Los dos escaños andaluces de concordia/discordia | Por Antonio Campuzano

El periodista y patrono de la Fundación Diario Madrid, Antonio Campuzano, reflexiona en esta tribuna sobre el incierto tablero político surgido tras las elecciones andaluzas del 17 de mayo. A partir de los dos escaños que separan a Juanma Moreno de la mayoría absoluta, el autor analiza las tensiones entre PP y Vox, el papel de Feijóo, la estrategia de Sánchez y la posibilidad —todavía casi impensable— de una gran operación de Estado para evitar que la “prioridad nacional” marque la investidura andaluza.

Fotocomposición AH@
  • Campuzano analiza cómo dos escaños andaluces amenazan el equilibrio político entre PP, Vox, Feijóo y Sánchez tras las elecciones.

 

  • Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.

La enseñanza obtenida por Moreno Bonilla desde los apoyos de Vox tras las elecciones de diciembre de 2018 ha ido ganando posiciones hasta el aborrecimiento como calidad política de su prestamista de ayuda entonces, en la campaña electoral de mayo de 2026. Se desprende, pues, una distancia insalvable que no permite pensar, a día de hoy, en acuerdos que hagan posible un entendimiento entre PP y Vox en Andalucía de cara a la investidura del candidato del PP.  La versatilidad de María Guardiola respecto de sus afectos hacia Vox no parece guardar similitud con Moreno. Guardiola milita, aun con las mismas siglas de referencia, en otra clasificación de aspiraciones. La extremeña alcanza la gloria en coincidencia con las fechas electorales en su territorio para dejar paso a otros asuntos debatibles en otros foros fuera de Extremadura. Moreno y Andalucía es cosa muy distinta.

Hasta ahora es el animal político que había podido formar gobierno con Ciudadanos y el apoyo parlamentario de Vox, en 2018, siete meses después de la moción de censura de Pedro Sánchez que resultó triunfadora con la imagen del destronado Rajoy a la salida de un restaurante a la misma hora que Sánchez recibía felicitaciones a pocos metros del bolso de Soraya Sáenz de Santamaría, que ocupaba todo el escaño del ex presidente Rajoy, habida cuenta de su gran tamaño. Simbólicamente, Moreno Bonilla representó en 2018 la pelota devuelta al campo socialista y operó como tal, es decir, con el mérito de arrebatarAndalucía a sus habituales socialistas.  Tras los desafueros de Vox, con su candidato Serrano condenado y a la espera de juicio en la Audiencia por estafa en el manejo de ayudas públicas, y el desmembramiento de Ciudadanos, Moreno volvió a editar éxito en 2022, pero con carácter y suficiencia al vencer por mayoría absoluta.

Desde entonces, el presidente Moreno se ha encargado de representar el papel de valor sosegado y ecualizador de tonos y ruidos que supongan molestias en el programa del PP. Es decir, el envés de Ayuso, en Madrid, quien sola o en compañía de asesores como Rodríguez, se encarga de la presencia del bombo en el papel solista del conjunto sinfónico. Feijóo, como presidente nacional, no podía estar más en armonía con Moreno y dependía mucho del resultado andaluz para permanecer con la calma deseada, fuera del alcance de los denuestos de Abascal y de la programación de índole personal de Ayuso, así en Madrid como en México. Pero todo este designio del 17 de mayo ha sufrido un descolorido porque la mayoría absoluta ha quedado desdibujada por la distancia de dos diputados, los mismos que representan las ínfulas de Gavira, el candidato de Vox, que ya fue elegido en 2018, en la inauguración del marcador de Vox en toda España.

A finales de junio próximo se ha pronunciar el nombre del investido como presidente de Andalucía. Moreno Bonilla y, por dentro de su anatomía y espíritu el invisible Feijóo, se hallan en el papel del que habla el reciente premio Cervantes, Gonzalo Celorio, en su libro autobiográfico “Ese montón de espejos rotos” (Tusquets, 2025), “la relación entre pasado y futuro es día a día más dramática, pues obviamente el primero aumenta en la medida que el segundo disminuye”. El drama lo pone Vox, con su “prioridad nacional”, que saca al presidente en funciones de su costumbre para pisar suelo encharcado con los sintagmas de los derechos humanos y la inmigración como designaciones en las que el alma tiene su participación junto a su envoltorio dentro del género humano.

El partido socialista toca las profundidades de la clasificación, como gusta designar al francés Michel Houellebecq al final de la demarcación de prestigio, pero la sonrisa no desaparece del rostro del presidente Sánchez. El lío de la prioridad nacional amenaza con atar los cordones de los dos zapatos del PP entre sí. Y con la visita del Papa León XIV en mitad de las negociaciones. Sánchez tiene un año para la reflexión sobre el partido de vuelta, que habrá de jugarse ya en todas las demarcaciones de la geografía nacional. La trazada del diario El País, por ejemplo, ya adivina una posible solución de “gran Estado”, el préstamo de todos los votos o de dos del PSOE para que la prioridad nacional sea un juego de procacidad entre frívolos con la camiseta de Vox.

La posibilidad de atrancar la puerta de Vox en sus pretensiones “humanísticas” significaría una transmutación de tal naturaleza entre los dos partidos nacionales contendientes de más raigambre que no está, por el momento, en condiciones de digestión de la realidad. Retumbarían los memes de la presión mediática contra Sánchez, con el eco del “no es no” de 2016. Las elecciones, con su carga. Philip Roth, al aparato, con “Indignación”, (Random House, 2010), “lo que el padre (del protagonista Marcus), sin estudios, se había empeñado tanto en enseñarle: la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas y cómicas obtienen el resultado más desproporcionado”. Dos votos que, descontados de la mayoría absoluta, pueden hacer despeñarse una colección de lugares comunes.

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