Érase una vez, entre el palacio de cristal y micrófonos del Congreso de los Diputados en Madrid y el hemiciclo de Les Corts Valencianes, una tropa tan disparatada que Pedro Almodóvar, tras leer el guion completo, se santiguó tres veces, se llevó la mano al pecho y murmuró: «Cariño, esto es demasiado. Me quedo con las mujeres al borde de un ataque de nervios y os dejo a vosotros… que esto ya es un vodevil interregional con reparto extendido».
Todo empezó un martes cualquiera, cuando Miguel Tellado entró con paso firme de ferrolano que va a por pulpo fresco. Llevaba el pelo impecable, la americana bien planchada y la voz de sargento que acaba de descubrir que el enemigo no solo copia mal las tareas, sino que además las devuelve con faltas de ortografía. «¡Atención todo el mundo! —tronó—. Yo soy el secretario general y aquí se hace oposición sin faltar al respeto… aunque a veces cueste un huevo de pulpo y media docena de chistes malos».
A su lado, casi como su sombra perfumada y perfectamente coordinada, caminaba su miniyo: Jaime de los Santos, vicesecretario de Educación e Igualdad, con pañuelo de seda, chaqueta de cuadros , y camisa blanca desabotonada, asomando con elegancia y mirada de quien ha visto más bolsos de Elvira Fernández que decretos de urgencia. Llevaba un carrito invisible cargado de colonias de lujo, desodorantes estratégicos y sentido del humor en oferta de Black Friday. «Queridísimos, dijo con dramatismo de diva que acaba de descubrir un hilo suelto en la alfombra roja, yo solo soy el miniyo de Miguel Tellado… y, por cierto, ¿alguien ha visto a esos personajes de Sumar? Bastante poco aseados, la verdad. Me refiero a falta de aseo personal… e intelectual, pero eso es otra cosa. Solo pido un poquito de sentido del humor, por Dios, que aquí todos parecemos salidos de un reality de supervivencia sin ducha» menos él, claro está.
De repente, las puertas del hemiciclo se abrieron de golpe, como en una comedia de enredo de los años ochenta, y apareció Cuca Gamarra, con cara de riojana sensata que solo quería ser alcaldesa de Logroño y ahora se veía metida en este vodevil parlamentario. Llevaba un informe de regeneración institucional bajo el brazo y suspiró con la paciencia de quien ha oído mil excusas: «Chascarrillos de fin de semana, nada más. No saquemos las cosas de su ámbito. Que yo vengo de regeneración y esto parece un mercadillo de los jueves con todo el mundo regateando verdades».
Detrás irrumpió Cayetana Álvarez de Toledo, la Argentina del grupo, taconeando como si el suelo de mármol fuera un escenario del Teatro Colón en versión porteña-madrileña. Agitaba un abanico imaginario con dramatismo de telenovela y exclamó con acento que mezclaba Recoleta y Chamberí: «¡Ay, por favor! ¿Alguien me explica por qué Sánchez parece que tiene un problemilla de salud? Desclasifiquen su historial médico, carajo. Esto no es un gobierno, es una telenovela venezolana mal escrita, con guionistas en huelga y decorados de saldo».
Completando el coro de las chicas del montón llegó Ester Muñoz, la leonesa portavoz del Grupo Popular en el Congreso, abogada de profesión y con una lengua capaz de dejar a cualquiera sin respuesta y con la boca abierta. Entró con paso decidido, sonrió con ironía y soltó uno de sus zascas habituales: «Acabamos con el felipismo, con Zapatero y acabaremos con Sánchez… pero mientras tanto, aquí seguimos fiscalizando como quien pela patatas, con paciencia y buen pulso».
Y cerrando la comitiva, como si llegara tarde a su propio TikTok en directo, apareció Noelia Núñez, la influencer del grupo, móvil en mano y sonrisa que iluminaba más que los focos del techo. Su currículum, sin embargo, se evaporaba como humo de cigarrillo cada vez que alguien lo miraba con demasiada atención. «Chicos, mirad este reel nuevo. Hoy toca movilización y reto digital… Ups, se me borró otra vez el doble grado. Error técnico, nada más. Dadle like igual, que la vida es corta y los títulos más todavía».
