Carta abierta. Duelos y quebrantos del Festival Hispanoamericano del Siglo de Oro. Segunda relación remitida desde la cuna de Cervantes

Coincidiendo con el arranque de la XXV edición de Clásicos en Alcalá, ALCALÁ HOY publica una nueva carta abierta al Festival Hispanoamericano del Siglo de Oro. Con lenguaje deliberadamente cervantino y tono entre la celebración y la reflexión, el editorial repasa los logros de un certamen convertido en referencia internacional, pero también algunas de las controversias, debates estéticos y cuestiones de comunicación que han acompañado a esta edición del vigésimo quinto aniversario.

Foto de Ricardo Espinosa Ibeas
  • Una carta abierta entre elogios y retranca cervantina para reflexionar sobre el presente, las polémicas y el futuro del festival.

Veinticinco años cumple ya el Festival Hispanoamericano del Siglo de Oro, edad respetable para cualquier criatura humana y no menor para certamen tan celebrado como el que cada junio toma plazas, corrales, teatros y calles de esta ciudad donde vino al mundo Miguel de Cervantes Saavedra.

Sea lo primero decir, como es menester y obliga la buena crianza, que ningún alcalaíno de bien podría sino congratularse de tan señalada efeméride. No es pequeña cosa haber alcanzado un cuarto de siglo de existencia. No es pequeña cosa haber congregado a compañías de uno y otro lado del océano. No es pequeña cosa haber hecho de la cuna de Cervantes una de las principales plazas teatrales de España.

A fuer de verdad, tampoco sería justo negar que Clásicos en Alcalá constituye una de las más brillantes empresas culturales que visitan nuestra ciudad. Durante algunas semanas del año, Alcalá vuelve a poblarse de versos, músicas, comedias y personajes que parecen escapados de las páginas de Lope, Calderón, Tirso o la siempre admirable Sor Juana.

Quien recorriere estos días la cuna de Cervantes difícilmente podría ignorar la llegada del certamen. Pendones, banderolas, tótems y demás artefactos anunciadores se muestran con notable abundancia en plazas, calles y rúas. Hállanse sus enseñas tanto en el corazón de la ciudad como en sus arrabales; custodian la remozada Plaza de Cervantes, donde se ha establecido la oficina de información del evento, y trepan incluso por la vetusta torre de Santa María, como queriendo pregonar a los cuatro vientos la llegada de cómicos, poetas y comediantes.

Todo ello da muestra de un despliegue considerable y de un lustre presupuestario cuya cuantía exacta continúa, por ahora, guardada en secreto más celosamente que las recetas del bálsamo de Fierabrás.

Y porque así lo creemos, y porque esta gazeta ha procurado dar cuenta de sus aciertos con el mismo empeño con que señala sus desaciertos, nos permitimos remitir esta segunda relación de duelos y quebrantos, dos años después de la primera, no con ánimo pendenciero ni voluntad de romper lanzas, sino por el mismo afecto con que se reprende a un viejo amigo.

Mas acontece que los aniversarios, además de parabienes, admiten examen de conciencia. Y siendo éste el vigésimo quinto cumpleaños del certamen, bien parece ocasión propicia para preguntarnos qué ha cambiado y qué permanece.

No faltó este año materia para la controversia. Apenas presentado el pregón pintado que había de anunciar la fiesta teatral, comenzaron disputas, pareceres y pendencias acerca de su hechura. Díjose que en su confección habían intervenido esos nuevos ingenios artificiosos que responden al nombre de Inteligencia Artificial. Díjose también que tal circunstancia carecía de importancia. Y dijéronse muchas otras cosas más.

Fue el revuelo de tal magnitud que la nueva abandonó los corrillos de esta ciudad y alcanzó los mentideros de la Corte, y aun los grandes papeles madrileños. No es cosa frecuente que un cartel teatral alcance semejante privilegio.

No corresponde a este humilde escribidor determinar quién lleva razón en tan intrincada querella. Mas sí parece evidente que pocas veces un anuncio del festival ha sido tan comentado como el propio festival.

