- El festival reunirá 58 compañías y 75 funciones con más de 25 estrenos, reforzando su dimensión internacional y su arraigo cultural en la ciudad.
- Crónica gráfica y video de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
No todos los aniversarios llegan con la misma música. Algunos suenan a trámite, a calendario cumplido sin demasiada épica. Otros, en cambio, irrumpen como una fanfarria que obliga a levantar la cabeza y prestar atención. El Festival Hispanoamericano del Siglo de Oro. Clásicos en Alcalá pertenece, sin discusión, a esta segunda categoría. Porque alcanzar los veinticinco años en el ecosistema cultural actual no es solo resistir: es consolidar un relato, generar comunidad y, sobre todo, mantener viva una idea que en su origen podía parecer casi quijotesca. Y, sin embargo, aquí está: más fuerte, más ambicioso y más consciente que nunca de su papel en el mapa cultural español e iberoamericano.
Del 12 de junio al 5 de julio de 2026, Alcalá de Henares volverá a convertirse en ese raro territorio donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y permite que convivan el Siglo de Oro y el siglo XXI sin fricciones aparentes. Más de 75 representaciones, 58 compañías, cerca de 60 propuestas escénicas y más de 25 estrenos absolutos no son solo cifras que engrosan un dossier institucional, sino la evidencia de un festival que ha entendido que la única manera de sobrevivir es evolucionar sin renunciar a su esencia. Porque aquí no se trata de exhibir el pasado como si fuera una reliquia, sino de activarlo, de hacerlo dialogar con el presente y, en cierto modo, de proyectarlo hacia el futuro.
Un cuarto de siglo que ha hecho ciudad
La presentación oficial en el Teatro Salón Cervantes tuvo esa atmósfera híbrida entre acto institucional y celebración compartida que solo se consigue cuando un proyecto ha calado de verdad en su entorno. Sobre el escenario, las intervenciones de Santiago Alonso, Manuel Lagos y Clara Pérez marcaron el relato oficial de una edición que se presenta como histórica. Pero tan importante como lo que se dijo fue quién estaba allí para escucharlo. En el patio de butacas se reunía una representación significativa del tejido político, institucional y cultural de la ciudad, los concejales del equipo de gobierno, Antonio Saldaña, Víctor Cobo y Pilar Cruz, y la socialista María Aranguren, la portavoz municipal de Mas Madrid, Rosa Romero, la vicerrectora de la Universidad de Alcalá Esperanza Gutiérrez, el gerente de la Fundación Teatro de la Abadía Juan Jiménez o la directora del Parador Olivia Reina, entre otros perfiles que evidencian que este festival ha dejado de ser un evento para convertirse en una política cultural sostenida en el tiempo.
En ese contexto, Santiago Alonso sintetizó con precisión el recorrido del festival al afirmar que hay proyectos que cumplen años y otros que hacen ciudad, y que Clásicos en Alcalá ha logrado ambas cosas . La frase no es menor, porque apunta a la verdadera transformación que ha experimentado el evento: de programación cultural relevante a elemento estructural del relato identitario de Alcalá. Durante veinticinco años, el festival ha conseguido que el casco histórico deje de ser únicamente patrimonio para convertirse en escenografía viva, en un espacio donde los textos de Lope de Vega o Calderón de la Barca no solo se representan, sino que dialogan con la propia ciudad que los acoge.
El lema elegido para esta edición es ‘Celebra los clásicos’
El lema elegido para esta edición, “Celebra los clásicos”, podría parecer, a primera vista, una fórmula previsible. Sin embargo, encierra una toma de posición clara frente a una de las tensiones habituales en los festivales de repertorio: la que enfrenta conservación y renovación. Aquí, la apuesta es inequívoca. Como subrayó Clara Pérez, el aniversario “no es cifra, sino fiesta” , y esa idea atraviesa toda la programación. Se trata de reivindicar el legado del Siglo de Oro, de Miguel de Cervantes a Sor Juana Inés de la Cruz, sin encerrarlo en una urna, permitiendo que respire a través de nuevas dramaturgias, lenguajes híbridos y propuestas escénicas que incorporan música, danza o elementos performativos.
