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Una mirada irónica sobre las primarias socialistas, las gestoras y esa extraña excepción política que algunos creen haber descubierto en Alcalá.

Hay ciudades verdaderamente extraordinarias. En unas, las primarias son un saludable ejercicio de democracia interna. En otras, una magnífica oportunidad para renovar liderazgos. Incluso las hay donde varios compañeros de partido compiten por encabezar una candidatura sin que nadie invoque el Apocalipsis, la ruptura de la organización o el fin de la civilización occidental. Y luego está Alcalá de Henares, donde basta pronunciar la palabra «primarias» para que algunos miren de reojo, otros consulten el parte meteorológico y no falte quien intuya conspiraciones dignas de una novela de espías. Debe de ser el clima. O quizá la humedad del Henares produzca unos efectos políticos que la ciencia todavía no ha sido capaz de explicar.
Viene todo esto a cuenta de un detalle curioso. Mientras en Madrid la portavoz socialista, Reyes Maroto, anuncia con absoluta normalidad que concurrirá a las primarias para optar nuevamente a la Alcaldía, y en Leganés surge una candidatura alternativa encabezada por Sara Oviedo sin que el cielo se desplome sobre la Comunidad, en Alcalá el simple hecho de convocar un acto para hablar del futuro del PSOE parece haber provocado más literatura preventiva que entusiasmo democrático. Resulta llamativo. Sobre todo porque hablamos del mismo partido, de los mismos estatutos y de un procedimiento que no acaba de inventarse precisamente esta semana.
Hay una fábula de Samaniego que resume mejor que muchos tratados de ciencia política lo que suele ocurrir en estos casos. Los ratones, hartos de vivir pendientes del gato, celebran una asamblea y alcanzan un acuerdo brillante: colocarle un cascabel al cuello para saber siempre dónde está. La propuesta entusiasma a todos. Hay discursos encendidos, unanimidad, optimismo y hasta cabe imaginar que algún ratón pidió la palabra para agradecer el elevado nivel del debate. Pero entonces uno de ellos, seguramente el menos brillante de la sala, formuló una pregunta incómoda: «Muy bien… ¿y quién le pone el cascabel al gato?». En ese instante terminó la épica y empezó la realidad.
Algo parecido ha sucedido en el socialismo alcalaíno. Durante meses, por no decir años, se ha escuchado en conversaciones privadas que hacía falta abrir una nueva etapa, recuperar la ilusión, reencontrarse con la militancia, redefinir el proyecto o cualquiera de esas expresiones que tanto gustan en política porque sirven para casi todo y comprometen a muy poco. En cafeterías, en pasillos, al terminar los actos públicos o delante de un café que ya se ha quedado frío, eran muchos los que coincidían en el diagnóstico. Sin embargo, cuando llegaba el momento de dar un paso al frente, el silencio adquiría un protagonismo digno de un premio literario. Todos estaban de acuerdo con poner el cascabel. Lo complicado era encontrar al ratón dispuesto a acercarse al gato.
Eso sí, tampoco conviene idealizar a los llamados renovadores. Sería injusto atribuirles una rapidez de reflejos que no han demostrado. Han tardado lo suyo en salir de la madriguera. Han necesitado varios meses para concluir que una gestora, por definición, está llamada a administrar una transición y no a convertirse en un modo de vida. Más vale tarde que nunca. La política, como los trenes de cercanías, tiene la costumbre de llegar tarde cuando uno más prisa tiene y de aparecer de golpe cuando ya casi nadie los espera.
Lo verdaderamente interesante empieza después. Porque, una vez dado el paso, el debate parece haber cambiado de objeto. Ya no se discute tanto si conviene o no celebrar unas primarias, sino el hecho mismo de que alguien haya planteado públicamente esa posibilidad. Y ahí es donde uno, desde la cómoda posición de espectador que dan los años y algunos miles de artículos escritos, empieza a hacerse preguntas. No demasiadas, porque el exceso de curiosidad también cansa, pero sí las suficientes para que el asunto resulte digno de observación.
