- José Antonio Tello Sáenz es poeta y crítico musical especializado en Clásica. La escritura es el oficio del alma que logra guiar su mirada artística polifacética.
A veces pienso en que la naturaleza puede entrar en mi casa y arrebatarme el orden, cubrir mis enseres de ramas y pólenes invisibles para sus generaciones futuras. Basta con que ella lo quiera y yo me descuide. De la naturaleza, somos su paso y su pasado, vocaciones de vida y muerte encadenadas. Sabemos que queda lejos nuestra moral de su propósito, así que no la podemos juzgar. Y de serlo, nos encararíamos a una crueldad que no nos entiende, la del león y el tornado. Por un tiempo, ella nos suministra compañía y sustento, mientras nuestra soledad, rebelde y contra natura, nos descubre el pensamiento. Estamos solos ante nosotros mismos y nuestra oportunidad vital, esa es la realidad, de modo que pensar en esa soledad nos atrapa en el bucle de su propia consideración: soledad, pensamiento, soledad…
Hace poco escuché (o leí, no lo recuerdo exactamente) que la soledad era un invento. Me reí mucho, me hizo bastante gracia la ocurrencia. Quiero creer que todo se materializa por el conjunto de emociones que le otorgamos. La soledad es el espacio propio por antonomasia, pero también la losa de nuestro aislamiento. Esta dualidad levanta las dos caras de un muro que nos separa e impide la correcta percepción de la soledad del otro. Igual que nosotros somos los responsables, por inconsecuencia en algunos casos, de ejercer o permitir una falta de calidad en las relaciones, también lo somos de nuestra soledad sufrida. Si no estamos por la labor de permitir la superficialidad a quien se quiere, tampoco deberíamos permitirnos una soledad causal y superficial. Ambas circunstancias nos abren dolorosas llagas al caminar, atrayendo el riesgo de bajarnos el paso. Digamos que tienen exactamente el mismo precio.
Hay soledad en el espacio y soledad en el tiempo, entre pérdidas y bienvenidas, y las dos representan distancias. Somos el antídoto de la soledad ajena a la vez que ensayamos una vacuna para cuidar la salud de la nuestra, tan conveniente. ¿Acaso no es mejor querer en la distancia que en la presencia inútil? ¿Debemos resistirnos a esto si ya hemos sobrevivido a la ausencia de las útiles? Frente a la pérdida del sentido emocional en las relaciones solo combate nuestra soledad selectiva y razonada. Puede pasarnos con amigos, que suelen ser los primeros en esta historia, pero también con familiares, con ídolos de paso e, incluso, con dioses de nuestra confianza. Son relaciones a menudo desequilibradas, hayan sido o no sentidas con claridad, que terminan con la conquista o la recuperación de ese espacio que siempre fue propio. Como la verdad de Serrat, y no de repente, ya no es triste la soledad, sino que carece de remedio.
No sé si la soledad más valiosa es la que puso a prueba a los profetas, ellos ya nos cuentan sus historias como elegidos, así que nos llevan ventaja. Quizá está más cerca de la que representa El Ermitaño en el tarot, esa especie de retirada para la íntima reflexión que nos enfrenta a las propias respuestas. A cada momento y acontecimiento de la vida la requerimos en proporción correspondiente, pero siempre es una soledad que nos construye como individuos, paciente y generadora de sabiduría. Así sentida, esa preciosa soledad es el silencio ineludible que nos permite escuchar nuestra música más inspirada.
Soledad, pensamiento, soledad…
















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Un genio escondido,,,,,