Gonzalo Celorio Blasco | Por Pilar Blasco

La licenciada en Literatura Española Pilar Blasco firma una tribuna en la que se acerca con mirada personal y reflexiva a la figura de Gonzalo Celorio, reciente Premio Cervantes. Desde el descubrimiento tardío de su obra hasta la emoción de su discurso en el Paraninfo, la autora traza un recorrido íntimo por la potencia de la palabra y la capacidad de la literatura para transformar lo cotidiano en universo narrativo.

Foto Casa Real
  • Una reflexión literaria sobre Celorio, el Premio Cervantes y la fuerza transformadora de la palabra desde una experiencia lectora personal.

La verdad es que su nombre apenas me sonaba lejanamente. Me ha sorprendido, por sus referencias, que corresponda a una época -70-90- en la que fueron tantos y tan conocidos, que entonces no estuviera en la nómina del boom, o yo no me enterara. Sin embargo, como en otras generaciones artísticas, algunos quedan en la sombra, en la penumbra de la fama. Hasta que un premio los rescata y los descubre y los estrena para la inmensa mayoría, para el público que no los conocía, como yo, el que los ve en las pantallas en medio del brillante boato de la ocasión, realeza, autoridades civiles, universitarias, etc. Para casi siempre olvidarlos con el escándalo semanal en la misma siguiente pantalla.

El Cervantes tiene, entre otras virtudes la de sacar a la luz esos escritores relegados por la pujanza de nombres y editoriales poderosos en su momento, que anegados en la abundancia de una generación prolífica y portentosa, la suya lo fue, quedan en la modestia de sus escritorios, en sus trabajos académicos, en sus tareas gestoras de cultura o en sus dominios privados sin pretensiones. Creo que ha sido el caso de este mejicano, tocayo mío de apellido materno, como buen hispano, heredero de nuestras leyes y costumbres para bien y para mal. Ignoro si este premio ha sido diseñado en desagravio a los quinientos años de civilización y cultura españolas. Sería una afrenta política para Celorio y para la literatura. Mejor no confirmarlo.

El caso es que mi amiga Aurora Giralde, presidente de Democráticas, me invitó a una conferencia sobre el personaje, del que, como digo, no tenía idea. A pesar de la desgana expositiva del ponente, la charla me despertó la curiosidad y quizá la añoranza del pasado. Esa misma tarde, con la inmediatez de Kindle, comencé a leer parte de su obra. De la que sospecho es uno de esos universos narrativos que atrapan y del que no se sale hasta completar el círculo, una de las obras río que confluyen en la corriente principal que a su vez es una y varias a la vez. Sospecho.

En su magnífico discurso desde el estrado del bello paraninfo de nuestra Universidad, desgranó la temática y la esencia de su narrativa. Su vida personal, la de su familia y su entorno, profesional, literario y vital. A priori es una materia trivial, cotidiana, costumbrista y realista. Sino que él mismo explicó cómo sus personas familiares crecen, se agrandan, se multiplican y complican, trascienden hasta llegar a la categoría de personajes con vidas propias capaces de acciones más allá de sus mundos cotidianos. Y eso lo narró Gonzalo Celorio, con emoción contenida, desde que, ante la figura sedente y ausente de su padre, voluntariamente y pasivamente anciano -fue el penúltimo de doce hermanos- y la energía y natural materna (mi papá, mi mamá), pasando por su niñez y juventud, su vida profesional, sus éxitos y fracasos, adicciones confesas, veleidades políticas compartidas, sentimientos y emociones.

Todo envuelto en sentido del humor iconoclasta, autosatírico, irreverente contra sí mismo y su mundo al que en el fondo ama sincera y entrañablemente, del que respira y es su confesada razón de ser. La familia, las familias, la universidad, el mundo académico y literario, el de sus viajes, el de Méjico principalmente. Todo confluye en el epicentro de la plaza del Zócalo, su arquitectura -gran amante de la belleza arquitectónica de las ciudades- en el Barroco colonial, en la poesía criolla de Sor Juana Inés y otros poetas olvidados, de los clásicos españoles que su yo personaje recita en sus elucubraciones etílicas y sobrias. El universo literario que transmite a sus alumnos a los que conoce, a los que ama y apadrina personal y culturalmente.

En su discurso pausado, sencillo y solemne, con voz cálidamente lastimada por un antiguo cáncer y seguramente por la edad, agradeció las palabras de su padre cuando se niño vislumbraba su talento: -hijito, tú llegarás. Y su respuesta retrospectiva, a la edad hoy mayor que la de su padre –Hoy he llegado. Y descubrió el secreto de su facultad y sus habilidades narrativas, porqué ha llegado a convertir en gran literatura la materia trivial y cotidiana de su vida, tan parecida a muchas vidas. Por la palabra.

“Por eso cuando me preguntan cuál es mi palabra preferida entre todas, de la lengua española, invariablemente contesto: la palabra palabra” *
*Trasnscripción esencial aunque inexacta, basada en el recuerdo del colofón de su discurso

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