Los sicarios que mataron al feriante del Chorrillo: un crimen a sueldo en Alcalá

La Policía Nacional ha esclarecido el crimen que conmocionó a Alcalá de Henares el pasado 13 de enero, cuando el feriante Jesús B. J. fue abatido a tiros a las puertas de su casa en el barrio del Chorrillo. Dos sicarios colombianos, contratados por 20.000 euros, ejecutaron la fría emboscada. Tras meses de investigación, cuatro hombres han sido detenidos y el caso se encuentra ya en sede judicial.

Foto del 112 Comunidad de Madrid. Enero 2025
  • La investigación del Grupo V de Homicidios concluye con cuatro detenidos, dos de ellos sicarios, por el asesinato encargado del feriante complutense.
Foto del 112 Comunidad de Madrid

La vida de Jesús B. J., feriante de Alcalá de Henares y vecino del barrio del Chorrillo, fue segada en la madrugada helada del 13 de enero de 2025 por seis disparos certeros. Tenía 50 años y arrastraba deudas, según la investigación policial. Su muerte no fue un accidente ni fruto de una reyerta improvisada: fue un ajuste de cuentas milimétricamente calculado y ejecutado con frialdad profesional.

El viernes 19 de septiembre la Policía Nacional confirmó lo que muchos intuían: aquel asesinato llevaba la firma del crimen organizado. Los sicarios colombianos que apretaron el gatillo cobraron 20.000 euros por convertir la entrada de la vivienda de Jesús en un escenario de sangre. Un encargo de muerte pagada que estremeció a la ciudad y dejó a su familia sumida en el desgarro.


Una ejecución con sello profesional

El Grupo V de Homicidios asumió la investigación desde el primer momento. El hallazgo de casquillos y la evidencia de que se había usado un arma provista de silenciador pusieron a los agentes sobre la pista de que no se trataba de una venganza improvisada, sino de un encargo con factura. El uso de este dispositivo, más propio de películas negras que de la delincuencia común, es extremadamente raro en España y revelaba la mano de profesionales.

Desde aquella mañana, los investigadores siguieron el rastro con paciencia y discreción. Supieron que buscaban a dos hombres que habían huido en un vehículo oscuro. Durante semanas, la única certeza era que Jesús había sido víctima de un ataque preparado con esmero. El coche de los asesinos apareció en febrero en una localidad de Guadalajara. Estaba abandonado, con las placas dobladas para evitar su rastreo, y en su maletero guardaba la prueba definitiva: la pistola con silenciador y su cargador, el arma que disparó las seis balas que acabaron con la vida del feriante.

La frialdad con la que los autores planearon cada paso revelaba un grupo entrenado. Robaron el coche en Madrid en julio de 2024, lo prepararon con placas falsas y lo reservaron para el crimen. Después lo dejaron a kilómetros de la escena, como un cascarón vacío, sabiendo que tarde o temprano los investigadores darían con él. Ese hallazgo marcó el inicio del desenlace.


El cerco se cierra en verano

Pasaron los meses y las pesquisas siguieron en silencio. A partir de los rastros encontrados en el vehículo, las huellas, las comunicaciones y las vigilancias, la Policía identificó a cuatro hombres: tres colombianos y un español, con edades entre 20 y 57 años. Entre ellos, dos pistoleros a sueldo curtidos en encargos de sangre, el conductor del coche y un cuarto implicado en labores de apoyo y encubrimiento.

Las detenciones se produjeron en agosto, en una operación desplegada entre Valencia, Madrid y Majadahonda. El 18 de agosto cayeron en la provincia de Valencia el conductor y un cómplice señalado como encubridor. El 19 fue arrestado en Madrid el cuarto integrante del grupo. Y el 21, tras un operativo especial, los agentes lograron capturar en Majadahonda al autor material de los disparos, el hombre que apretó el gatillo frente a la puerta del feriante complutense.

El juez decretó el ingreso inmediato en prisión provisional para los dos sicarios. Los otros dos quedaron en libertad vigilada, con la prohibición de abandonar el territorio nacional. Se enfrentan a cargos de homicidio y tenencia ilícita de armas, que probablemente se agraven a asesinato con la circunstancia de precio.


Un crimen que estremeció a la ciudad

El crimen estremeció a Alcalá de Henares desde el primer día. El barrio del Chorrillo, donde Jesús residía, se despertó el 13 de enero con el eco de seis disparos secos. Eran poco más de las ocho de la mañana cuando los vecinos encontraron al feriante abatido junto a su domicilio, sin tiempo de recibir auxilio. La escena heló la sangre en una ciudad acostumbrada a sucesos, pero no a ejecuciones al estilo mafioso.

La víctima, conocida en el ámbito ferial, arrastraba deudas que, según los investigadores, habrían precipitado su final. Lo que se convirtió en un ajuste de cuentas dejó tras de sí no solo el cuerpo de un hombre tendido sobre el asfalto, sino también el miedo de una comunidad que descubrió que, en su propia calle, la vida podía tasarse en 20.000 euros y un cargador vacío.

Con la resolución policial del caso, el barrio respira aliviado, pero la cicatriz queda. El asesinato de Jesús B. J. entra en la crónica negra de Alcalá como uno de los episodios más fríos y calculados de los últimos años.


Justicia y memoria

La Policía Nacional ha querido subrayar la complejidad de una investigación que se prolongó durante siete meses y que exigió coordinar a varias unidades. El hallazgo del arma homicida en el coche abandonado fue clave, pero también lo fueron la paciencia y la vigilancia discreta hasta dar con cada sospechoso.

Hoy, el caso está judicializado, los presuntos culpables bajo control y el arma incautada. Sin embargo, para la familia del feriante no habrá consuelo posible. Perdieron a un padre, a un vecino, a un hombre que, con sus problemas y deudas, formaba parte de la vida de Alcalá.

La noticia del desenlace devuelve cierto sosiego a una ciudad que miraba con inquietud un asesinato con sello de encargo. Pero la certeza de que en sus calles actuaron sicarios profesionales deja un poso de inquietud: la de saber que el crimen organizado no es solo un argumento de ficción, sino una amenaza que, por 20.000 euros, fue capaz de teñir de luto el corazón de Alcalá.

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