La programación da buena cuenta de esa voluntad. Los estrenos absolutos vuelven a ocupar un lugar central, con títulos como Los locos de Valencia, en versión de José Luis Alonso de Santos, o El lindo don Diego, que revisita a Moreto desde una mirada contemporánea. A ellos se suman producciones como La dama boba, coproducida con México, o Nascencia, del Ballet Español de la Comunidad de Madrid, que amplían el campo de lo clásico hacia la danza. La presencia de nombres como Silvia Marsó, Secun de la Rosa, Rafael Álvarez El Brujo o Paloma San Basilio refuerza además la capacidad del festival para atraer a públicos diversos sin renunciar a la exigencia artística, consolidando ese equilibrio siempre delicado entre prestigio y accesibilidad.
Un festival expandido: música, danza, calle y creación complutense
Uno de los rasgos más interesantes de esta vigésimo quinta edición es la ampliación de los lenguajes y formatos que conviven bajo el paraguas del festival. El teatro sigue siendo el eje, pero ya no es el único territorio. La música adquiere un peso específico con propuestas que van desde el poema sinfónico Don Quixote de Richard Strauss hasta el Don Giovanni de Mozart o el concierto flamenco de Vicente Soto Sordera, estableciendo un diálogo entre tradición culta y popular que enriquece la lectura del Siglo de Oro. La danza, por su parte, se articula a través del Ballet Español de la Comunidad de Madrid, la compañía Losdedae o el Ballet Albéniz, configurando un mapa escénico donde el movimiento se convierte en otra forma de interpretar los clásicos.
A ello se suman propuestas de títeres, narración oral, teatro de calle y espectáculos familiares que buscan ampliar la base social del festival. La inauguración en la plaza de Cervantes, con un montaje aéreo de gran formato, será el primer aviso de esa vocación expansiva. Pero quizás uno de los aspectos más significativos sea la consolidación del sello “Creación Alcalá”, que reúne cerca de una veintena de propuestas locales y que refleja la existencia de un tejido cultural vivo, diverso y en crecimiento. Compañías profesionales, grupos amateurs, formaciones musicales y colectivos escénicos encuentran aquí un espacio de visibilidad que no solo reconoce su trabajo, sino que lo integra en el relato global del festival.
En paralelo, las actividades académicas y profesionales, como las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro o la Academia de Espectadores, refuerzan la dimensión reflexiva del evento, convirtiéndolo en un lugar de encuentro entre creadores, investigadores y público. No se trata solo de ver teatro, sino de pensarlo, discutirlo y situarlo en un contexto más amplio que conecta tradición, contemporaneidad y futuro.
Dani Muriel y el latido real del festival
Y cuando el acto oficial parecía haber concluido, llegó ese momento que no figura en los programas pero que a menudo define mejor que ningún discurso el espíritu de un evento. La conversación mantenida con Dani Muriel, protagonista del estreno de Los locos de Valencia, permitió asomarse al festival desde la mirada de quienes lo viven sobre las tablas. Lejos de la retórica institucional, Muriel habló con naturalidad a este medio de su relación con Alcalá, a la que definió como un referente tanto en lo profesional como en lo personal, recordando experiencias previas que han marcado su trayectoria .
Sobre el montaje que abrirá el festival, adelantó algunas claves que ayudan a entender el tono general de la programación: una comedia de enredo, con presencia de música y coreografías, que apuesta por el disfrute del verso desde una perspectiva dinámica y accesible. “Es disfrutar de ese verso tan maravilloso”, resumió, subrayando la importancia de conectar con el público sin perder la esencia del texto clásico. Su testimonio, más allá de la anécdota, apunta a una realidad que el festival ha sabido cultivar durante años, Alcalá no es una plaza más en el circuito teatral, sino un lugar donde el público responde de manera especial, donde el teatro se vive con intensidad y donde el encuentro entre actor y espectador adquiere una dimensión casi ritual.
Y es precisamente en esa relación donde reside, probablemente, el secreto de la longevidad de Clásicos en Alcalá. Porque más allá de las cifras, de los nombres o de los discursos, lo que sostiene el festival es esa experiencia compartida que se renueva cada verano. Una especie de pacto tácito entre quienes suben al escenario y quienes ocupan las butacas, o las plazas, o las calles, que convierte cada representación en algo irrepetible. Como si, por unas semanas, el tiempo se detuviera y permitiera que el Siglo de Oro volviera a latir, no como recuerdo, sino como presente.






















