Hablar cuando el silencio pesa | Por Adolfo Carballo

El activista de derechos humanos y vecino de Alcalá de Henares Adolfo Carballo Albarrán comparte en esta tribuna una reflexión profundamente personal sobre el suicidio, escrita tras la reciente pérdida de un joven familiar. A partir de ese dolor cercano, el autor aborda el silencio social que todavía rodea estas muertes y plantea la necesidad de hablar, escuchar y acompañar con más humanidad a quienes atraviesan momentos de extrema fragilidad.

Fotocomposición IA de Pedro Enrique Andarelli
  • Una reflexión íntima sobre el suicidio, el duelo y la urgencia de romper el silencio para acompañar el dolor invisible. El valor de escuchar.

  • Adolfo Carballo  se define como ciudadano del mundo. Activista de derechos humanos. Cuestiono lo evidente, exploro los mundos que llevo dentro y busco que cada pensamiento y acción tengan sentido propio. Como decía Voltaire: “El sentido común es el menos común de los sentidos”.

Hay muertes que llegan con aviso. Y hay otras que irrumpen como un relámpago en un cielo que parecía tranquilo. El suicidio pertenece a esta última categoría: no solo rompe una vida, fractura todas las que la rodeaban.

Hace apenas unos días mi familia perdió a un joven: un sobrino. Y desde entonces el tiempo no avanza con normalidad. Las horas se dilatan. Las conversaciones se vuelven torpes. La mente repite una pregunta que no encuentra respuesta: ¿por qué?

El suicidio no termina en quien se va. Empieza una forma distinta de dolor en quienes se quedan. Queda la culpa que no sabemos si es justa o injusta, pero que se instala igual. Queda el repaso obsesivo de cada conversación, cada gesto, cada llamada que no hicimos. Queda la sensación de no haber visto lo que ahora creemos evidente.

Y queda el silencio. Un silencio incómodo que la sociedad aún no sabe romper. Se habla en voz baja. Se evita nombrar la causa. Se buscan eufemismos. Como si pronunciar la palabra “suicidio” pudiera provocar otra herida. Pero la herida ya está ahí.

Durante muchos años guardé silencio sobre este tema. No es la primera vez que el suicidio toca de cerca mi vida. Hubo otro momento, hace tiempo, en el que también me enfrenté a una pérdida semejante. Entonces no supe ponerle palabras al dolor. Quizá fue miedo. Quizá confusión. Quizá esa vergüenza silenciosa que durante décadas ha acompañado a estas muertes.

En aquellos días preferí callar, como hacen tantas familias. El dolor se queda en casa, se disfraza con frases imprecisas y se esconde detrás de explicaciones que en realidad no explican nada. Con el paso del tiempo uno comprende que ese silencio no protege. Solo aísla.

Hoy, después de lo ocurrido en mi familia, siento la necesidad de romper ese círculo. No para buscar respuestas fáciles —porque probablemente no las hay—, sino para reconocer algo que demasiadas veces negamos: el suicidio deja una estela profunda en quienes permanecen. No es solo una pérdida. Es también una pregunta que se instala en la memoria de padres, hermanos, tíos y amigos. Una pregunta que vuelve una y otra vez con distintas formas: ¿pudimos haber hecho algo?

La mente revisa cada recuerdo como si fuera una escena detenida en el tiempo. Una conversación, un gesto, una mirada, una frase que en su momento pareció normal y que ahora adquiere un significado distinto. Se buscan señales en el pasado con la esperanza de encontrar una explicación en algún rincón de la memoria.  Pero la vida rara vez se deja leer con tanta claridad. El dolor humano es complejo, silencioso muchas veces, y profundamente íntimo. Y quizá por eso, como sociedad, todavía nos cuesta tanto hablar de ello.

El suicidio sigue siendo un tema rodeado de incomodidad. En muchos casos se evita mencionarlo abiertamente, como si el silencio pudiera protegernos de su gravedad. Pero ese silencio tiene un precio: deja solas a las familias y dificulta que quienes sufren puedan pedir ayuda a tiempo.