La escena se trasladó a una rueda de prensa que parecía sacada de un sueño febril de Buñuel. Tellado levantó la voz con solemnidad gallega: «Sánchez vive del odio, del resentimiento… Necesita irse a la Guerra Civil para activar a su electorado. Y al frente de esa herramienta llamada Hodio estará Óscar Puente, el ministro más odioso del reino. ¡Yo, en cambio, intento todos los días hacer oposición sin faltar al respeto a nadie… aunque a veces me pique el pulpo!».
Jaime, su miniyo, sacó un espray invisible y roció el aire con elegancia: «Mirad, yo solo dije poco aseados… y lo mantengo. Falta de aseo personal e intelectual. Pero claro, ellos no tienen sentido del humor. España, por favor, ríete un poco. Que yo vengo de asesorar imagen y sé cuándo una americana sienta mal y cuándo un ministro huele a 15M pasado de fecha».
Cuca repitió su mantra con paciencia infinita de santa riojana: «Solo chascarrillos de fin de semana». Cayetana se subió a un escaño como si fuera un escenario: «Sánchez copia las medidas del PP y luego nos llama fachosfera. Por favor, desclasifiquen todo». Ester Muñoz cruzó los brazos y remató con su estilo directo: «El Congreso le molesta al presidente, y la ley, si no le sirve, se la salta». Noelia seguía grabando sin parar: «Like si queréis que el doble grado fantasma vuelva a aparecer por arte de magia».
Mientras tanto, en Valencia, la vicepresidenta Susana Camarero soltaba en Les Corts un zasca memorable acusando a la izquierda de machismo de libro y recordando que «consienten que el Gobierno esté lleno de prostitutas», todo por defender a la pareja del president. ¡Qué nivel de comedia regional! Vox también se ha sumado a este vodevil con sus propios casos de nepotismo… ¿Dónde está el juez Peinado cuando se le necesita para repartir entradas?
De pronto todas las puertas del hemiciclo se cerraron con un golpe seco, como en una mala película de terror cutre. Nadie podía salir. Las luces parpadeaban con ritmo de discoteca de los noventa. Era como si el destino hubiera decidido rodar allí mismo una versión cutre de El ángel exterminador, pero con acento gallego, porteño y leonés. Tellado intentaba organizar el caos como un director de orquesta enloquecido. Jaime rociaba colonia a diestro y siniestro, creando nubes perfumadas que flotaban sobre los escaños. Cuca suspiraba con elegancia de marquesa. Cayetana agitaba su abanico imaginario con furia tanguera. Ester Muñoz preparaba otro zasca afilado. Noelia grababa sin parar, convirtiendo el desastre en contenido viral.
Y en medio de aquel aquelarre distópico, apareció Alberto Núñez Feijóo, con megáfono en mano y cara de director de cine que ya no sabe si reír, llorar o pedir un café doble. Después de Brus Esprinter llega ahora a nuestras pantallas “Delson Mandela”, por obra y gracia del señor que no es presidente porque no quiere. ¡Todos y todas candidatos a la nominación a los premios Humorís Causa de Alcalá Today!
En el momento de juntar estas letras, el PP anuncia que se abstendrá en la votación del decreto. ¡Qué oportuno! Como si la oposición no tuviera ya bastante con su propio guion lleno de giros inesperados y actores secundarios que se creen protagonistas.
«¡Corten de una vez! gritó Feijóo con voz de hastío amoroso. Esta tropa es demasiado buena para ser verdad. La función sigue en cartelera todos los días y el público paga la entrada con sus impuestos. Pero oiga, al menos nos reímos».
Las luces se apagaron lentamente. Sonó un pasodoble mezclado con tango argentino y un fondo de reguetón político. Las cortinas rojas se cerraron solas, como si tuvieran vida propia y ganasen sueldo por aparecer.
Y colorín colorado, este cuento surrealista de la tropa de Feijóo… sigue sin tener final. Porque cada día, en ese palacio de cristal y micrófonos —y también en Les Corts—, se abre otra escena más loca que la anterior. Y nosotros, sentados en la butaca, solo podemos hacer una cosa: reírnos y disfrutar de nuestras palomitas. Porque si no nos reímos de esta función… ¿de qué narices nos vamos a reír?


















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