-
Campuzano analiza tensiones Vox-PP, caída electoral, divisiones internas y riesgos estratégicos que cuestionan su fortaleza y condicionan futuros pactos autonómicos y liderazgo.
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
En plena semana de pasión y muerte, en una carta a la militancia de Vox firmada por su secretario general, Ignacio Garriga, de profesión odontólogo, se dirige a sus compañeros de bandería para alertar de las cualidades de los cargos del Partido Popular, en su demarcación del noroeste de España, como “clan gallego” y “contrabandistas gallegos”, con el punto de mira puesto en Miguel Tellado y Alberto Núñez Feijóo, a la sazón secretario general y presidente del partido conservador de la calle Génova, 13, domicilio social del PP, por su orden de responsabilidad. Todo ello escrito y firmado en coincidencia con un proceso negociador entre PP y Vox para investir en Extremadura a María Guardiola, en Aragón a Jorge Azcón, y a Alfonso Fernández Mañueco en Castilla y León.
A no ser que haya actualidad y tendencia en el juego del despiste y circunvalación de la confrontación, el considerado observador normal apreciaría que algo no va bien en esa relación de la que podría pregonarse cualquier cosa salvo que sea agradable. De ser fraternal sería la ideada por Caín al referirse a su hermano Abel, con toda la carga antigua testamentaria que se impone al momento presente.
La semana post pascual arroja diferentes encuestas donde se miden las preferencias electorales, intenciones de voto y halagos a los líderes mejor valorados. Pues bien, todas ellas acusan una inclinación a la baja en la estimación de Vox, que circulaba hasta ahora con el emoticono de la flecha ascendente con la vista puesta más allá del 20 por ciento, ese porcentaje lleno de magia y de color, como la tom-tom-tómbola, que estiraba la barba de Abascal hasta hacerla más puntiaguda que su propia barbilla, con imitación grosera a aquel visionario pero de la izquierda noventera llamado Julio Anguita, coleccionista prestigiado de las admiraciones de la derecha por “coherente”.
La predicción electoral, pues, acusa una sensación térmica poco propicia a las alegrías de Vox y a partir de aquí se establece sesión de meditación para averiguar las causas. Entre las cuales, podría estar la división interna, precisamente la que origina el enfado del odontólogo Garriga con los gallegos de primera línea del PP, a quienes atribuye, para que lo sepa la militancia, que insuflan con abierta complacencia las maldades y corajes de la escisión de Vox en las personas de Espinosa de los Monteros y Ortega Smith.
El detalle de la relación PP con los sediciosos de Abascal no se ofrece en primicia, pero se advierte una intención que la formación de Feijóo podría abrir los brazos de acogida a los expulsados con la misma cordialidad que se hace paternalmente con los hijos pródigos. Espinosa o Smith, es de esperar que de producirse su ingreso en el PP o territorios adyacentes, abrirían todas las cartas reservadas de su estancia en Vox para leerlas en la plaza pública.
Otro motivo que explicaría el descenso de Vox por debajo del porcentual de marras del 20 por ciento estaría en la deriva de apoyo internacional a todo lo que haga o piense la administración Trump, muy activa desde hace cinco semanas en Oriente Próximo. Las dos salidas a este proceso negociador que en el caso de Extremadura tiene una caducidad muy próxima comportan riesgos de diversa consideración. Si hay acuerdo con María Guardiola, se entiende con el conforme de la dirección de Génova, la autoridad de Vox debería manifestarse de tal modo que el programa pactado debería ser un prontuario de tal naturaleza ultra que el PP quedase desdibujado y el cuartel general gallego habría de tragar resilientemente los insultos de Garriga. Sería lo que dice Rafael Sánchez Ferlosio sobre la flexibilidad, en “Campo de retamas” (Random House, 2015), “¡qué peste de tolerancia, que se te acerca suavemente con sus zapatillas cargadas de razón!”.
Por el contrario, si no se produce el acuerdo para investir a María Guardiola, cuyas relaciones con Génova tienen la fidelidad del viento, se asistiría a una crisis de tal nivel sísmico que llegaría a los otros territorios donde se asiste a los mismos males, pero con el reloj más tranquilo. La repetición electoral concedería la razón a Garriga, que hay mala voluntad de adn gallego, pero su instrumental de endodoncia tendría que pasar por pruebas de actualización porque la flecha ascendente de la estimación electoral podría darse la vuelta para producir mucha angustia.
Vox, por tanto, como tantas otras iniciativas que desbordan las previsiones sobre la debilidad del bipartidismo, se ve sometido cuando toda parecía irle bien a una voltereta escrita en el destino o por generación de espontaneidad, o simplemente por la némesis de la historia por una mala elección de alianzas, a una situación que se le da muy bien describir a Claudio Magris, en “El Danubio” (Anagrama), “vaciar la vida…como la de esa bandera cuando el viento cesa de golpe”.
















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a






