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Una sátira sobre identidad, arraigo y convivencia cotidiana en Alcalá, firmada por Javier Bardón con humor costumbrista y retranca social.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Lunes a mediodía en el mercado de abastos. Una docena de personas esperaban turno frente a la pescadería cuando un hombre enjuto y seco, que rondaba los cincuenta años, se colocó delante del género, entre las cajas de hielo y las merluzas, con toda la intención de pedir sin guardar cola.
Una señora con un carrito de bebé protestó de inmediato. Le dijo que se pusiera a la cola, que los demás llevaban un buen rato esperando y que no tenía ninguna vergüenza. El hombre respondió con naturalidad que él era de Alcalá y que ahora los alcalaínos tenían prioridad. La mujer replicó con sorna que a ella le daba igual de dónde fuera, que como si era de Móstoles, y otra señora con cara de enterada intervino para aclarar que ese supuesto acuerdo del gobierno local solo valía para lugares públicos, pero que en la pescadería seguía rigiendo el orden de llegada. Además, exigió pruebas reales de que fuera de Alcalá.
El hombre sacó su certificado de empadronamiento y lo mostró, pero la señora lo descartó diciendo que aquello solo acreditaba residencia administrativa, no verdadero arraigo. Otra mujer añadió que de Alcalá de toda la vida quedaba muy poca gente, sobre todo de su edad, porque a principios de los ochenta apenas vivían cuatro gatos en el pueblo. Aun así, el hombre insistió en que era de allí y, ante la exigencia de demostrarlo, mencionó que conocía a Toro Bravo y a la gitana del romero. La respuesta fue que aquello no valía nada, pues hasta los Erasmus los conocían, y que necesitaba pruebas más contundentes.
Otro hombre de la cola se unió al interrogatorio y le pidió rápidamente tres bares míticos de la zona. El interfecto respondió sin dudar: el Giardino’s, la Chopera y el Torrejonero. Sin embargo, la señora enterada no se conformó y señaló que eso podía haberlo buscado en internet. Le preguntó entonces dónde había nacido. Al contestar que en La Paz, todos concluyeron que no era alcalaíno de verdad, sino madrileño. Él alegó que en su DNI ponía Alcalá, pero un señor con gafas de pasta fue más lejos y quiso saber si sus padres también eran de allí, porque según tenía entendido se exigía que ambos progenitores fueran alcalaínos.
El hombre explicó que su padre era de Pastrana, aunque había llegado muy pequeño y hasta había salido de extra en la película de Espartaco. Aun así, lo declararon de primera generación y lo mandaron de nuevo a la cola. El señor de las gafas propuso entonces una pregunta definitiva para comprobar su arraigo complutense: cómo se llamaba antes el Carrefour. El hombre contestó Pryca, pero los murmullos de desaprobación fueron inmediatos. La respuesta correcta era Simago, por lo que definitivamente no era de Alcalá. Él se defendió diciendo que había entendido que se referían al Pryca de San Fernando.
Un chaval con hoodie que acompañaba a la señora enterada se mostró confundido con aquellos nombres antiguos. Su madre le reprochó que los jóvenes no tenían ningún arraigo y, dirigiéndose al hombre, decidió darle el beneficio de la duda. Le preguntó de qué barrio era. Al responder que de la Garena, la mujer hizo una mueca despectiva y señaló que no se trataba de un alcalaíno del casco histórico de toda la vida, sino de alguien meramente circunstancial. Una señora mayor que hasta entonces había permanecido callada intervino para afirmar que los del Ensanche Garena habían llegado, como quien dice, hacía cuatro días.
En ese momento, un señor anacrónico con el Marca bajo el brazo se sintió aludido y protestó. Dijo que él llevaba en el Ensanche desde 1998, que era garrapiñado como el que más y que antes vivía en el Val, por lo que había sido de los primeros colonos. Además, su mujer había nacido en la mismísima calle Mayor. La señora mayor reconoció su pureza y, mirando al hombre que pretendía colarse, le hizo ver que, según su propia lógica, aquel señor merecía estar el primero de la cola tanto o más que él.
En ese instante, Ivana, la pescadera, una mujer rubia y fornida que llevaba quince años atendiendo el puesto, suspiró profundamente y levantó la voz. Les preguntó si iban a comprar pescado o iban a seguir discutiendo toda la mañana, porque allí el único criterio que funcionaba era el orden de llegada y quería saber quién tenía vez.
Entonces, un señor bajito y moreno, con camisa de hilo, que había permanecido callado hasta ese momento, se acercó tranquilamente al mostrador y dijo que le tocaba a él. Ivana, sin más preámbulos, le preguntó qué le ponía, Mustafá. El hombre pidió cuarto y mitad de boquerones y dos doradas pequeñas para hacer en el horno.

















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