La noche del 1 de abril de 2026 quedará grabada como uno de esos momentos en los que la historia no solo avanza, sino que parece recuperar el pulso perdido durante décadas. Mientras en Alcalá de Henares la vida transcurría entre la rutina cotidiana y el ambiente ya intenso de la Semana Santa, a miles de kilómetros de distancia el cielo de Florida se encendía con una potencia casi irreal. El cohete Space Launch System de la NASA despegaba con la misión Artemis II, devolviendo a la humanidad a una senda que muchos creían cerrada desde el siglo pasado. No era solo un lanzamiento más. Era, en cierto modo, un regreso emocional, científico y simbólico al lugar donde empezó todo.
A las 18:35 hora local en Cabo Cañaveral, ya de madrugada en España, el rugido de los motores iluminó el horizonte como si el amanecer se hubiese adelantado unas horas. Millones de personas siguieron el evento en directo, conscientes de que no estaban viendo una simple prueba técnica, sino el inicio de un nuevo capítulo en la exploración espacial tripulada. Durante años, la Luna había sido un recuerdo, una imagen congelada en blanco y negro asociada a la epopeya del programa Apollo. Ahora, de repente, volvía a ser destino. Volvía a ser futuro. Y lo hacía con una misión que, sin buscar aún el alunizaje, tiene la responsabilidad de abrir de nuevo ese camino.
El regreso que parecía lejano
Durante décadas, la exploración lunar tripulada permaneció en un limbo extraño entre la nostalgia y la imposibilidad. Las imágenes de la Apollo 11 Moon Landing y de las misiones posteriores se convirtieron en iconos intocables, casi irrepetibles, como si pertenecieran a una edad dorada que ya no podía reproducirse en el presente. Los costes, la complejidad técnica y los riesgos asociados parecían justificar ese paréntesis prolongado. Sin embargo, Artemis II ha demostrado que la ambición no había desaparecido, solo estaba esperando el momento adecuado.
La misión no tiene como objetivo pisar la superficie lunar, y precisamente ahí reside parte de su inteligencia. Se trata de un vuelo de prueba en condiciones reales, con tripulación a bordo, destinado a validar todos los sistemas críticos que permitirán, en el futuro, volver a caminar sobre la Luna. La nave Orion ya ha completado con éxito su separación de la etapa superior, ha desplegado sus paneles solares y navega en una trayectoria de retorno libre que garantiza, incluso en caso de fallo, el regreso a la Tierra. Es un planteamiento prudente, pero tremendamente ambicioso al mismo tiempo.
Durante aproximadamente diez días, los astronautas viajarán más lejos que cualquier ser humano en las últimas décadas, superando incluso registros históricos. Rodearán la Luna, atravesarán su cara oculta y regresarán para amerizar en el Pacífico. En ese trayecto se pondrán a prueba sistemas de soporte vital, comunicaciones en espacio profundo, maniobras manuales y, sobre todo, la resistencia de la nave en la reentrada atmosférica a velocidades extremas. Es, en esencia, una misión de verificación total. Un ensayo general sin margen para la improvisación.
Cuatro astronautas y una representación global
Dentro de la cápsula Orion viajan cuatro nombres propios que, desde el momento del despegue, ya forman parte de la historia contemporánea. El comandante Reid Wiseman lidera la misión con la experiencia acumulada en la Estación Espacial Internacional y una trayectoria como piloto de pruebas que aporta la serenidad necesaria en un entorno donde cada decisión cuenta. A su lado, el piloto Victor Glover rompe barreras al convertirse en el primer hombre de color en viajar al espacio profundo, en una misión que no solo busca avanzar en lo técnico, sino también representar mejor la diversidad de la humanidad.
La especialista de misión Christina Koch aporta su experiencia tras haber batido el récord femenino de permanencia en el espacio. Su participación marca otro hito: será la primera mujer en volar alrededor de la Luna. Completa la tripulación Jeremy Hansen, primer canadiense en una misión lunar, símbolo de la creciente dimensión internacional del programa Artemis.
Más allá de los datos biográficos, hay un elemento común que une a los cuatro: todos crecieron mirando la Luna como un sueño lejano. Hoy, ese sueño se ha convertido en una responsabilidad real, en una misión que combina precisión técnica con una carga simbólica enorme. Representan, en cierto modo, a toda una generación que vuelve a mirar al cielo con la sensación de que es posible regresar.
Europa impulsa el viaje… y Alcalá también
Aunque el lanzamiento haya sido protagonizado por la NASA, el corazón técnico de la misión es claramente internacional. El Módulo de Servicio Europeo, desarrollado por la European Space Agency, es el encargado de proporcionar energía, propulsión y soporte vital a la nave. Sin este componente, Orion simplemente no podría operar. Es un cambio de paradigma respecto a la era Apollo, donde la carrera espacial estaba marcada por la competencia entre potencias. Hoy, el espacio se construye desde la colaboración.
