- Adolfo Carballo alerta sobre la crispación política, reclama convivencia y cuestiona la gestión institucional ante el deterioro democrático percibido.
- Adolfo Carballo se define como ciudadano del mundo. Activista de derechos humanos. Cuestiono lo evidente, exploro los mundos que llevo dentro y busco que cada pensamiento y acción tengan sentido propio. Como decía Voltaire: “El sentido común es el menos común de los sentidos”.
Hay momentos en los que una ciudad empieza a cansarse no solo de sus problemas, sino también de la forma en que quienes gobiernan deciden relacionarse con ella. Y ese cansancio ya se percibe en las calles de Alcalá de Henares. No se trata únicamente de polémicas aisladas ni de titulares pasajeros. Lo que empieza a instalarse es una sensación mucho más profunda: la percepción de que el actual gobierno municipal ha convertido la crispación, el señalamiento y el miedo en una forma de hacer política.
El portavoz de Vox y segundo teniente de alcalde, Víctor Acosta, ha sido denunciado por presuntos delitos de acoso laboral, acoso sexual, amenazas y revelación de secretos. Son hechos graves. Muy graves. Pero precisamente por eso conviene recordar algo esencial que demasiadas veces parece olvidarse en el debate público actual: la justicia debería pronunciarse en los tribunales, no en los titulares.
Porque cuando una acusación comienza a tratarse como una verdad absoluta incluso antes de ser juzgada, no solo se pone en riesgo la reputación de una persona. También se erosiona una de las bases fundamentales de cualquier democracia sana: la presunción de inocencia. Y en esa degradación del debate público existe una responsabilidad compartida. Parte de la clase política y determinados sectores mediáticos han contribuido durante años a normalizar los juicios paralelos, la condena anticipada y la utilización partidista de los procesos judiciales como herramientas de confrontación política.
Mantener el equilibrio entre el derecho a informar, la crítica política y el respeto a las garantías democráticas no es sencillo. Pero es imprescindible para preservar la credibilidad institucional, mediática y democrática de cualquier sociedad. Dicho esto, el problema de fondo en Alcalá va mucho más allá de los tribunales.
Porque una ciudad puede soportar errores políticos. Incluso puede tolerar diferencias ideológicas profundas. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la degradación continua de la convivencia pública y el deterioro moral de las instituciones que deberían representar a todos. Desde hace tiempo, numerosos vecinos sienten que Alcalá vive atrapada en una tensión constante. El debate político se ha transformado en confrontación permanente. La gestión municipal parece girar alrededor del conflicto, del enemigo y del impacto mediático inmediato, mientras los problemas reales de la ciudad continúan creciendo silenciosamente.
Los barrios reclaman inversiones. Los vecinos exigen limpieza, mantenimiento y seguridad real. Los jóvenes necesitan vivienda y oportunidades. La sanidad pública pide ser protegida y no debilitada. Los mayores reclaman atención y respeto. Las asociaciones vecinales piden escuchar. Y, sin embargo, demasiadas veces la respuesta institucional parece consistir en alimentar relatos de miedo, utilizar la inmigración como elemento de agitación política o desplazar la atención hacia conflictos identitarios cuidadosamente amplificados.
Gobernar desde el miedo siempre sigue el mismo patrón: señalar culpables, dividir a la sociedad y ofrecer enemigos visibles para ocultar las propias carencias. El diferente deja entonces de ser un ciudadano para convertirse en una herramienta política. Pero las ciudades no se construyen enfrentando a unos vecinos contra otros. Las ciudades se construyen creando confianza.
En el Distrito II, varias asociaciones vecinales ya pidieron hace tiempo la dimisión de su presidente y vicepresidenta, denunciando abandono institucional, falta de diálogo y una gestión alejada de las necesidades cotidianas de sus ciudadanos y ciudadanas.
Aquellas críticas fueron minimizadas desde algunos sectores políticos y tratadas como simples discrepancias vecinales. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos empiezan a comprender que aquellas voces estaban señalando un problema mucho más profundo: una forma de gobernar basada en la distancia, la propaganda y la desconexión con la realidad social de Alcalá de Henares.
