La última salida de Ayuso: “Está en venta, chao pescao”| Por Pedro Enrique Andarelli

Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY, analiza en esta tribuna la última salida de Isabel Díaz Ayuso para intentar dar por cerrado el polémico asunto del ático adquirido por Planifica Madrid: “Está en venta, chao pescao”. Una frase con gancho que, lejos de despejar las dudas, llega cuando siguen abiertas preguntas sobre la elección del inmueble, su uso como oficina, el coste de 6,3 millones y las explicaciones pendientes.

Isabel Díaz Ayuso, durante una visita San Martín de Valdeiglesias tras los incendios. (EFE)
  • Andarelli cuestiona que un simple “chao pescao” pueda cerrar las incógnitas sobre un ático público de 6,3 millones de euros.
Pedro Enrque Andarelli, Director de ALCALÁ HOY

Hay frases que nacen para durar un telediario y hay frases que se quedan pegadas al zapato como un chicle de los ochenta, de esos que te regalaban en el kiosco y que luego no había manera de despegar del suelo del recreo. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha elegido la segunda categoría. Lo dijo el lunes 24, junto al pantano de San Juan, después de que Alberto Núñez Feijóo, que no es precisamente un francotirador de occidente, soltara en una entrevista que Patrimonio tendría que explicar por qué se compró un local que no se puede destinar a oficina. Ella, con esa sonrisa de quien ha visto más series que expedientes, soltó el estribillo: no se puede estirar más este chicle; está en venta; chao pescao.

Chao pescao. Como si el asunto fuera un novio de discoteca al que se le dice adiós a las siete de la mañana, cuando ya no hay barra ni promesas. Como si seis millones trescientos mil euros de una empresa pública fueran un pez frito que se come y se olvida. Como si Feijóo, al volver de vacaciones, fuera un vecino cotilla y no el presidente de su propio partido. Y como si poner un ático a la venta bastara para convertir una compra opaca en un milagro de gestión.

El truco es viejo. En los ochenta, cuando la tele todavía olía a válvulas y a colonia barata, había un tipo de chiste que consistía en cambiar de canal cuando la pregunta se ponía fea. Ayuso ha hecho lo mismo, pero con rima. El problema es que el canal sigue emitiendo. El 26 de agosto, mientras ella insiste en que ya se ha dicho todo y que todo se puede demostrar, El País publica que Planifica Madrid —esa empresa pública que hasta julio era tan conocida como el portero de un edificio sin ascensor— encargó entre enero y marzo a una inmobiliaria de lujo de La Moraleja la búsqueda de un piso de entre 250 y 400 metros “y una gran terraza” en Chamberí o alrededores. No un local de oficinas. No un módulo prefabricado. No un piso funcional con fotocopiadora y cafetera de tubo. Una gran terraza. En el barrio donde la presidenta se crió y donde vive su madre. Frente a casa de mamá, para más señas.

Si eso es un pliego de condiciones para un despacho provisional, yo soy el duque de Alba y me llamo Pedro. Las oficinas, que se sepa, no precisan de 199 metros de terraza para inspirar decretos. Las oficinas no se buscan en Promora, que vende mansiones, no archivadores. Las oficinas no descartan un piso de 350 metros en Pintor Rosales por cuatro millones para quedarse con otro de 485 metros por 6,3. Eso no es patrimonio; eso es catálogo. Y el catálogo, cuando se paga con dinero de todos, merece algo más que un eslogan de playa.

Feijóo, que en esto ha hecho de gallego de manual, ni sí ni no, sino todo lo contrario, contó que el 8 de abril, en una reunión informal en Sol, le hablaron de obras en la Real Casa de Correos por cañerías, aire acondicionado y conservación, y de que se buscaba un sitio para el despacho de la presidenta y seis, siete u ocho puestos de gabinete. Seis días después, el 14 de abril, se firma la compra. Génova, al día siguiente de la frase de Ayuso, se apresuró a rebajar: a Feijóo le hablaron de obras y de un traslado temporal, no de un ático de lujo. Es decir: el jefe sabía que se buscaba sitio, pero no que el sitio iba a tener cine en casa, vestidor y terraza de aeropuerto. Qué conveniente. Como aquellos partes meteorológicos de antaño: “habrá nubes, pero no se preocupe usted, que el chaparrón caerá en otra provincia”.

