La inauguración, con la alcaldesa Judith Piquet al frente y el acompañamiento del concejal de Cultura, Santiago Alonso, tuvo ese aire de cita consolidada que no necesita demostrarse. Música en directo a cargo de Spirits Jazz Band, ambiente festivo y un dato que resume la ambición de esta edición: cerca de 80.000 visitantes previstos. Alcalá no improvisa cuando se trata de libros; los celebra con la naturalidad de quien sabe que forma parte de su identidad.
Un escaparate literario con nombres propios
Si algo define esta edición es la ambición de su cartel. No se trata solo de vender libros, que también, sino de provocar encuentros, de generar conversación en torno a las ideas. María Dueñas, Fernando Savater o Julio Llamazares encabezan una nómina que combina narrativa, pensamiento y ensayo con naturalidad, sin compartimentos estancos. Alcalá, en ese sentido, funciona como una plaza pública donde la literatura dialoga con la realidad.
La presencia de Andrés Trapiello aporta ese vínculo cervantino que tan bien encaja en la ciudad, mientras que Víctor del Árbol representa la potencia de la novela negra contemporánea, cada vez más consolidada en el panorama editorial español. A su lado, figuras como Miguel Ángel Aguilar o Manuel Gutiérrez Aragón amplían el foco, llevando la conversación hacia el terreno del análisis político, la memoria y el lenguaje audiovisual.
Pero más allá de los nombres propios, hay un elemento que define la feria: su capacidad para mezclar públicos. Aquí conviven lectores habituales con curiosos, jóvenes con veteranos, familias enteras con estudiantes que descubren por primera vez el placer de perderse entre libros. Las firmas de ejemplares son solo la excusa; lo importante es el contacto, la cercanía, la posibilidad de escuchar a quien escribe.
El programa, además, no se queda en la superficie. Incluye mesas redondas, presentaciones, espectáculos y propuestas escénicas que convierten la literatura en experiencia. Especialmente significativa es la apuesta por el público infantil, con cuentacuentos y actividades que buscan sembrar el hábito lector desde edades tempranas. No es casualidad: el futuro de la feria se juega ahí.
La ciudad como escenario: entre casetas y patrimonio
Hay algo profundamente simbólico en que esta feria se celebre en la Plaza de Cervantes. Incluso en obras, incluso con el templete cubierto, el espacio sigue siendo el corazón cultural de la ciudad. Las casetas, 37 en total, se despliegan como pequeñas embajadas del libro, con librerías, editoriales y asociaciones que convierten el paseo en una experiencia casi ritual.
Este año, además, hay un gesto que conecta presente y pasado: el libro dedicado a la Sociedad de Condueños por su 175 aniversario. No es un simple obsequio promocional; es una pieza de memoria histórica que dialoga directamente con la esencia de Alcalá. La obra de Vicente Sánchez Moltó rescata la épica de aquellos vecinos que, en el siglo XIX, decidieron salvar la universidad de la desaparición.
Ese relato, la compra de la manzana universitaria en 1850, la organización en torno a 900 láminas de 100 reales, la limitación de participaciones para evitar la concentración de poder no es solo historia: es una lección de compromiso colectivo. Más de doscientos condueños entendieron entonces que el patrimonio no se hereda sin esfuerzo, que hay que defenderlo.
La feria, en cierto modo, es heredera de ese espíritu. Porque también se trata de preservar, de transmitir, de mantener viva una tradición que no siempre encuentra espacio en el ritmo acelerado del presente. Que el libro se regale con cada compra, hasta agotar una tirada de 2.000 ejemplares, refuerza esa idea de cultura compartida.
Y mientras tanto, la ciudad se adapta. Las obras en la plaza condicionan recorridos, modifican perspectivas, pero no alteran lo esencial: la feria sigue latiendo. Quizá con cierta incomodidad, sí, pero también con la certeza de que el espacio público, incluso en transformación, sigue siendo el lugar natural de la cultura.
Libreros: el alma silenciosa de la feria
Pero si hay un hilo invisible que sostiene todo esto, ese es el de los libreros. Antonio Palacios y Pilar representan mejor que nadie ese oficio que mezcla vocación, resistencia y una cierta dosis de romanticismo. Entre ambos suman décadas de experiencia, de trato directo con lectores, de recomendaciones hechas casi a medida.
