Oreja para Nacho Torrejón y percance de Rafael de la Cueva en la novillada de Alcalá

La novillada con picadores de las Ferias de Alcalá dejó este sábado una tarde marcada por la única oreja cortada por Nacho Torrejón y el percance sufrido por Rafael de la Cueva, que no pudo completar su actuación. Samuel Castrejón dejó también detalles de calidad ante un encierro de Luis Albarrán bien presentado, pero condicionado por su falta de fuerzas. Torrejón terminó lidiando tres novillos y sostuvo un festejo de más oficio que triunfos.

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas
  • Nacho Torrejón sostuvo el festejo lidiando tres novillos y logró el único trofeo tras el percance que apartó a De la Cueva.
  • Crónica gráfica de Ricardo Espinosa para ÁLCALÁ HOY

La plaza de toros La Estudiantil volvió a vestirse de feria el sábado 29 de agosto con la novillada con picadores de Luis Albarrán, segundo festejo del ciclo taurino de las Ferias y Fiestas de Alcalá de Henares. En los tendidos, además de un público fiel al abono complutense, asistieron la concejala de Seguridad, Orlena de Miguel, y el concejal de Festejos y Tradiciones Populares, Antonio Saldaña, en una tarde que mezcló oficio, desigualdad ganadera y un percance que alteró el orden del cartel.

El anuncio inicial había apuntado a Nacho Torrejón, Pepe Burdiel y Samuel Castrejón. Finalmente, Rafael de la Cueva ocupó el lugar de Burdiel. Tres novilleros con argumentos y un encierro extremeño de buena lámina, capa negra y volumen, pero corto de fuerzas. Esa limitación, repetida por las crónicas y las reseñas de la jornada, marcó el pulso de la lidia: hubo clase y nobleza en algunos lotes, y mansedumbre o falta de poder en otros.

Abrió plaza un utrero deslucido, manso y huidizo. Nacho Torrejón, madrileño de oficio ya contrastado en Maestranza y Las Ventas, lo recibió con gusto a la verónica y remató con una media de buen trazo. La muleta, sin embargo, no encontró pelea. El animal se desentendía, cortaba el viaje y convertía cada intento de ligazón en una persecución estéril. Torrejón no se rindió: plantó, midió y buscó el temple donde no lo había. Un pinchazo hondo y un descabello cerraron la comparecencia. Palmas. Era el arranque más frío posible para quien venía a ser el nombre de peso de la terna.

El segundo cambió el tono. Noble, aunque falto de emoción y raza, fue de menos a más. Rafael de la Cueva —venezolano formado en la Escuela José Cubero “Yiyo”, regular en el Circuito de Madrid y reciente Judión de Oro— lo saludó con soltura al capote. En la muleta el novillo empezó a ofrecer el derecho. Ahí llegó lo mejor y, de golpe, lo peor. Cuando iniciaba una nueva tanda por ese pitón, una fuerte voltereta lo levantó y lo dejó con el hombro izquierdo inmovilizado. El percance heló el tendido. De la Cueva se recompuso, pasó por la enfermería y volvió al ruedo. No era un gesto vacío: firmó las dos series más limpias de su tarde, corriendo la mano con ligazón, y remató de estocada entera. Vuelta al ruedo con petición de oreja y dos avisos. El palco no concedió el trofeo. El hombro, sí, le impidió lidiar el quinto. La crónica institucional de la jornada lo resumió con sequedad: cogido, enfermería, baja.

Samuel Castrejón heredó el tercero, flojo y deslucido, con algo más de condición por la izquierda. La faena fue irregular. Hubo naturales de interés y menos recorrido por la derecha, pitón con el que el madrileño se mostró más cómodo de lo que el animal permitía. Una estocada defectuosa y un descabello le valieron vuelta al ruedo tras leve petición y aviso. Castrejón no desentonó; tampoco encontró el lote para imponer su toreo más artístico, el que ya le había abierto puertas en Valdemorillo al debutar con picadores.

