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La críptica referencia a San Gelasio y al 20-N abre una reflexión sobre memoria, política local e inviernos anticipados.

Hay cosas que solo un alcalaíno entiende. La frase pertenece a Carlos Librado «Nene» y constituye desde hace años el lema no oficial de Alcalá me mata, uno de los fenómenos culturales más genuinamente complutenses de las últimas décadas. Quien haya asistido a alguno de sus espectáculos sabe perfectamente de qué hablamos. Son dos horas de referencias, guiños, recuerdos, anécdotas y códigos locales que provocan carcajadas inmediatas entre los alcalaínos mientras dejan completamente desorientado a cualquier espectador llegado de fuera. Alcalá tiene ese lenguaje propio. Sus calles, sus personajes, sus rivalidades y también sus misterios. Y sospecho que uno de ellos acaba de incorporarse al catálogo.
El Pleno municipal del pasado martes dejó una de esas frases que, más allá de la ocurrencia o de la polémica momentánea, contienen un significado que merece ser descifrado. Se produjo durante un punto tan anodino como el número 14 del orden del día, destinado simplemente a dar cuenta del cese, a petición propia, de una asesora eventual adscrita al Grupo Municipal Socialista. Conviene subrayar lo de «a petición propia», porque precisamente de ahí arrancó la ironía política posterior. Lo que era un mero trámite administrativo acabó convirtiéndose en una de las escenas más llamativas de toda la sesión.
Vicente Pérez tomó la palabra para señalar que quizás los cargos de confianza del portavoz socialista habían dejado de conservar precisamente eso, la confianza, o veciversa. Javier Rodríguez Palacios respondió con un lacónico «ya que estamos en el salseo, pues vamos a salsear», y a partir de ese instante la asesora desapareció completamente del debate. En su lugar aparecieron los más de trescientos militantes críticos, Enrique Nogués, la gestora socialista, los trotskistas, los estalinistas, JR de Dallas, el famoso piolet y toda una colección de referencias políticas e históricas que transformaron un punto administrativo en una pequeña pieza de teatro municipal.
Fue entonces cuando llegó el remate final. El concejal popular concluyó su intervención con una frase tan desconcertante como aparentemente inocente: «Váyase, señor Rodríguez. No espere a una foto del Puerta de Madrid, que en noviembre se celebra San Gelasio y hace mucho frío». La intervención terminó ahí. El Pleno continuó. Se debatieron otros asuntos. Se votaron mociones. Se aprobaron acuerdos. Sin embargo, tres días después sigo pensando en San Gelasio.
¿Por qué San Gelasio? ¿Por qué noviembre? ¿Por qué el frío?Y sobre todo: ¿por qué esa frase dirigida específicamente a Javier Rodríguez Palacios? La primera reacción consiste en consultar el santoral. Allí aparece San Gelasio, efectivamente. El 20 de noviembre. Y es justo en ese momento cuando la frase deja de ser una mera ocurrencia para adquirir una profundidad inesperada.
Porque el problema no es quién fue San Gelasio. El problema es que el 20 de noviembre constituye una de esas fechas que en España nunca son completamente neutrales. Hay días que llegan acompañados de una mochila histórica demasiado pesada como para ignorarla. Vicente Pérez podría haber hablado de diciembre, de enero o del invierno en general. Pero eligió exactamente esa referencia. Y cuando alguien elige una referencia tan concreta, resulta inevitable preguntarse por qué.
Quizá la respuesta no tenga nada que ver con el santoral. Quizá tampoco con la fecha. Tal vez la clave esté en la idea del invierno. No del meteorológico, sino del político. De esos inviernos que llegan mucho antes de que el calendario los anuncie y que suelen manifestarse cuando determinadas trayectorias comienzan a enfrentarse al peso de su propia historia. Porque hay trayectorias que no se explican únicamente por lo que muestran, sino también por aquello que han decidido dejar fuera del cuadro. No es una cuestión de olvido. Es una cuestión de edición. Con el tiempo, algunos aprenden que no hace falta negar el pasado si se consigue desplazarlo lo suficiente como para que deje de resultar reconocible.
