- Gambas, cerveza, música y buen humor volvieron a llenar Antolín en una tradición de Ferias compartida este año con Judith Piquet.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
Hay tradiciones de las Ferias de Alcalá que necesitan programa, escenario, focos y hasta megafonía. Y luego está la de chupar la gamba en la Cueva de Antolín, que solo necesita tres cosas: unas buenas gambas, una cerveza bien fría y ganas de encontrarse con gente.
El miércoles 26 de agosto volvimos a cumplir con el rito. A mediodía, cuando la calle Libreros empieza a convertirse en ese pequeño hervidero festivo que anuncia que Alcalá está de Ferias, nos acercamos hasta el quiosco que la Cueva de Antolín instala cada año frente a la iglesia de Santa María la Mayor.
Allí estaba todo en su sitio. Las mesas ocupadas, las bandejas entrando y saliendo, las cervezas frías, la música poniendo banda sonora al aperitivo y, naturalmente, las gambas presidiendo la función. Porque uno puede acercarse a Antolín y pedir mejillones, calamares, jamón o cualquier otra cosa de las que salen de su cocina, pero durante estos días la protagonista tiene bigotes, cáscara y un color rosado que entra por los ojos antes de llegar al paladar.
Las deliciosas gambas por su cercanía a la iglesia de Santa María parecen cocidas en agua bendita. La frase ya forma parte de nuestra particular liturgia del Chupa la gamba y, visto el entusiasmo con el que desaparecen las bandejas, tampoco parece que nadie esté dispuesto a discutir el milagro.
Este año, además, ALCALÁ HOY se encontró durante su visita con unos comensales conocidos: la alcaldesa de Alcalá de Henares, Judith Piquet, acompañada por su familia, disfrutando del aperitivo y de las Ferias como tantos otros alcalaínos. Sin discursos, atriles ni protocolo. En Antolín las jerarquías municipales duran exactamente lo que tarda en llegar una bandeja a la mesa. Después todos somos iguales ante la gamba.
Y alrededor, la Alcalá de siempre. Cristina y Pili fueron de las primeras en ponerse delante de nuestra cámara. Entre bocado y bocado llegó una declaración que podría incorporarse perfectamente al pregón gastronómico de las Ferias: «¡Que viva la ciudad de Alcalá y que viva la gamba de Antolín!». Pili tenía un pequeño problema para continuar la entrevista: la pillamos con la boca llena. Una dificultad perfectamente comprensible en semejante escenario.
Felipe fue todavía más lejos y elevó el crustáceo a categoría casi institucional. Invitó a todo el mundo a acercarse a Antolín porque, aseguró, la gamba «es el alma de la feria de Alcalá». Y puestos a repartir títulos, aquello terminó convertido en «Patrimonio de la Humanidad y de la gamba también». No consta todavía que la UNESCO haya abierto expediente al respecto, pero tampoco conviene dar ideas.
Un grupo de amigas confirmó después que esta cita no es cosa de una temporada ni una moda inventada para las redes sociales. «Es una tradición de muchísimos años, veníamos cuando éramos más jóvenes y ahora que somos menos jóvenes también», explicaban mientras las gambas seguían desapareciendo de la mesa. Esa es seguramente una de las mejores definiciones del Chupa la gamba: cambian los años, cambian las edades y hasta cambian las Ferias, pero hay mesas a las que uno siempre termina regresando.
Porque la Cueva de Antolín durante las fiestas tiene algo de punto de encuentro espontáneo. No hace falta quedar demasiado. Se llega, se busca un hueco y tarde o temprano aparece alguien conocido. Amigos, familias, peñistas, vecinos que llevaban meses sin verse y visitantes que descubren por primera vez este peculiar rito complutense. La gamba hace el resto.
También encontramos a Víctor, Lola, Emilio y Alba, aunque cuando llegó el momento de explicar ante la cámara qué estaban comiendo las gambas ya habían pasado a mejor vida y únicamente quedaban los restos del festín. Los mejillones tomaron entonces el relevo. «Riquísimos», sentenciaron.
Otros clientes lo tenían todavía más claro: gambas espectaculares y cerveza fresquita. No hace falta una crítica gastronómica de tres páginas cuando el verano aprieta, estamos en Ferias y delante hay una bandeja recién servida.
Mercedes y Adela, acompañadas de familiares y amigos, resumieron el carácter de este establecimiento con dos palabras: «Es mítica». Y probablemente ahí reside buena parte del secreto. La Cueva de Antolín es uno de esos establecimientos que han terminado incorporándose al paisaje sentimental de varias generaciones de alcalaínos. Durante el resto del año está ahí, en Libreros, pero cuando llegan las Ferias sale literalmente a la calle y se transforma.
La música ayuda. Las conversaciones se cruzan de una mesa a otra. Las bandejas van y vienen. Alguien levanta una cerveza. Otro reclama una nueva ración. Se escucha una carcajada. Y siempre hay unas manos ocupadas en esa sencilla operación que da nombre a todo: coger la gamba, pelarla y, por supuesto, comerla.
Al frente continúa José Luis Moreno, que volvió a atender a ALCALÁ HOY un año más y agradeció precisamente esa continuidad de quienes regresan cada Feria. Cuando le preguntamos por el producto estrella no hubo posibilidad de duda: «Siempre la gamba, siempre la gamba». Más difícil fue arrancarle una cifra






















