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Campuzano sostiene que Felipe González actúa movido por la soberbia política y la incapacidad de aceptar liderazgos socialistas ajenos
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
El gobierno vasco, a través de sus representantes, viene pidiendo flexibilidad y comprensión financiera al gobierno central en la liquidación de la deuda comprometida por Tubos Reunidos, grupo industrial nacido en Amurrio hace 130 años, y con sedes en la propia Amurrio, el vizcaíno Valle de Trápaga y Vitoria. Entre principal e intereses existe una deuda con la SEPI de 150 millones de euros, que traen causa del rescate en 2021 por la propia sociedad estatal.
Por el momento, no hay realidades que sustenten imputaciones sobre personas físicas que hayan intervenido en la persuasión para aquel rescate por parte del Consejo de Ministros. De haberlas, con o sin participación de gentes pertenecientes al partido socialista o allegadas a tal, se podría hablar de una enmienda a la totalidad de cuanto hizo el gobierno de coalición en materia de ayudas industriales ante la pandemia y derivados.
Si esa mancha crece proporcionalmente decrecería el asunto Zapatero por cuanto tanto el ex presidente como la opinión pública entenderían que las aspiración de quien impulsa estas acciones legales excedería con amplitud la cacería ad hominem para adentrarse en objetivos colectivos, es decir, el órgano ejecutivo del gobierno, el Consejo de Ministros, tomador de la decisión final del reparto de miles de millones para hacer mejor la vida societaria de determinadas empresas financieramente necesitadas de ventilación al margen de bancos y entidades de crédito.
Si ello sucediese, la ventilación empresarial aquella del gobierno se volvería ventilación personal y evitación de angustia al propio Zapatero, quien se vería a ojos de todo el mundo como un pequeño ejemplo de daño colateral en la guerra contra el gobierno como pieza ansiada. Todo ello, naturalmente, con el respeto debido a la fiscalía anticorrupción y la denigración no menos debida a las acusaciones de organizaciones con propósito en la impartición de justicia, en anhelo de los derechos humanos y el alumbramiento del cielo aquí en la tierra.
Los españoles, también denominados la ciudadanía, son convocados a las urnas cuando se cumplen unas reglas constitucionales amparadas en el calendario, con sus hitos y detenimientos en el tiempo. También en los deseos de quien puede convocar y en las aspiraciones de quien empuja esa decisión de convocar. Sobre los últimos, los aspirantes, desciende el patronímico de la oposición. A esta oposición se une, con más alegría habitual que el de vez en cuando, la posición de un ex presidente, Felipe González, sobre cuya púrpura de su mandato, aún de su talla, un poquito justa de pectoral, le han crecido instigadores de autoridad de ex presidente que no coinciden con la denominación anterior, es decir, socialistas, sino de aquellos que han abandonado el oprobio del GAL y naturalezas asimilables para glorificar al político sevillano homenajeado cada vez que habla como si se tratara de Cánovas del Castillo.
Aún en el recuerdo las diatribas del “paro, despilfarro y corrupción”, impasible el ademán, con aquellas portadas del ABC, cuyo director confesó la artimaña para vencer a quien parecía intocable. Todo aquel sufrimiento para manifestar ante el mundo que no se pasa la prueba del carbono 14 de la vanidad. González, completamente vulnerable a la piedra de toque de la vanidad. Como dice el mordaz británico Ian McEwan, en su novela “Amor perdurable” (Anagrama, 1998), “como en los sueños, fui primera y tercera persona a la vez”. Aquí no hay sueños, González habita el territorio de las realidades, solo que excede el nivel de la convivencia con las mismas en la seguridad que ya no es presidente de gobierno, sino que tan solo es un practicante de lobby que vive en el barrio de Salamanca y que sabe de las calidades del cuero, sobre todo cuando es propiedad de Carlos Slim y se proyecta en las maletas del mexicano.
Solamente los amigos de Felipe pueden convencerlo de la necesidad del parón en el ejercicio de la lesión a las opciones socialistas en España. Felipe González, el autor de la vergonzosa imagen de la falta de imaginación de Zapatero con las sociedades off shore y la ingeniería financiera. Javier Marías, sin querer, definió al mandamás de los ochenta en España, en su obra “Tu rostro mañana” (Debolsillo, Random House, 2019), “nunca me acostumbré, en Inglaterra, a estar en el sitio del conductor y no tener un volante ante mí”. González estuvo y está contra Zapatero del mismo modo que estuvo y está contra Sánchez sencillamente porque está en la línea de lo insoportable que alguien con la etiqueta del puño y la rosa la luzca sin su licencia y certificado. No es mal de Estado lo que sufre González con la interpretación distinta a su trazado, es un diagnóstico profesionalmente fácil de soberbia.















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