Porque cuando los vecinos sienten que no son escuchados, cuando las asociaciones ciudadanas son ignoradas y cuando el diálogo desaparece de la vida pública, lo que empieza a deteriorarse no es solo la relación entre gobierno y ciudadanía. Lo que comienza a romperse lentamente es la confianza democrática que sostiene la convivencia de una ciudad.
La sensación de desgaste ya no pertenece únicamente a la oposición política. Empieza a extenderse entre ciudadanos que quizá no compartan ideologías, pero sí comparten algo esencial: el cansancio frente a una administración que consideran incapaz de generar serenidad institucional y convivencia social.
Y eso es especialmente grave en una ciudad como Alcalá de Henares, cuya historia siempre estuvo ligada a la cultura, al pensamiento crítico y a la convivencia plural. Alcalá no merece convertirse en un laboratorio permanente de confrontación ni en un escenario donde el miedo sustituya al diálogo.
Porque el miedo puede resultar útil electoralmente durante un tiempo, pero termina deteriorando todo: la convivencia, la confianza ciudadana y la credibilidad democrática de las instituciones. Mientras tanto, los ciudadanos continúan pagando —con sus impuestos y con su paciencia— una administración que muchos sienten cada vez más lejana, más crispada y más preocupada por la batalla ideológica que por la vida cotidiana de la gente.
Y quizás ahí se encuentra la herida más profunda que empieza a abrirse en Alcalá de Henares: la sensación creciente de que este equipo de gobierno no gobierna para toda la ciudad, sino únicamente para una parte de ella. Cuando un gobierno deja de representar a todos y comienza a seleccionar qué vecinos merecen atención, respeto o cercanía institucional, la convivencia empieza a fracturarse lentamente.
Porque las ciudades no se destruyen únicamente por la mala gestión económica o por los escándalos políticos. También se deterioran cuando desaparece el respeto mutuo entre gobernantes y ciudadanía. Cuando el diálogo es sustituido por propaganda. Cuando la escucha desaparece. Cuando gobernar deja de significar cuidar de todos para convertirse simplemente en administrar poder para unos pocos.
Y en medio de todo esto aparece una pregunta incómoda, pero inevitable. Vox ha exigido públicamente dimisiones y responsabilidades políticas en múltiples ocasiones, incluso al más alto nivel del Estado. La cuestión es: ¿ese mismo criterio de exigencia ética será aplicado ahora en Alcalá de Henares respecto a Víctor Acosta, o si la responsabilidad política dependerá únicamente del color ideológico de quien esté señalado?Porque la credibilidad institucional también se mide en la coherencia.
Del mismo modo, resulta difícil escuchar a Judith Piquet denunciar un supuesto “maltrato institucional” del Ejecutivo de Pedro Sánchez hacia las administraciones locales, mientras numerosos vecinos y asociaciones de Alcalá aseguran sentirse ignorados, castigados o discriminados por el propio gobierno municipal en determinados barrios y distritos de la ciudad. Especialmente cuando existen zonas donde el abandono, la falta de inversión, la ausencia de diálogo y la sensación de desinterés institucional forman ya parte de la vida cotidiana de muchos ciudadanos. Porque el verdadero maltrato institucional no siempre llega desde fuera. A veces comienza dentro del propio Ayuntamiento, cuando una parte de la ciudadanía deja de sentirse escuchada, respetada o representada por quienes gobiernan en su nombre.
Alcalá de Henares merece algo mejor: Merece recuperar la serenidad institucional, la convivencia y la dignidad política. Merece volver a reconocerse a sí misma como una ciudad plural donde nadie deba sentirse señalado, excluido o invisible por pensar diferente o por no formar parte del relato oficial del poder. Porque una ciudad puede soportar muchas dificultades. Lo que no soporta eternamente es sentirse gobernada desde la confrontación, el desgaste permanente y el miedo.
















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