¿Por qué unas primarias representan un ejercicio saludable de participación cuando se celebran en Madrid y parecen un motivo de preocupación cuando se mencionan en Alcalá? ¿Por qué la competencia entre distintos proyectos se presenta como una muestra de vitalidad política en unos municipios y como un riesgo de división en otros? ¿Qué ocurre exactamente entre la Puerta del Sol y la plaza de Cervantes para que un mismo procedimiento democrático cambie tanto de significado en apenas treinta kilómetros? Confieso que llevo varios días intentando encontrar una explicación racional y, de momento, solo se me ocurren hipótesis meteorológicas.
Naturalmente, nadie es ingenuo. Las primarias no son un concurso de simpatía ni una excursión de fin de curso. Hay ambiciones personales, estrategias, cálculos, alianzas y movimientos tácticos. Siempre los ha habido y siempre los habrá. Quien sostenga lo contrario probablemente tampoco crea en los Reyes Magos. Pero precisamente por eso existen las primarias: para ordenar esas ambiciones mediante un procedimiento conocido por todos. No eliminan los intereses; los someten a una decisión colectiva. Y eso, aunque a veces resulte incómodo, suele llamarse democracia interna.
También conviene recordar algo que parece olvidarse con demasiada facilidad. Las primarias no garantizan victorias electorales. Ni convierten automáticamente a nadie en mejor candidato. Ni resuelven por sí solas los problemas de una organización. Si así fuera, los manuales de estrategia política ocuparían una sola página. Lo que sí aportan es algo mucho más valioso: legitimidad. Quien gana unas primarias podrá gustar más o menos, acertar o equivocarse, pero difícilmente podrá decirse que ha llegado sin pasar por el filtro de la militancia. Y esa legitimidad, especialmente después de periodos convulsos, suele convertirse en un activo político nada despreciable.
Quizá por eso sorprende tanto la prevención que parece despertar cualquier conversación sobre este asunto. Da la impresión de que el verdadero debate ya no consiste en decidir cuál es el mejor proyecto para el PSOE de Alcalá, sino en determinar si resulta conveniente permitir que los militantes lo decidan por sí mismos. Y esa sí que es una discusión interesante. Porque, al final, la democracia tiene una costumbre bastante incómoda: de vez en cuando pregunta a la gente qué opina. Qué extravagancia.
Confieso también que he seguido con cierta curiosidad las reacciones a la reciente encuesta publicada por ALCALÁ HOY. No porque una encuesta tenga la categoría de oráculo, afortunadamente seguimos sin consultar las entrañas de las cabras antes de publicar un sondeo, sino porque puso sobre la mesa un debate que muchos intuían y pocos se atrevían a formular en voz alta. Quizá el mayor pecado de aquella encuesta no fuera ofrecer unos datos, sino recordar que existen preguntas que tarde o temprano terminan haciéndose solas. Y cuando eso ocurre, ignorarlas rara vez consigue que desaparezcan.
Cervantes, que de ironías sabía bastante más que la mayoría de nosotros, convirtió a don Quijote en el hombre que veía gigantes donde otros solo encontraban molinos. En la política contemporánea sucede a veces exactamente lo contrario: algunos se empeñan en descubrir molinos donde quizá únicamente hay ciudadanos, militantes o compañeros de partido ejerciendo un derecho previsto en los estatutos. Ni héroes, ni traidores; simplemente personas convencidas de que las ideas se defienden mejor votándolas que silenciándolas.
Dentro de unos meses comprobaremos quién tenía razón. Tal vez los renovadores descubran que el camino era mucho más difícil de lo que imaginaban. Tal vez quienes hoy contemplan con recelo cualquier movimiento interno acaben reconociendo que no pasaba nada por abrir el debate. O quizá ocurra exactamente lo contrario. Esa es la grandeza, y también la servidumbre de las primarias: que nadie conoce el resultado antes de votar.
Mientras tanto, vuelvo a acordarme de aquellos ratones de Samaniego. Todos coincidían en que el cascabel era una magnífica idea. El verdadero problema nunca fue el cascabel. Porque, al final, quizá el problema nunca fue ponerle el cascabel al gato. Quizá lo verdaderamente inquietante era descubrir que el gato también podía escuchar el tintineo.















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