- Centenares de fieles acompañaron la procesión de San Diego por el barrio de Juan de Austria, preludio de su festividad del jueves.
- Crónica gráfica y video de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
La parroquia de San Diego de Alcalá vivió este domingo una jornada memorable, de las que dejan huella en la historia de una comunidad. Desde primera hora de la mañana, el barrio de Juan de Austria se llenó de fieles que acudían con flores, escapularios y la sonrisa serena de quien se dispone a celebrar su día grande. A las doce, en punto, el pequeño templo de la calle Luis de Torres, número 3, estaba literalmente abarrotado. No cabía un alma más.
La misa principal, presidida por el párroco Matías Ares, reunió a centenares de feligreses, vecinos y devotos del santo franciscano. En el presbiterio le acompañaban el sacerdote Ángel Domínguez, primer párroco de San Diego y guía de la comunidad durante sus primeros treinta años, y don Florentino Rueda, ex vicario general de la diócesis complutense durante muchos años, que quiso sumarse a la celebración y pronunció unas palabras de afecto y reconocimiento a la trayectoria de la parroquia. «Esta comunidad, dijo, ha sabido mantenerse fiel al espíritu de San Diego: humilde, servicial y profundamente unida».
Un templo vivo y abarrotado
Durante la homilía, el padre Matías Ares recordó con emoción los orígenes de la parroquia, erigida en 1968 y desde entonces alojada en los modestos locales de la calle Luis de Torres. «Por la gloria de Dios, pedimos poder ver realizado el proyecto de tener una nueva parroquia. No más digna, porque la que tenemos ya lo es, porque la dignificamos cada uno de nosotros, piedras vivas; pero que no tengamos que vivir de prestado».
Sus palabras arrancaron aplausos y lágrimas discretas. El sacerdote recordó a las familias que colaboran año tras año en la preparación de la fiesta, como la familia Carrión, que cede su garaje para guardar y decorar la carroza del santo: «Ellos sacan todo su mobiliario para que podamos dignificar el paso de San Diego. Eso somos nosotros: una comunidad viva, una gran familia», añadió.
El templo, adornado con flores blancas y amarillas, resonaba con los cantos del coro parroquial. A la salida, la Agrupación Musical Jesús de Medinaceli afinaba los instrumentos bajo un sol limpio de noviembre. Se respiraba emoción y orgullo. Todo el barrio parecía reunido en torno a su santo.
La procesión del reencuentro
Entre aplausos y sones de la Agrupación Musical Jesús de Medinaceli, la imagen de San Diego de Alcalá salió del templo envuelto en emoción. El santo, representado con el humilde hábito franciscano y el rostro sereno, fue recibido con vítores y gestos de devoción. La imagen procesionó sobre la carroza de la Virgen del Val, cedida una vez más por su cofradía, cuya presidenta, Gema García Merino y varios miembros de la junta participaron también en el cortejo.
El recorrido, cuidadosamente preparado, partió de la calle Luis de Torres y continuó por la avenida Lope de Figueroa, donde la parroquia de Nuestra Señora del Val realizó una emotiva ofrenda floral al patrón del barrio. Desde allí, la procesión tomó la avenida de Juan de Austria, deteniéndose ante el solar donde se levantará el nuevo templo parroquial. Fue uno de los momentos más significativos del día: el paso del santo frente al terreno ya despejado de la antigua vaquería, demolida recientemente, símbolo tangible de una promesa que empieza a cumplirse.
El padre Matías, visiblemente emocionado, detuvo la marcha unos instantes y elevó una breve oración por el futuro templo: «Que el Señor nos conceda la gracia de verlo levantado, como casa para todos, signo de nuestra fe y nuestro trabajo compartido». La respuesta fue un aplauso largo y espontáneo, que se confundió con el repique de los instrumentos.
El desfile transcurrió con solemnidad y precisión. Los diputados de tramo José Luis Roldán y Roberto Hernández se encargaron de coordinar el orden del cortejo, seguido por una multitud que acompañó al santo hasta su regreso a la parroquia por la calle Felipe II.
Durante todo el recorrido, la procesión estuvo custodiada por la Policía Local de Alcalá de Henares y contó con la colaboración de Protección Civil, que veló por la seguridad y el buen desarrollo del acto. A pesar de la expectación y la gran afluencia, no asistió ninguna representación del Ayuntamiento, probablemente reservada para la procesión y la misa solemne del jueves 13, cuando se celebrará la festividad principal de San Diego.
Camino hacia su gran día
La procesión concluyó con el regreso de la imagen al templo y una oración final de agradecimiento. Afuera, los vecinos se quedaron un rato más, charlando en la puerta o tomando fotografías junto al paso. En el interior, el párroco y sus colaboradores ultimaban los detalles de la festividad del 13 de noviembre, cuando Alcalá de Henares celebra solemnemente la memoria litúrgica de su santo.
Ese día, el cuerpo incorrupto de San Diego de Alcalá se expondrá en la Santa e Insigne Catedral Magistral, donde se oficiará la misa solemne presidida por el obispo. Será el momento culminante de un calendario de actos que comenzó con la procesión del domingo y que cada año refuerza el vínculo de la ciudad con el fraile franciscano que falleció en el antiguo convento de Santa María de Jesús, hoy Colegio de San Diego.
Mientras tanto, la demolición de la antigua vaquería de la avenida de Juan de Austria y la cesión del terreno al Obispado de Alcalá han puesto en marcha el proceso para la construcción del nuevo templo parroquial. Según fuentes de la diócesis, la Oficina Técnica trabaja ya en un anteproyecto que definirá los espacios y necesidades pastorales del futuro edificio.
Para la comunidad de San Diego, todo esto se vive con una mezcla de ilusión, orgullo y gratitud. Lo de este domingo no fue solo una procesión: fue un acto de fe y continuidad. «San Diego nos enseña que la humildad es la fuerza de los sencillos», recordaba el padre Matías al despedirse. Y en su voz, como en la de tantos fieles, resonaba la certeza de que el sueño del nuevo templo está más cerca que nunca.
La jornada terminó con un aplauso colectivo frente al templo, un canto de despedida y una sensación compartida de esperanza. San Diego de Alcalá volvió a recorrer su barrio, bendijo su futuro y dejó, una vez más, el alma de Alcalá un poco más unida.

















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