- La sátira taurina de la Peña Los Jardineros volvió a llenar de humor y tradición las Ferias complutenses.
- Crónica gráfica y video de Pedro Enrique Andarelli
La Peña de los Jardineros volvió a dar rienda suelta a la sátira taurina en una mañana de fiesta que, año tras año, se ha convertido en cita imprescindible del calendario ferial alcalaíno. El Jarditoros, heredero de aquella primera ocurrencia de 1990, transformó este pasado sábado las calles del centro en un escenario donde se cruzan la tradición, la ironía y el puro surrealismo popular. Lo que empezó siendo una broma entre peñistas, hoy es una liturgia esperada tanto como el desfile de peñas o los gigantes.
El ritual comenzó a media mañana en el local de la peña, donde entre bromas y cervezas se repartieron los papeles: toreros de todos los colores, picador con caballo de trapo, manolas de mantilla y abanico, barrenderos dispuestos a limpiar hasta el aire, policías encargados de desalojar al espontáneo y hasta enfermeras para una enfermería que nunca tiene heridos. Allí, mientras se ajustaban medias y monteras, también se afinaban los compases de la charanga Los Elegidos, que convertiría el desfile en pasacalle.
Pasadas las doce, frente al portalón del Corral de la Sinagoga, se entonaron los cánticos a Santa Rosa de Lima, patrona de los Jardineros. Una santa italiana que, según cuenta la tradición, prefirió morir antes que perder su virginidad y terminó convertida en rosa: símbolo que, desde el 23 de agosto, acompaña cada año a esta peña. La solemnidad de la invocación duró apenas unos segundos, lo que tardaron en irrumpir los “toros” de la ganadería de Santa Rosa de Lima —peñistas envueltos en cabezas de cartón y tela—, que emprendieron la carrera por la adoquinada calle Mayor entre terrazas, cañas y turistas sorprendidos.
La escena era puro Berlanga: corredores que apenas corrían, toros que embestían mesas de bar y espectadores que reían a carcajadas mientras grababan con el móvil. A su paso por la Plaza de Cervantes, pequeños y mayores se sumaban al juego esquivando reses imaginarias, con la certeza de que allí no habría cornada, pero sí risas aseguradas.
De convento a capilla taurina
El recorrido culminó en la Casa Consistorial, antiguo convento de Agonizantes, donde los toreros se detuvieron a encomendar su suerte a San Bernardo. La escena, más procesión que liturgia, se completaba con el paseíllo hasta la Capilla del Oidor, convertida por un día en coso taurino. Allí, bajo un sol implacable, se desató la verdadera parodia: alguaciles con voz impostada, presidente de la plaza agitando pañuelos de servilleta, vendedores de refrescos sin refresco y una enfermería sin enfermos.
La lidia, acompañada por los sones de la charanga, fue un ejercicio de teatro popular en el que se mezclaban muletazos de broma, banderillas de papel y capotazos de pega. El público, formado por cientos de alcalaínos y visitantes, jaleaba cada movimiento como si se tratara de la mismísima Feria de Abril, aunque aquí el único riesgo era tropezar con el bordillo. En mitad del espectáculo, una jardinera espontánea irrumpió en la arena improvisada, robándose la ovación general y recordando que, en este coso imposible, cualquiera puede ser protagonista.
Como cada año, el clímax llegó con la petición de indulto. El toro, rendido al sudor de quien lo portaba bajo el disfraz, fue indultado entre aplausos y abrazos. Nada de orejas ni rabo: lo que se lleva es un afectuoso gesto colectivo y la garantía de que ese mismo disfraz volverá a dar guerra el próximo agosto. La tradición se impone y el disparate se consagra.
Treinta años de un disparate con futuro
La Peña de los Jardineros recuerda con orgullo que su primer encierro se celebró en 1990, aunque no fue hasta el año 2000 cuando la cita comenzó a tener continuidad. En 2002 nació el Jarditoros como tal, con la Capilla del Oidor como plaza improvisada, y desde entonces el evento ha ido sumando adeptos. Hoy, los encierros son nocturnos, pero no se descarta recuperar también la versión matinal: “El público lo quiere y lo disfruta”, afirmaban desde la peña allá por los primeros años de esta inventiva, que finalmente devino en matinal.
Este sábado, además de la participación masiva de vecinos, no faltó representación institucional. Las concejalas socialistas Diana Díaz y Patricia Sánchez acompañaron el desfile desde su inicio, compartiendo con naturalidad una fiesta que no entiende de siglas políticas. Y es que el Jarditoros se ha convertido en un patrimonio intangible de la ciudad: una parodia que satiriza la tauromaquia mientras refuerza la identidad festiva de Alcalá.
El broche lo puso la gran foto de familia, con más de un centenar de jardineros y jardineras posando entre sonrisas, disfraces y cuernos de pega. Una imagen que resume lo esencial: el Jarditoros es comunidad, humor y memoria colectiva. Un festejo que, sin derramar una sola gota de sangre, logra unir a varias generaciones bajo el mismo grito surrealista: ¡olé, pero de mentira!





