En ese contexto global, Alcalá de Henares no es un espectador tan lejano como podría parecer. Tal y como ALCALÁ HOY avanzaba el 31 de marzo en su artículo “La UAH, guardaespaldas de la misión Artemis II que viaja a la Luna este 1 de abril”, la Universidad de Alcalá desempeña un papel relevante en la seguridad de la misión. No enviará astronautas ni instalará instrumentos en la superficie lunar, pero sí contribuye a algo esencial: anticipar riesgos derivados de la actividad solar.
Investigadores vinculados al instrumento EPD de la misión Solar Orbiter, liderados por el catedrático Javier Rodríguez-Pacheco, mantienen una colaboración con la NASA para proporcionar datos de baja latencia sobre partículas energéticas emitidas por el Sol. Dicho de forma sencilla, trabajan con información casi en tiempo real que permite anticipar tormentas solares potencialmente peligrosas para la tripulación. Según explicaba el propio Rodríguez-Pacheco, a finales de enero mantuvieron una teleconferencia con la NASA en la que se solicitó precisamente ese apoyo, clave para medir niveles de radiación ionizante durante el vuelo.
No se trata solo de enviar datos, sino también de interpretarlos y asesorar en la toma de decisiones. En un entorno donde cada variable está milimetrada, esa capacidad de anticipación se convierte en una herramienta crítica. No es la primera vez que la Universidad de Alcalá participa en una misión de este nivel. Ya lo hizo en Marte, durante la misión Perseverance, cuando una tormenta solar obligó a afinar los análisis. A ello se suma la presencia de figuras vinculadas a la universidad en el ecosistema NASA, como Teresa Nieves-Chinchilla, y el caso de la ingeniera Jeanette Silvas-Collins, nacida en Alcalá, que forma parte del equipo del SLS y que, en las semanas previas, aseguraba confiar en el éxito del lanzamiento tras las múltiples pruebas realizadas.
Primeras horas de vuelo y una mirada desde la ciudad
A las 15:00 horas del 2 de abril, las informaciones oficiales confirman que todo evoluciona según lo previsto. La tripulación se encuentra en buen estado, las maniobras iniciales se han ejecutado correctamente y la nave mantiene su trayectoria sin incidencias relevantes. Incluso pequeños contratiempos técnicos, habituales en este tipo de misiones, han sido resueltos sin mayor impacto. La moral es alta y las comunicaciones con tierra son fluidas, mientras las imágenes de nuestro planeta vistas desde Orion vuelven a recordarnos la fragilidad de ese punto azul que habitamos.
Mientras tanto, en Alcalá de Henares la ciudad vive el ecuador de su Semana Santa, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Las procesiones avanzan por el casco histórico entre incienso, silencio y emoción contenida, en un contraste casi poético con lo que ocurre más allá de la atmósfera. Y, sin embargo, ambos escenarios comparten algo esencial: la capacidad de emocionar, de conectar con lo profundo, de recordarnos que formamos parte de algo mayor. Mientras los pasos recorren calles centenarias, allá arriba, a cientos de miles de kilómetros, la humanidad vuelve a acercarse a la Luna.
Las próximas horas serán determinantes. El tránsito hacia el espacio profundo, el sobrevuelo lunar y la reentrada marcarán el éxito definitivo de la misión. En el espacio no existe la rutina, y cada fase implica nuevos desafíos. Pero, por ahora, el primer gran paso ya se ha dado con éxito.
Un puente hacia el futuro
Artemis II no es un destino final, sino un punto de inflexión. Funciona como puente entre el legado del programa Apollo y un futuro que apunta mucho más lejos. La Luna deja de ser un objetivo simbólico para convertirse en un laboratorio permanente, en un lugar desde el que preparar el siguiente gran salto: Marte.
Las futuras misiones Artemis aspiran a establecer presencia sostenida en nuestro satélite, desarrollar infraestructuras y consolidar una nueva era de exploración. Pero todo eso depende de que este primer ensayo salga bien. De que cada sistema funcione. De que cada decisión sea correcta.
Mientras la nave Orion avanza en silencio hacia la Luna, alejándose de la Tierra a miles de kilómetros por hora, aquí abajo la vida sigue su curso. Pero algo ha cambiado. Saber que hay seres humanos viajando de nuevo hacia nuestro satélite transforma la percepción del presente. Devuelve una sensación olvidada: la de estar viviendo un momento histórico en tiempo real.
Y desde Alcalá, con su tradición, su universidad y su mirada siempre curiosa hacia el conocimiento, ese momento se siente un poco más cercano. Porque esta vez, aunque sea de forma silenciosa, también formamos parte del viaje.

















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