Si tú o alguien cercano atraviesa pensamientos de suicidio, hay ayuda disponible. El teléfono de prevención del suicidio 024 ofrece atención gratuita, confidencial y especializada 24 horas al día. Llamar al 024 no es un gesto frío o formal: es una mano tendida en un momento de dolor, una voz que escucha sin juzgar, un espacio donde no estás solo ni sola, aunque el mundo parezca silencioso a tu alrededor. Nunca subestimemos el valor de una voz que escucha y de un oído que acompaña en la oscuridad: ese gesto puede salvar vidas y aliviar el peso que muchos sienten en silencio.

Las consecuencias para quienes se quedan son profundas y duraderas. El duelo se vuelve más complejo, lleno de preguntas sin respuesta. Las relaciones familiares pueden cambiar, la confianza en la normalidad de la vida se resquebraja y aparece una sensación difícil de explicar: la de vivir con una ausencia que no solo duele, sino que también desconcierta.

Y sin embargo, en medio de todo ese desconcierto, hay algo que quizá podamos aprender.  Necesitamos hablar más de la fragilidad humana. Necesitamos escuchar más allá de las apariencias. Vivimos en una época que valora la fortaleza, la rapidez y la autosuficiencia, pero olvida a menudo que muchas personas atraviesan batallas invisibles.

A veces un gesto de atención, una conversación sincera o simplemente la posibilidad de expresar el propio dolor puede marcar una diferencia enorme. Acompañar no significa tener todas las respuestas. A veces significa simplemente estar. Permanecer cerca sin apresurarse a cerrar las preguntas, aceptando que el dolor ajeno no siempre puede resolverse, pero sí puede compartirse.

Tal vez ahí, en esa presencia humilde y consciente, encontremos una forma más humana de entender la vida y de cuidarnos unos a otros en nuestra inevitable fragilidad.No hay palabras que puedan reparar una pérdida así. Pero sí podemos intentar que el silencio no sea la única respuesta.

Hablar, escuchar y acompañar siguen siendo, quizá, las formas más humanas de cuidar la vida. Y quizá también la manera más digna de recordar a quienes ya no están: haciendo que su ausencia nos vuelva un poco más atentos, un poco más humanos y un poco más capaces de mirar de frente la fragilidad que todos compartimos. Pequeñas acciones, palabras dichas con cuidado y momentos compartidos pueden convertirse en un legado de presencia y humanidad que honra a quienes hemos perdido.

 «Cada vida que pasa deja una huella; cada pérdida nos recuerda nuestra humanidad compartida.» — enseñanza budista

 

 

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1 Comentario

  1. Una buena reflexión. «Queda la sensación de no haber visto lo que ahora creemos evidente.» Es lo que se hace de forma habitual cuando nos enfrentamos (failiares, aigos, conocidos etc.) a un suceso que nos resulta doloroso y hasta repulsivo mencionar. Lo que no debemos hacer es callar, guardar ese silencio para uno solo, ser capaces, y valientes, de compartir ese miedo, dolor, frustración… con los que se atreven a prpeguntar.

  2. Gracias por tu reflexión Ana.
    A menudo lo evidente no se muestra de inmediato. La vida tiene esa paradoja: aquello que hoy parece confuso o incluso invisible, con el paso del tiempo termina revelándose con una claridad casi incómoda. Entonces aparece esa sensación extraña de no haber sabido ver antes lo que ahora parece tan evidente.
    Quizá no se trate solo de falta de mirada, sino también de la dificultad humana para enfrentarse a aquello que duele o incomoda. El silencio, muchas veces, nace ahí: como una forma de protección, como un intento de evitar el peso de lo que sabemos pero nos cuesta nombrar.
    Pero también es cierto que la palabra compartida tiene algo de liberador. Cuando el miedo, el dolor o la incertidumbre encuentran espacio en la conversación, dejan de ser una carga solitaria y se transforman en una experiencia que puede ser comprendida entre todos.
    Tal vez por eso el verdadero valor no está únicamente en hablar, sino en atreverse a mirar juntos aquello que durante demasiado tiempo preferimos no ver.
    Gracias por aportar esa mirada y por abrir ese espacio de reflexión.

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