“Esto es trabajo de 40 años”, dice Antonio con una mezcla de orgullo y cansancio. No es una frase retórica: es la constatación de una vida dedicada a los libros. Pilar, por su parte, encarna la librería de barrio, esa que sobrevive en la periferia, lejos de los focos pero cerca de la gente. Dos trayectorias distintas que confluyen en una misma caseta, compartiendo espacio, historia y oficio.
La feria, para ellos, es mucho más que un escaparate. Es una oportunidad de visibilidad, sí, pero también un termómetro. Este año, reconocen, la ubicación no ayuda. “Estar delante de la plaza no es lo mismo que estar detrás”, explican, conscientes de que el flujo de público marca la diferencia. La visibilidad, en este contexto, es casi una cuestión de supervivencia.
Las obras en la Plaza de Cervantes han condicionado el desarrollo de esta edición y han generado cierta incertidumbre entre los profesionales. Sin embargo, en medio de esa inquietud, emerge un elemento de alivio: la propia alcaldesa ha trasladado que los trabajos están prácticamente finalizados y que la reapertura completa de la plaza se producirá en cuestión de días. Una noticia que los libreros reciben con esperanza, no solo por el impacto directo en la feria, sino por lo que supone en términos de imagen para la ciudad.
“Yo no lo creía cuando nos ha dicho que iban a abrir la plaza. Me he alegrado”, reconocen, reflejando ese punto de incredulidad mezclado con optimismo tras meses de obras. Y no es una cuestión menor: el 23 de abril, Día del Libro, Alcalá se proyecta al mundo. “Salta a México, como poco”, recuerdan, subrayando la dimensión internacional de la cita cervantina y la importancia de ofrecer la mejor cara posible.
Aun así, hay una reflexión que va más allá de lo coyuntural. Los libreros insisten en la necesidad de mantener viva la cultura desde la base, desde el comercio de proximidad, desde ese contacto directo con el lector que ninguna plataforma digital puede sustituir. “Que haya más cultura, que es la que hace falta”, concluyen, como quien resume en una frase el sentido profundo de todo esto
Más que libros: una ciudad que se reconoce
La Feria del Libro de Alcalá no es solo un evento cultural; es un espejo en el que la ciudad se mira y se reconoce. En ella conviven la historia y el presente, la tradición y la innovación, el lector veterano y quien se acerca por primera vez a un libro. No es una feria masiva en el sentido impersonal del término; es una feria cercana, reconocible, casi doméstica.
Los datos, 27 entidades, 37 casetas, 110 metros lineales, ayudan a dimensionar el evento, pero no lo explican del todo. Lo que ocurre entre casetas es difícil de cuantificar: conversaciones improvisadas, recomendaciones que cambian lecturas, encuentros que se prolongan más allá de la firma. Hay una vida que no aparece en los programas oficiales.
También hay una voluntad clara de abrirse. La incorporación de LIBROMAD, impulsado por la Comunidad de Madrid, introduce una capa adicional de dinamismo. Librerías y bibliotecas se convierten en agentes activos, generando una red que trasciende la propia feria. Alcalá no se encierra en sí misma; se proyecta.
Y, sin embargo, lo más valioso sigue siendo lo intangible. Ese paseo sin prisa, ese detenerse ante una portada, ese diálogo breve con un librero que recomienda sin imponer. En un mundo acelerado, la feria ofrece una pausa. Y esa pausa, hoy más que nunca, es un lujo.
Alcalá, con su tradición universitaria y su vínculo cervantino, tiene argumentos de sobra para reivindicar su papel como capital cultural. Pero lo hace sin estridencias, con una normalidad que desarma. La feria crece, se adapta, incorpora novedades, pero no pierde su esencia.
Porque, en el fondo, todo se reduce a una idea sencilla y poderosa: los libros siguen importando. Y mientras haya ciudades dispuestas a celebrarlos con esta intensidad, con esta mezcla de memoria y presente, habrá ferias que merezcan la pena. Alcalá, una vez más, lo demuestra.






