En ciertos ámbitos, esa habilidad suele confundirse con madurez. Se habla de evolución, de aprendizaje, de transformación personal. Y muchas veces es verdad. Cambiar no solo es legítimo; también es necesario. Pero existen cambios que se presentan como una sustitución perfecta. Donde antes había unas certezas aparecen otras completamente distintas. Donde antes había unas convicciones surgen las contrarias. Y, sin embargo, algo permanece. El molde. La estructura. La forma de entender el mundo. Como si las piezas hubieran cambiado de color sin alterar realmente el dibujo.
Hubo un tiempo, no tan lejano como algunos creen, en el que determinadas voces no hablaban de convivencia sino de frontera. No apelaban a la diversidad sino a su contención. No dudaban. Afirmaban. Lo hacían además con esa intensidad propia de quienes creen haber encontrado una verdad definitiva. Ese tipo de convicciones pueden abandonarse. Incluso pueden invertirse. Pero rara vez desaparecen sin dejar huella. Suelen permanecer en la manera de argumentar, en ciertos reflejos intelectuales y en una forma concreta de relacionarse con la discrepancia.
Por eso resulta tan interesante la cuestión de la memoria. Porque la memoria no necesita convertirse en acusación para resultar incómoda. Basta con existir. Basta con que alguien conserve determinados textos, recuerde determinadas conversaciones o haya estado presente cuando todavía no era necesario medir cada palabra. No para desacreditar a nadie. Simplemente para saber. Para comprender que las biografías políticas son siempre más complejas que los relatos oficiales que terminan construyéndose alrededor de ellas.
Quizá sea ahí donde la frase de San Gelasio encuentra su verdadera dimensión. No como amenaza, ni como revelación, ni siquiera como insinuación. Más bien como recordatorio. Como la idea de que existen fotografías que siguen guardadas en algún cajón. Textos que nadie ha destruido. Conversaciones que algunos aún recuerdan. Huellas que permanecen invisibles mientras el clima es favorable pero que reaparecen cuando llegan las primeras heladas.
Porque el frío tiene esa particularidad. Desnuda los árboles. Cuando desaparecen las hojas, aparecen las ramas. Cuando terminan los tiempos de expansión, comienzan las preguntas. Y cuando determinadas trayectorias empiezan a mostrar grietas, la memoria adquiere una importancia que hasta entonces parecía irrelevante. Quizá por eso Vicente Pérez habló de noviembre. Quizá por eso eligió a San Gelasio. O quizá todo esto no sea más que una gigantesca sobreinterpretación nacida de una frase lanzada al final de una intervención parlamentaria.
Pero entonces recuerdo a Nene. Recuerdo eso de que hay cosas que solo un alcalaíno entiende. Y sospecho que la política local también forma parte de esa categoría. Un universo poblado por referencias en clave, fotografías que todos conocen sin necesidad de nombrarlas, viejas historias que reaparecen cuando menos se espera y mensajes dirigidos a destinatarios muy concretos mientras el resto del público intenta descifrar qué demonios acaba de ocurrir.
Tal vez algún día Vicente Pérez explique qué quiso decir exactamente. Tal vez no. Entretanto, la frase seguirá ahí, suspendida sobre la política complutense como una de esas bromas privadas que acaban adquiriendo vida propia. Y mientras tanto, San Gelasio seguirá avanzando lentamente desde el calendario. Porque todavía faltan meses para el 20-N. Pero a juzgar por algunas intervenciones escuchadas esta semana, el frío político parece haber llegado bastante antes que el meteorológico.
Mientras tanto, un servidor, que es tan alcalaíno como Pérez, como Rodríguez Palacios o como el propio Nene, seguirá intentando descifrar qué quiso decir exactamente con aquello de San Gelasio. Porque hay cosas que solo un alcalaíno entiende. Y otras que, sospecho, ni siquiera los alcalaínos terminamos de entender del todo.
















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