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Bombartaker llenó O’Donnell de música, barrio y solidaridad, combinando actividades familiares y conciertos en una jornada festiva con causa social.
- Crónica gráfica de Ricardo Espinosa Ibeas y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
El Parque O’Donnell volvió a demostrar este sábado que, cuando se mezclan música, barrio y solidaridad, Alcalá responde. Y responde bien. Desde media mañana, con ese ambiente de verbena alternativa que huele, a parrilla y a camiseta de grupo, el Bombartaker fue calentando motores hasta convertirse por la tarde en lo que realmente es: una pequeña locura colectiva perfectamente organizada donde todo el mundo encuentra su sitio, aunque no sepa muy bien cuál es. Porque eso es Bombartaker: un festival en el que cada cual va “a su bola”, pero todos acaban en la misma frecuencia. Un parque que despierta con olor a barrio.
La mañana arrancó con ese ritmo pausado de las cosas que se hacen sin prisa pero con intención. Familias con peques, cuadrillas madrugadoras y curiosos de domingo adelantado se fueron dejando caer por un O’Donnell transformado en un pequeño ecosistema festivo. Decenas de casetas salpicaban el parque: artesanía, chuches, productos para mascotas, iniciativas solidarias, castillos hinchables… un mosaico de propuestas que convertían el paseo en una especie de mercadillo emocional.
No era solo comprar o mirar: era quedarse. Charlar. Reconocerse.
El acceso matinal mediante donativo voluntario, con una aportación orientativa de 5 euros, ayudaba a que nadie se quedara fuera, reforzando ese espíritu de comunidad que define al festival desde sus orígenes.
Porque aquí no se viene solo a consumir música: se viene a formar parte de algo. Y ese algo tiene nombre y apellidos. En esta edición, los beneficios se destinan al Colectivo de Acción para el Juego y la Educación (CAJE) y a la Asociación de Prevención y Atención de Afectadas de Cáncer de Mama (APACAMA), consolidando una trayectoria solidaria que ya roza los 40.000 euros recaudados en sus distintas ediciones .
Entre actividad y actividad, clases de bachata, juegos populares y propuestas para todas las edades iban marcando el pulso de una mañana que, sin hacer ruido, ya estaba construyendo algo importante: la sensación de que el día prometía. Y vaya si cumplió.
Tarde de guitarras, saltos, cervezas y papeo parrillero
A partir de las cuatro, aunque algunos dirán que empezó antes, en cuanto alguien abrió la primera cerveza, el festival dio el salto. Literalmente. Los instrumentos comenzaron a sonar, las camisetas negras se multiplicaron y el césped del parque dejó de ser solo césped para convertirse en pista de baile improvisada. Aquí ya no había dudas: Bombartaker había arrancado de verdad.
Sobre el escenario, una alineación que mezclaba lo local y lo emergente con descaro: Mejunje, Agua Rata, Vagos Permanentes, Petersellers, Galletazo y Me Fritos and The Gimme Cheetos. Nombres que, más allá de etiquetas, cumplen con lo esencial: hacer que la gente se mueva. Y lo consiguieron.
El ambiente era el de las grandes citas sin pretensiones: colegas que se reencuentran, grupos que descubres por casualidad y te llevas puestos para siempre, gente que no para de saltar como si el lunes no existiera. Bocadillos de panceta en una mano, cerveza en la otra y esa sensación tan difícil de explicar pero tan fácil de reconocer: esto está funcionando. Y es que Bombartaker tiene algo que no se compra: autenticidad. No hay postureo, no hay artificio. Hay ganas. Muchas ganas.
Los organizadores, las peñas El Juglar y Los Sepultureros, lo saben bien. Lo han visto crecer año a año hasta convertirlo en una cita fija del calendario complutense. Y no lo han hecho solos: otras peñas y colectivos se han ido sumando, creando una red que sostiene el festival desde abajo, desde el tejido real de la ciudad.
Enrique Nogués: doce años de festival y una idea clara
En medio de ese ir y venir constante, entre cables, escenarios y saludos, encontramos a Enrique Nogués. Concejal socialista, sí, pero aquí, sobre todo, juglar. De los de verdad. De los que estuvieron al principio.
“Es un festival ya reconocible en el calendario de Alcalá”, explica mientras mira de reojo lo que ocurre alrededor, como quien no quiere perderse nada de lo que ha ayudado a construir. Y no es para menos: Bombartaker cumple ya doce años. Doce.
Nogués recuerda los inicios con esa mezcla de orgullo y cansancio acumulado que tienen las cosas bien hechas: “Cuando yo era presidente de la peña buscamos nuevas formas de colaborar con la ciudad… y empezamos esto trabajando muy duro”. Hoy, aquella idea se ha convertido en una maquinaria solidaria que no ha dejado de crecer, sumando peñas, bandas y vecinos edición tras edición .
Pero más allá de cifras o trayectorias, hay una idea que se repite en su discurso y que resume perfectamente lo que se respira en el parque: “Lo que buscamos es que la gente venga a pasar un día en familia, con amigos, lo pase bien y además colabore con una buena iniciativa” . Y eso es exactamente lo que ocurre.
Mucho más que música: una forma de ciudad
Cuando cae la tarde y el parque empieza a oscurecer, Bombartaker alcanza su punto más interesante. No es cuando suena la última canción, aunque también, sino cuando uno se da cuenta de que ha pasado el día casi sin darse cuenta. Que ha hablado con gente que no conocía. Que ha visto a críos correteando mientras sus padres bailaban. Que ha descubierto un grupo nuevo. Que ha colaborado, aunque sea con una entrada o una camiseta. Ese es el truco. O la magia.
Porque Bombartaker no es solo un festival. Es una excusa. Una excusa para salir a la calle, para encontrarse, para recordar que la ciudad también se construye así: con pequeños gestos colectivos que, sumados, generan algo mucho más grande. En un tiempo en el que todo parece fragmentado, hiperindividualizado y medido al milímetro, este tipo de eventos reivindican justo lo contrario: el valor de lo comunitario, de lo imperfecto, de lo espontáneo.
Lo decía la propia nota de prensa: “el festival vuelve a reivindicar la fuerza de lo comunitario: cultura, ocio y solidaridad compartiendo el mismo espacio” . Y no es una frase hecha. Es una descripción bastante precisa de lo que ocurrió este sábado en el O’Donnell. Una explosión de vida (y de alivio). Si hubiera que definir Bombartaker en una sola imagen, quizá no sería la del escenario ni la del público. Sería la de alguien saltando sin demasiado estilo pero con muchas ganas. Esa forma de moverse que no responde a ninguna coreografía, pero sí a una necesidad: liberar.
Porque, al final, eso es lo que pasó: una explosión colectiva de energía donde cada cual encontró su manera de participar. Algunos cantando, otros bailando, otros simplemente mirando con una sonrisa. Todos sumando. Y mientras tanto, casi sin hacer ruido, la solidaridad seguía ahí, funcionando de fondo, como el bajo de una canción que no siempre se escucha pero que sostiene todo lo demás.
El 18 de abril, Alcalá no solo acogió un festival. Salió a la calle. Y lo hizo por una buena causa. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.






