Tampoco faltaron observaciones acerca de ciertos adornos y adminículos urbanos colocados en nuestras calles, ni reparos estéticos formulados por quienes consideran que la cuna de Cervantes merece singular esmero cuando de imagen pública se trata.

Y siendo Alcalá lo que es, tampoco resulta extraño. En otras ciudades se discute de alcabalas  y juegos de pelota. En ésta somos capaces de sostener prolongada controversia sobre una fachada, una escultura, un mural, un aplique o un cartel. Sea ello virtud o defecto, que cada cual juzgue según su conciencia.

Más modestos fueron los quebrantos sufridos por este cronista cuando pretendió allegarse a los materiales de prensa del certamen. Quiso hacerse con ciertos papeles, imágenes y memoriales, y hubo de internarse para ello en un laberinto flamenco llamado OneDrive, donde las puertas se abren para cerrarse y los cerrojos se descorren para tornarse a cerrar.

Tras largo peregrinaje por aquellos territorios invisibles, acabó este escribidor sabiendo poco más de lo que ya sabía, aunque bastante más cansado. No es asunto de gran trascendencia, válganos Dios, mas sí ejemplo oportuno de que la comunicación, como las buenas comedias, suele funcionar mejor cuando las puertas permanecen abiertas.

Mas no residen aquí los verdaderos duelos y quebrantos. La cuestión principal sigue siendo la misma que ya nos ocupó años atrás: la relación entre el certamen y la ciudad que le presta nombre, escenario, patrimonio y vecindario.

Porque Clásicos en Alcalá no acontece en cualquier lugar. Acontece en una intitulada ciudad donde nació Cervantes, honrada además con el título de Patrimonio de la Humanidad para mayor gloria de propios y extraños. En una patria que lleva veinticinco años acogiendo con orgullo esta celebración de las artes escénicas.

Y precisamente por ello, cuanto mayor es la fama alcanzada, mayor ha de ser también el cuidado puesto en conservar la buena correspondencia con cuantos habitan y dan vida a esta ciudad: vecinos, cofradías, compañías, hombres y mujeres de letras, tratantes en cultura, lectores, gazeteros y demás gentes de buena voluntad.

No piense nadie que venimos aquí a solicitar mercedes, dispensas o privilegios. Ni se trata de dineros, ni de pregones, ni de otras menudencias que el tiempo lleva y trae según soplan los vientos. La sustancia del negocio es otra: que entre el certamen y la cuna de Cervantes permanezca siempre viva aquella buena amistad que tan fructífera se ha mostrado durante estos veinticinco años.

Porque, a fuer de verdad, no hay gloria teatral que baste por sí sola, ni nombradía que alcance a sostenerse sin el afecto de la ciudad que la acoge. Y siendo Alcalá la casa de esta celebración desde hace un cuarto de siglo, bien parece que ambas partes se profesen la consideración debida.

Y dicho cuanto antecede, no hallará el lector amenaza ni desafío en estas líneas. Antes al contrario. Acudiremos a los corrales. Visitaremos los teatros. Recorreremos los pasacalles. Daremos aviso y noticia de cuanto acontezca en plazas y escenarios. Aplaudiremos cuanto merezca aplauso y señalaremos cuanto consideremos mejorable, que para eso sirven las gazetas y quienes las escriben.

Porque no hay mayor muestra de afecto hacia un certamen que dedicarle elogios cuando acierta y observaciones cuando yerra. No querríamos que estas líneas fueran tomadas por agravio, cuando no son sino conversación franca entre viejos conocidos.

Y porque, a fin de cuentas, el mejor homenaje que puede rendirse a un festival vivo consiste en hablar de él con sinceridad, sólo resta desear a cómicos, tramoyistas, músicos, apuntadores, técnicos, acomodadores, directores, espectadores y demás habitantes de esta república teatral lo mismo que desde antiguo se desea en todos los escenarios de España:

Mucha mierda.

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