- El histórico rector impulsó durante 18 años la recuperación patrimonial, académica y simbólica de la Universidad de Alcalá contemporánea.
- Fotos de la Universidad
La Universidad de Alcalá publicó en 2024 un magnífico reportaje sobre el “rector que reconstruyó, piedra a piedra, el pasado glorioso de la uah”. No era una frase retórica ni un titular exagerado. En aquel año se cumplieron cuatro décadas desde que Manuel Gala Muñoz llegara al Rectorado de la universidad complutense moderna, una etapa decisiva de 18 años en la que la institución recuperó edificios históricos, consolidó su identidad académica y terminó convirtiéndose en una de las piezas fundamentales para que Alcalá de Henares fuera reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Con motivo de aquella efeméride, la universidad dedicó una extensa entrevista al rector Gala. Más que una conversación, el texto era una inmersión en la memoria de quien probablemente mejor entendió que el futuro de Alcalá pasaba por reconciliarse con su pasado universitario. Porque Manuel Gala no solo dirigió una universidad. Reconstruyó un proyecto histórico interrumpido durante siglo y medio. Y lo hizo casi piedra a piedra, aula a aula y claustro a claustro.
Los silencios de Manuel Gala podrían ser declarados patrimonio de la humanidad si alguien se lo propusiera. No son silencios vacíos ni teatrales. Son pausas cargadas de memoria, de experiencias acumuladas y de decisiones que terminaron cambiando el destino de toda una ciudad. Durante la entrevista publicada por la UAH, cada pregunta parecía activar una especie de excavación arqueológica en su memoria. A veces se detenía unos segundos largos, como si estuviera decidiendo cuánta historia cabía realmente en una respuesta. Y entonces retomaba el hilo para abrir nuevas puertas del relato.
El proyecto que cambió alcalá
Uno de esos recuerdos fundacionales aparece cuando evoca la campaña electoral que le llevó al Rectorado en 1984. En aquel momento no figuraba precisamente entre los favoritos. La universidad era joven, dispersa y todavía sin un proyecto claramente definido. Pero un día, un profesor,cree recordar que Sastre, le mostró un plano de Alcalá con los edificios históricos vinculados a la antigua universidad cisneriana. “miré el plano con los edificios y pensé: ‘esto es un proyecto’”. Ahí, probablemente, empezó todo.
Porque Gala entendió algo que entonces no resultaba tan evidente. La universidad no debía limitarse a ocupar aulas improvisadas o crecer como un campus periférico cualquiera. Debía volver al corazón histórico de la ciudad y recuperar el legado iniciado por el cardenal Cisneros siglos atrás. No se trataba únicamente de rehabilitar edificios antiguos. Se trataba de devolverle a Alcalá su condición de ciudad universitaria en el sentido más profundo de la expresión.
El propio Gala resume aquellos primeros años con una imagen extraordinaria. “cuando yo llego al rectorado, soy rector en la torre de control de un campo de aviación abandonado”. La frase retrata perfectamente el estado de aquella universidad nacida casi de urgencia en los años setenta, obligada además a competir con gigantes como la Complutense, la Autónoma o la Politécnica. “además, había nacido como unos barracones”, recuerda el ex rector mientras observa las paredes históricas del Paraninfo.
Sin embargo, donde otros veían dificultades, Gala vio posibilidades. Durante sus seis mandatos consecutivos se fueron recuperando edificios históricos, ampliando facultades y consolidando una identidad universitaria profundamente ligada al casco histórico complutense. El lema elegido entonces resumía toda una filosofía institucional: “al futuro con el pasado”. No era nostalgia monumentalista. Era una estrategia cultural, urbana y académica extraordinariamente moderna.
El rector que escuchaba a los estudiantes
Aquella visión terminaría siendo decisiva años después para la declaración de Alcalá como Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco. Porque la recuperación de la universidad histórica no solo transformó la institución académica. Transformó también la propia ciudad. El casco histórico dejó de ser únicamente un conjunto monumental hermoso para volver a convertirse en un espacio vivo de conocimiento, estudiantes, investigación y actividad cultural.
La entrevista publicada por la UAH deja además entrever a un rector muy distinto del prototipo burocrático habitual. Nacido en Guinea Ecuatorial en 1938, Gala había vivido experiencias académicas y vitales muy alejadas de la universidad española tradicional. Había estudiado en la España convulsa de finales de los cincuenta y completado después su formación en universidades estadounidenses como Chicago o UCLA, en plena efervescencia de las protestas contra Vietnam, los movimientos por los derechos civiles y la contracultura juvenil.
“era la américa de la protesta contra vietnam, de la rebelión de los negros, del movimiento hippie”, recuerda en la entrevista. Aquella experiencia le marcó profundamente y terminó influyendo en el modelo universitario que quiso impulsar en Alcalá. Su objetivo no era construir una universidad obsesionada únicamente con los títulos. “yo quería una universidad dedicada al conocimiento y no al título”. También aspiraba a una universidad participativa, democrática y basada en la convivencia entre profesores y estudiantes.
Quizá por eso mantuvo siempre una relación especialmente cercana con los alumnos. La hemeroteca conserva imágenes casi impensables hoy: representantes estudiantiles manteando al rector Gala al grito de “¡torero, torero!” tras aprobarse en 1985 los primeros estatutos adaptados a la Ley de Reforma Universitaria. Aquel episodio simbolizaba hasta qué punto el rector entendía la universidad como un proyecto colectivo y no como una estructura jerárquica distante.
Un proyecto que nunca termina
Durante la conversación aparecen también anécdotas que reflejan su obsesión por reconstruir la continuidad histórica de la institución. Una de las más llamativas es la compra de un ejemplar original de la Biblia Políglota Complutense en Estados Unidos. “la pagué bien cara”, admite entre risas. Pero para Gala aquellos símbolos importaban enormemente. Eran piezas fundamentales de una memoria académica que la Universidad de Alcalá necesitaba recuperar tras más de siglo y medio de ausencia.
Las referencias arqueológicas aparecen constantemente en su relato. Habla de catas para descubrir los suelos originales de los edificios históricos, de artesanos sevillanos reproduciendo pavimentos antiguos y de una restauración concebida casi como una operación quirúrgica sobre la memoria de la ciudad. No era simple restauración estética. Era la reconstrucción de un relato histórico interrumpido.
Manuel Gala terminó convirtiéndose además en una figura singular dentro de la universidad española democrática. Fue considerado durante años “el decano de los rectores lru”, una referencia para toda una generación de dirigentes universitarios. Sin embargo, lejos de refugiarse en la nostalgia o la autocomplacencia, mantiene todavía una mirada orientada hacia adelante. Cuando en la entrevista le preguntan si sigue sintiéndose universitario a los 87 años, responde: “y sigo pensando en el futuro”.
Tal vez ahí reside la clave de toda su trayectoria. Gala nunca entendió la universidad como un museo del pasado. Para él, la historia solo tenía sentido si servía para construir algo nuevo. Por eso, cuando le preguntan si el proyecto que imaginó para la Universidad de Alcalá está ya terminado, responde con otra frase memorable: “si los proyectos se acaban es que ya no hay futuro”.
Y probablemente tenga razón. Porque buena parte de la Alcalá universitaria, patrimonial y cultural que hoy conocemos sigue construyéndose todavía sobre aquella intuición inicial de Manuel Gala cuando miró un viejo plano de la ciudad y comprendió que no estaba viendo ruinas, sino un proyecto de futuro.