Ayuso evitó el choque. No le contestó a Feijóo; le contestó al verano. Dijo que si se pregunta a cada político que vuelve de vacaciones, cada uno da un titular y el chicle llega hasta junio. Tiene razón en una cosa: el titular se lo ha dado ella. “Chao pescao” ya es camiseta, meme y epitafio preventivo. La oposición no ha tardado: te han pescao, Isabel; llega el juez y el pescao sigue ahí; a lo mejor es que te han pillao, bacalao. Hasta Óscar Puente, que no suele quedarse corto, ha usado la misma rima para devolver el saque. Cuando una frase te la copian los adversarios, no has cerrado el tema: has abierto la feria.

El rigor, que no es enemigo de la retranca, obliga a enumerar lo que sigue sin cuadrar. La compra no se anunció. No estaba desglosada con claridad en el presupuesto de Planifica Madrid. El inmueble es residencial y la normativa municipal no permite convertir en oficina pública un noveno piso de un edificio de viviendas. El primer documento conocido de las obras en Sol es de junio, dos meses después de la escritura. El proyecto de interiorismo se adjudicó sin concurso por casi 60.000 euros, con el argumento de una actuación artística singular, mientras Feijóo habla de tuberías. Se firmó un acuerdo de confidencialidad con la inmobiliaria. La comisión del intermediario, según se ha publicado, rondó los 189.000 euros a cargo del vendedor. Y cuando El País destapó la operación a finales de julio, en 24 horas el relato mutó: ya no era despacho temporal; era un activo a vender para reconstruir la Sierra Oeste tras los incendios.

Vender el pez después de comprarlo no lo convierte en sardina de la lonja. El precio de salida es 6,69 millones: casi 400.000 más de lo pagado. Junto al ático se sacan al mercado inmuebles de Gran Vía —en la práctica, un conjunto que ya se intentó vender el año pasado y quedó desierto— por unos 11,8 millones. El relato dice que esos 20 millones irán a la sierra quemada. El detalle, menos televisivo, es que el dinero entra en Planifica Madrid, que tiene personalidad jurídica propia, y pasarlo a las arcas autonómicas exige operaciones societarias. No es un grifo que se abre. Es un laberinto de dividendos. Mientras tanto, Planifica ha rechazado facilitar el expediente de la compra a una diputada socialista por burofax, diciendo que la petición debe ir por la Asamblea, donde el PP tiene mayoría en la Mesa. Transparencia de manual: la carpeta está, pero la llave la tiene el portero.

Miguel Ángel García, consejero de Presidencia y presidente del consejo de Planifica, ha anunciado que comparecerá en la Asamblea “a petición propia”. Bienvenido sea. Mejor tarde que nunca, que decía el abuelo cuando el autobús ya había pasado. Porque la pregunta no es si el ático está en venta. La pregunta es por qué se compró un piso que no podía ser oficina para usarlo de oficina, por qué se buscó con ficha de vivienda de alto standing, por qué se calló la operación hasta que un periódico la puso en portada, y por qué la presidenta, que dice no tener la menor idea de las operaciones de su empresa pública, habla ahora como si el expediente le cupiera en el bolso.

Hay quien sostiene que esto es envidia, o “azuzar y enredar”, o un intento de hilar el ático con una vivienda personal. Ayuso lo niega con vehemencia: no hay ninguna vivienda. Casualidades del calendario: se pone a la venta el piso que compartía con Alberto González Amador y ella se instala en una urbanización de Puerta de Hierro. Casualidades de plano: el ático público queda frente a la casa de su madre. Casualidades de encargo: “gran terraza”. En política, las casualidades en serie suelen llamarse patrón. Y el patrón, cuando se paga con impuestos, no se despacha con una rima de merendero.

No hace falta atribuir delitos que los jueces, si procede, tendrán que ver. Basta con el sentido común, ese bien tan escaso como el agua en agosto. Una administración seria no compra a ciegas un ático de 485 metros para ocho personas durante una reforma que aún no tenía proyecto. Una administración seria no encarga la búsqueda a una inmobiliaria de La Moraleja con el lenguaje de un anuncio de revista glossy. Una administración seria no convierte la venta exprés en prueba de inocencia. Vender lo que no se debió comprar no es virtud; es reconocimiento implícito de que el traje no vestía. Como el cuento de Andersen, pero con terraza.

