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Bardón analiza el mercado editorial, la precariedad literaria y el impacto creciente de inteligencia artificial sobre creación y futuro libros.
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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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Estoy en la Feria del Libro de Barcelona, con una rumia creciente en mi cabeza. Alrededor, Sant Jordi en estado puro: rosas, aglomeraciones y una hilera de casetas que convierte el paseo de Gracia en un efímero mercadillo literario. Un pop-up store, que le llaman ahora.
Voy a empezar el turno de firma. A mi lado está Gori, el dueño de la editorial en la que publiqué mi última novela. Su charla ligera y su sonrisa de domingo esconden la procesión que va por dentro. Hijo de una conocida agente literaria, mamó el negocio editorial y sabe lo decisivo que es Sant Jordi para cuadrar el balance. Solamente hoy se venden dos millones de libros en Cataluña; un cuarto de las ventas de todo el año.
Como mucha otra gente en el sector, Gori sobrevive en el menudeo de la novela negra de autor, mientras sueña, como el personaje de Steinbeck, con encontrar una perla. La perla. «Comprar papeletas», lo llama. Nunca se sabe, argumenta, detrás de qué título puede estar el bestseller que venda cincuenta, cien mil ejemplares, una adaptación, una serie. El salto.
La cultura del pelotazo, pienso para mí, en ese pensar mío tan cáustico y con un punto de soberbia. «Algún día sonará la flauta», le digo, que es lo mismo, pero con más tacto.
Gori no cree en el romanticismo editorial, cree en la fórmula del buen hacer y la suerte. Como Celaya, se considera un obrero de las letras, que trabaja la literatura en sus aceros. Así funciona este negocio, me dice, golpe a golpe, libro a libro. Con su olfato por montera, cada título es una nueva apuesta: a veces por el estilo, a veces por la trama, a veces por el tema. No siempre publica algo de calidad, porque no siempre que publica algo de calidad vende.
¿Lo habitual? Tiradas de quinientos, mil ejemplares; dos mil es ya prácticamente un éxito. Los libros nacen con fecha de caducidad menguante: tres meses, dos meses, un mes. Lo que dure la gasolina promocional del autor y el escaparate de las redes sociales. Y poco más. Literatura de prêt-à-porter.
De los noventa mil títulos que se publican cada año en nuestro país, solo unas pocas decenas superan los diez mil ejemplares, y aquellos que lo hacen suelen pertenecer a los grandes grupos editoriales, cada vez menos, cada vez más concentrados, cada vez más poderosos. Ellos negocian el espacio en las estanterías, el número de cantos, la mesa de novedades, los racks, los escaparates.
Con la experiencia que adquirí en el mundo empresarial —trabajé quince años en varias multinacionales—, puedo afirmar que el mercado de los libros se parece cada día más al del gran consumo: una lucha encarnizada por el posicionamiento, la promoción, los facings, el planograma. El reino del trade marketing.
Mención aparte merecen los actores periféricos. Los premios que nadie se cree, los influencers que, previo paso por caja, hablan maravillas de tu libro, los agentes con su cartera llena de manuscritos, las editoriales «de vanidad», en las que es el propio autor el que compra la tirada, la autopublicación, las memorias de los eméritos de turno, los clubes de lectura donde no se pasa del último best seller, Amazon…
Y, ante este panorama, ¿queda espacio para la literatura?
Queda, y mucho, más de lo que parece. Porque cada vez se escribe más, y yo diría que mejor. Aunque siga existiendo gente fascinada por el mito del genio, lo cierto es que la escritura no es un don divino, sino una habilidad que se aprende, se entrena, se perfecciona. Y, como sucede en tantos otros campos, hoy se cuenta con métodos de entrenamiento cada vez más eficaces.
Hay buenos escritores (y escritoras) en las editoriales grandes, en las pequeñas y en los márgenes. No faltan autores, ni obras. Lo que falta es tiempo y reposo. La literatura corre el riesgo de ser otra víctima de esta obsesión productiva, inmediata, de usar y tirar. La mayor parte de libros ni siquiera fracasa, simplemente pasa. Sin pena, sin gloria, sin rastro.
En esta huida hacia adelante, en la que ya descansaremos cuando hayamos muerto, cabe preguntarse hacia dónde vamos, cuál es el futuro de la literatura. Para responder a esa pregunta de manera honesta, hay que hablar del elefante en la habitación: la inteligencia artificial. Si hace apenas tres años, sus textos eran torpes, previsibles, a menudo ridículos, ahora rozan un nivel que se acerca peligrosamente al test de Turing. Lo que un autor experimentado tarda meses o años en escribir, una máquina lo hará en minutos y a un coste ínfimo. ¿Alguien duda de que el mercado y los mercaderes tratarán de aprovechar ese filón?
No creo en absoluto que sea ciencia ficción pensar en una literatura hecha por máquinas. Quizá el futuro nos reserve, simplemente, el papel de lectores. En internet circula un meme que lo resume bien: «creía que los robots iban a hacer la colada, para yo poder pintar y escribir, y al final resulta que acabaron pintando y escribiendo para que yo hiciera la colada».

















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