El cuarto fue el novillo más completo. Clase, nobleza y poder justo. Torrejón lo entendió de inmediato. Toreó en redondo por la derecha con autoridad y personalizó el natural con más gusto y pureza. Hubo ligazón, concepto clásico y una administración consciente de las pocas fuerzas del astado. Era la faena de un novillero que ya no improvisa: mide, corta cuando el animal se agota y no persigue un lucimiento que el lote no da. El acero, otra vez, le negó el premio: pinchazo, estocada trasera y tres descabellos. Ovación clara. En otra tarde, o con otra suerte suprema, aquel cuarto habría sido oreja sin discusión.

Al quinto no salió De la Cueva. Se corrió el turno y Castrejón lidió el que correspondía al venezolano. El ejemplar tenía clase y nobleza, pero acusaba la falta de fuerzas. El pitón izquierdo fue el argumento: naturales de trazo limpio, jaleados por los tendidos. Por la derecha, menos poder. El reiterado desacierto con la espada dejó la actuación en ovación tras aviso. Castrejón cerró su tarde con dos vueltas al ruedo y la sensación de haber estado por encima de un encierro que no le dio recorrido.

El sexto, previsto en origen para otro orden, fue el más débil. Torrejón, obligado a estoquear tres por el percance de su compañero, no se quejó del extra. Empezó a media altura, con tandas cortas, afianzando a un novillo sin motor. Cuando el animal se entregó, halló el izquierdo: dos series de naturales de mano baja, buena colocación y trazo limpio. Volvió a la derecha, completó otra tanda de mérito y cerró con bernardinas ajustadas. Pinchazo y estocada trasera. El tendido pidió con fuerza la segunda. El palco concedió una. Era la única oreja de la tarde.

Torrejón lo resumió después con honestidad de quien conoce el peso del acero: buena tarde, el pero de la espada y un triunfo que pudo ser mayor. Tuvo que lidiar tres; cortó una; dejó ovación en el mejor lote. No hubo puerta grande, pero sí la sensación de que el madrileño había sostenido el festejo cuando el cartel se rompió.

La novillada, en el balance de los medios, no fue grande. Fue una tarde de feria de pueblo grande: encierro presentable y corto de casta, un percance que condicionó el sorteo vivo, un novillero que cargó con el trabajo extra y dos compañeros que dejaron detalles sin poder transformarlos en trofeo. Albarrán puso lámina y poco fuelle. De la Cueva puso entereza después de la voltereta. Castrejón, naturales. Torrejón, el único apéndice y la continuidad del espectáculo.

En el palco institucional, la presencia de Orlena de Miguel y Antonio Saldaña encajaba con el carácter de un ciclo que el Ayuntamiento ha querido de figuras y de cantera: el viernes, Luque, De Justo y Fernando Adrián; el sábado, la promoción con picadores; el domingo, Urdiales, Talavante y Víctor Hernández. La feria taurina de Alcalá no es un apéndice menor de las fiestas. Forma parte del programa oficial, con suelta de reses por las mañanas y un abono que combina nombres de San Isidro y novilleros en tránsito.

La Estudiantil registró una entrada discreta para seguir la novillada. El respetable midió con rigor: palmas al primero, petición al segundo pese a los avisos, ovación al cuarto y al quinto y oreja al sexto. No hubo indultos ni rabos. Hubo, eso sí, la imagen de un novillero que volvió al ruedo con el hombro tocado y la de otro que asumió el novillo de su compañero y todavía encontró temple para cerrar la tarde.

Alcalá cerró así el capítulo de los novillos. Quedaba el domingo mayor. Lo que quedó del sábado fue una crónica de oficio más que de apoteosis: una oreja para Nacho Torrejón, una voltereta para Rafael de la Cueva y un encierro de Luis Albarrán que pidió más fuerza de la que trajo. En feria, a veces, eso basta para que la plaza no se apague.

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