motivo de enfrentamiento ciudadano. Hay quienes hablan de renovación cultural y quienes consideran que se ha perdido una obra con valor patrimonial. Las redes hicieron el resto. Durante unos días parecía que el futuro de Alcalá dependía exclusivamente de una pared pintada.
Y, sin embargo, mientras discutíamos apasionadamente sobre colores, trazos y firmas, la ciudad seguía esperando respuestas para cuestiones bastante más terrenales. Las interminables obras de la estación continúan poniendo a prueba la paciencia de miles de viajeros. Los barrios siguen reclamando inversiones. El tráfico no mejora por mucho que cambien los discursos. La vivienda continúa alejándose del bolsillo de muchos jóvenes. Pero esas noticias rara vez generan el mismo ruido que una bronca política o una polémica cultural. Gobernar es mucho menos vistoso que discutir.
Quizá ahí resida el verdadero problema de nuestro tiempo. Hemos confundido el debate público con una competición permanente de indignaciones. Todo tiene que ser histórico. Todo tiene que ser intolerable. Todo exige dimisiones inmediatas, querellas, comisiones de investigación o manifestaciones urgentes. La política ha descubierto que el volumen importa más que el contenido. Cuanto más alto se grita, mayor es la impresión de tener razón.
Será el calor. O quizá ya no. Porque llevo demasiados años dedicado a este oficio para creer que todo es fruto de una casualidad. Los periodistas también tenemos parte de culpa. Nos seduce la bronca porque genera lectores. Las redes la amplifican porque genera clics. Los partidos la alimentan porque moviliza a los convencidos. Y los ciudadanos terminamos atrapados en un carrusel donde cada día parece imprescindible escandalizarse por algo distinto.
En esta ciudad de Cervantes resulta inevitable pensar en don Quijote. Él veía gigantes donde había molinos. Nosotros hemos perfeccionado el mecanismo: ahora vemos conspiraciones donde quizá solo haya incompetencia, traiciones donde únicamente existen discrepancias y héroes o villanos absolutos donde probablemente solo haya seres humanos con sus aciertos, sus errores y sus intereses. Cervantes convirtió la locura en literatura. Nosotros corremos el riesgo de convertirla en método de gobierno.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan Ayuso, Feijóo, Rajoy, Peinado, Trump o las pequeñas grandes polémicas alcalaínas. Personajes así siempre ha habido y siempre los habrá. Lo inquietante es que el espectáculo ha terminado ocupando el lugar reservado al pensamiento. Nos interesa más la frase viral que el argumento. Más el corte de veinte segundos que la explicación de veinte minutos. Más el zarpazo que la reflexión. Ya no se gobierna, se grita. Ya no se explica, se victimiza. Ya no se gestiona, se monta el circo. Y cuanto más ruido hace una serpiente, más espacio consigue ocupar en nuestras conversaciones.
Dentro de unas semanas las temperaturas empezarán a bajar. Los meteorólogos anunciarán el final de la ola de calor. Volveremos a dormir con una sábana y a discutir sobre cuándo llegará el otoño. Pero ningún hombre del tiempo nos avisará del final de la otra ola. La de las serpientes. Esas no entienden de estaciones. Cambian de piel con una facilidad admirable, cambian de discurso cuando conviene, cambian de enemigos según las encuestas y hasta cambian de principios si el calendario electoral lo aconseja. Lo único que nunca cambian es su extraordinaria habilidad para reclamar nuestra atención.
Ahora que lo pienso, quizá nunca sufrí una insolación.Quizá el problema haya sido dedicar demasiados veranos a leer periódicos. Porque el verano termina. Las serpientes, nunca.

















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Tiene usted parte de razón, señor Andarelli, cuando dice que los periodistas tienen parte de culpa. Es cierto, sobre todo los periodistas con » camiseta » de equipo, de esos periodistas que aceptan pactar las preguntas en una rueda de prensa, en vez de hacer preguntas incómodas y exigir respuestas al portavoz gubernamental. De esos periodistas que ya no ocultan su descaro partidista cuando toman parte por una opción política y defienden lo indefendible.
De la misma manera que el código deontológico de un médico es preservar y salvar la vida humana, el de un periodista debería ser la objetividad. Y no se enfade si le digo, señor Andarelli, que a usted se le nota la » música y se le adivina la letra » política. O al menos, eso me parece a mí.
A mi no solo me preocupan Ayuso, Feijóo, Rajoy, Peinado, Trump… Para mi es tan preocupante, o más, que sea esto lo que representa la degradación del debate público. Que se hable de Ayuso, o a Rajoy se le acuse de racismo, a Feijoo de.. ¿gallego?, o al juez de tarambaina… da idea de lo que el autor considera degradación del debate. Es curioso que ni Óscar, ni sus compis de gabinete, ni ni el hermanísimo, ni la esposa, ni cierto entorno privilegiado entren en este apartado; debe ser un debate privado al parecer.
Solo falta meter a Trump en este batiburrillo tan equilibrado y tenemos el debate completo, público … y privado
Tiene usted razón, señor Monzón.
A mí también me preocupan todos, no sólo los que aquí se nombran. Pero parece que sólo son éstos a los que hay que criticar. Muchos periodistas hacen campaña a favor del gobierno cuando dicen sin ningún rubor que » hay un complot desde el poder judicial para derribar a este gobierno «. Algo inaudito que se pretenda desacreditar al poder judicial, cuando sus decisiones no son de su agrado. El poder judicial, con la ley en la mano, es el único que puede acabar con la corrupción gubernamental, venga del lado que venga. Y digo que el poder judicial es el único, porque del aborregado pueblo, sin capacidad de crítica y análisis, seguirá votando corruptos según su ideología, no se puede esperar nada.
¿Se ha nombrado a Franco y Primo de Rivera¿. O ya para el siguiente capítulo de rabiosa actualidad alcalaína.