«Algo está roto en la Casa del Pueblo»

El militante socialista Gabriel García Jimenez firma esta carta de los lectores en la que cuestiona el cierre prolongado de la Casa del Pueblo del PSOE de Alcalá de Henares y reclama recuperar la participación democrática de la militancia. Con un tono crítico, irónico y profundamente político, el texto denuncia el deterioro del debate interno, la falta de comunicación de la gestora y el simbolismo de una sede cerrada “hasta nuevo aviso” en pleno conflicto orgánico del socialismo complutense.

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas
  • Gabriel García Jimenez denuncia el cierre prolongado de la Casa del Pueblo y reclama primarias, participación militante y normalidad democrática en Alcalá.

Hay decisiones políticas que se miden por sus consecuencias. Y luego están las decisiones que se miden por el símbolo que representan. Cerrar una Casa del Pueblo no es simplemente bajar una persiana; es apagar una luz colectiva. Es enviar un mensaje devastador a la militancia y a la ciudadanía: “aquí ya no se viene a participar, aquí solo se viene cuando alguien desde arriba lo autoriza”.

Eso es exactamente lo que transmite el cierre unilateral de la sede del PSOE de Alcalá de Henares. Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta creer el relato oficial de la famosa “avería”. Porque estamos a 7 de mayo y aquella incidencia comunicada el 21 de abril a las 17:57h empieza a parecer menos un problema técnico y más una excusa política con fontanería de por medio.

La coincidencia, además, resulta casi literaria. Justo el día 22 había convocada una reunión de militantes para debatir en la sede. Y apenas unas horas antes llega un correo electrónico anunciando el cierre “hasta nuevo aviso”. Como si el destino hubiera decidido que una avería hidráulica poseyera una precisión quirúrgica digna de inteligencia artificial distópica. No cualquier día, no cualquier hora, sino exactamente antes de una reunión incómoda para quienes parecen temer más el debate que el silencio.

El correo, además, no se limitaba a informar de la supuesta incidencia. Lo verdaderamente revelador era el tono político escondido detrás de la excusa técnica:

“Estimados compañeros y compañeras: Os informamos de que, debido a una avería, la sede permanecerá cerrada hasta nuevo aviso. Por otro lado, trasladamos que la Comisión Gestora es el órgano legitimado para la convocatoria de reuniones de la militancia, por tanto, éstas se celebrarán cuando así lo acuerden los miembros de dicha Gestora.”

Y ahí está el verdadero núcleo del problema. Porque la avería no era la tubería. La avería era democrática.

Resulta inquietante que una gestora considere necesario recordar a la militancia que solo ella puede decidir cuándo pueden reunirse, debatir o conversar. Como si la participación política fuese una concesión administrativa y no un derecho esencial de cualquier organización que se reclame socialista y democrática. Como si los militantes fueran menores de edad políticos que necesitan permiso para hablar entre ellos. Como si pensar colectivamente fuera un privilegio y no el corazón mismo de la tradición socialista.

La ironía es brutal. Un partido que nació precisamente para organizar a trabajadores, generar conciencia colectiva y abrir espacios de debate termina colocando un cierre físico y político a su propia Casa del Pueblo. La misma expresión “Casa del Pueblo” debería bastar para comprender el disparate. No se llama “despacho de la gestora”. Se llama Casa del Pueblo porque pertenece moralmente a quienes la llenan de vida, es decir, la militancia, los vecinos, las conversaciones, los debates, las discrepancias y los abrazos después de una campaña dura.

¿Qué se encuentra ahora un vecino que quiera afiliarse al PSOE? Un cierre echado.

¿Qué encuentra quien quiere acercarse a preguntar por un problema de su barrio, por una actividad o simplemente por curiosidad política? Una puerta cerrada.

¿Qué encuentra el militante veterano que lleva décadas dejando horas de su vida en esas siglas y quiere compartir un café o una conversación con otros compañeros? Silencio.