Feijóo, que midió las palabras con regla de arquitecto, ha dejado a Patrimonio, o a Planifica, según el día. la faena sucia. Génova admite daño reputacional a la marca y, al mismo tiempo, declara “razonables” las explicaciones de Madrid. Es el viejo número del equilibrista: no sueltes a la baronesa, pero tampoco te subas al ático. Ayuso, por su parte, trata a su presidente como un político más que vuelve de vacaciones. El mensaje interno es cristalino: el chicle lo estiro yo. Quien haya vivido el PP de Madrid sabe que esa frase no es un chiste; es un organigrama.

En Alcalá, donde el ladrillo también tiene memoria, esto se entiende sin subtítulos. Aquí sabemos lo que es un piso y lo que es una oficina. Sabemos lo que cuesta un metro y lo que duele un incendio. Sabemos, sobre todo, que cuando un cargo público dice “ya está, chao” suele ser porque el expediente no se deja querer. Los años ochenta nos dejaron otra enseñanza, más prosaica: el que la hace, la paga, aunque la pague con retraso y con rima. No siempre en el juzgado. A veces en las urnas. A veces en la hemeroteca, que es un juzgado con mejor memoria.

Ayuso tiene un talento indiscutible para convertir un problema en eslogan. Le funcionó lo de la fruta. Le puede funcionar lo del pescao entre los suyos, que perdonan el desplante si el enemigo es Sánchez. Pero un eslogan no sustituye un contrato, ni un uso urbanístico, ni un consejo de administración, ni una comisión, ni una terraza de 200 metros pedida por escrito antes de inventar la oficina. El pescao, por mucho que se despida, sigue en la nevera. Y la nevera, a estas alturas de agosto, ya no es de campaña: es de gestión.

Se puede reír uno. Faltaría más. La política española, si no se ríe, se pudre. Se puede recordar a Chiquito, a Belén Esteban y su “hasta luego, Mari Carmen”, al “me piro, vampiro”, al “la cagaste, Burt Lancaster”. Se puede decir que Feijóo ha hecho de Paco Martínez Soria: ha llegado al pueblo, ha visto la casa y ha murmurado que aquello no era para el ganado. Se puede hasta conceder que poner el piso a la venta es menos grave que quedárselo. Todo eso cabe en una tribuna. Lo que no cabe es fingir que 6,3 millones, un encargo de gran terraza, un silencio de tres meses y una rima de despedida equivalen a “se sabe absolutamente todo”.

No se sabe quién decidió exactamente el inmueble. No se sabe por qué se descartó uno más barato. No se sabe por qué se eligió una agencia que no vende oficinas. No se sabe cómo se compatibiliza el uso residencial con el cuento del despacho. No se sabe, con números claros, cómo el hipotético beneficio de la venta llegará a los quemados de la sierra y no se quedará dando vueltas en el balance de Planifica. No se sabe por qué el expediente no se entrega con la misma alegría con que se entrega un titular. Y no se sabe —esto ya es de hemeroteca doméstica— cómo una presidenta que gobierna a golpe de frase hecha no encontró otra, entre enero y abril, que no fuera “busca un piso bonito con terraza”.

Chao pescao, dijo. Lo dijo tras Feijóo. Lo dijo para que el verano se acabara. El verano, sin embargo, tiene la costumbre de terminar en septiembre, cuando vuelven las Cortes, la Asamblea y los periodistas que no se van de vacaciones del todo. Entonces el chicle, que ella da por estirado, volverá a saborearse. Y ya se sabe lo que pasa con el chicle viejo: pierde el gusto, se pone negro y, si uno no mira al suelo, se queda pegado para siempre.

Que venda el ático, si puede. Que comparezca García. Que Génova mida el daño a la marca. Que la oposición no convierta cada metro de terraza en un mitin. Y que la presidenta, si tanto se puede demostrar, demuestre de una vez el único dato que importa: no que el piso está en el escaparate, sino por qué salió del bolsillo público con ficha de palacio y justificación de taquilla. Hasta entonces, el pescao no se ha ido. Solo ha aprendido a decir adiós.

¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a nuestro canal de telegram @alcalahoy para estar al tanto de nuestras noticias.

Comentar

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.