Es una imagen devastadora. La Casa del Pueblo convertida en un local fantasma. Como esos edificios abandonados de las novelas de ciencia ficción donde una civilización desaparecida dejó las luces apagadas y los pasillos vacíos. Solo falta un cartel parpadeando que diga: “Participación fuera de servicio”.

Y todo ello por una avería que empieza a adquirir dimensiones mitológicas. Porque conviene recordar algo casi cómico dentro de lo absurdo. Estamos hablando, según relato oficial, de un WC que pierde algo de agua. Nada más. A este ritmo, uno empieza a imaginar que no era un retrete sino el reactor principal de una nave espacial. Porque cuesta entender cómo una incidencia así justifica semanas enteras de cierre absoluto de toda una sede política.

Mucho está durando la avería. Tanto, que uno teme que en lugar de un fontanero hayan llamado a arqueólogos, ingenieros de la NASA o especialistas en contención nuclear. Quizá estén esperando a que la ONU declare el váter patrimonio en emergencia internacional. O tal vez el agua que cae tenga propiedades desconocidas capaces de colapsar la estructura del edificio y alterar el continuo espacio-tiempo. Porque, sinceramente, pocas explicaciones quedan ya para sostener una situación tan grotesca.

Pero detrás de la ironía hay una tristeza profunda. Porque el PSOE no es esto. No puede ser esto.

El PSOE no son puertas cerradas ni militantes tratados como sospechosos por querer hablar entre ellos. No son correos impersonales enviados para enfriar la participación colectiva. No es una gestora que parece entender el debate interno como una amenaza en lugar de como una necesidad democrática.

Y los propios estatutos del partido lo dejan claro al insistir en la importancia de la participación de la militancia en el debate colectivo. La palabra clave es precisamente esa, la participación. No obediencia ciega. No silencio administrativo. No esperar instrucciones como si la política fuese un cuartel burocrático.

Porque lo que pide la militancia alcalaína no es una revolución ni una purga. No está reclamando privilegios ni imposiciones. Está pidiendo algo mucho más razonable y profundamente democrático, recuperar la normalidad política en Alcalá de Henares. Recuperar una organización viva, abierta y participativa. Recuperar el derecho de los militantes a decidir el rumbo de su agrupación.

La militancia quiere votar. Quiere debatir. Quiere elegir libremente a su nueva dirección política. Quiere un proceso limpio de primarias para decidir quién debe encabezar el proyecto socialista en las próximas elecciones municipales. Quiere que las decisiones vuelvan a surgir desde abajo y no desde despachos cerrados donde el silencio pesa más que la palabra.

Y esa aspiración no debería asustar a nadie. Al contrario, debería ser celebrada como una prueba de vitalidad democrática. Porque un partido donde la militancia quiere participar sigue estando vivo. El verdadero peligro no es el debate, es la resignación. El día que los militantes dejan de querer hablar, organizarse y decidir, ese día empieza la muerte lenta de cualquier proyecto político.

Lo más doloroso es el abandono evidente hacia la la militancia alcalaína. Cuatro correos en dos meses y medio. Cuatro. Como si miles de horas de compromiso político pudieran gestionarse con el mismo entusiasmo con el que se envía una factura automática. La sensación no es solo de desconexión, es de desprecio emocional hacia quienes sostienen las siglas cuando no hay cámaras ni cargos que repartir.

Porque al final, la militancia solo está pidiendo algo extraordinariamente sencillo. Voz, participación y normalidad democrática. Poder debatir. Poder reunirse. Poder elegir. Poder sentirse parte viva del proyecto. Nada más.

Y quizá esa sea la mayor contradicción de todas. Quienes más hablan de unidad son precisamente quienes han terminado vaciando de vida la casa común. Han confundido el control con el liderazgo y el silencio con la estabilidad. Pero una organización no se fortalece apagando voces, se fortalece escuchándolas.

Cerrar una Casa del Pueblo nunca es solo cerrar una puerta. Es intentar cerrar una conversación colectiva. Y la historia del socialismo siempre ha demostrado que las ideas encuentran la manera de seguir hablando, incluso cuando algunos intentan bajar la persiana.

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