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Una reflexión sobre el avance del individualismo y la pérdida del sentido colectivo en España, entre memoria social, cultura y desafíos estructurales actuales.

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- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
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El pulso entre lo individual y lo colectivo existe desde que el mundo es mundo, e impregna lo biológico, pero también lo social.
Varios mitos de la Grecia clásica —Antígona, Aquiles, Orestes— dan cuenta de la tensión entre el individuo y la pólis, que representa lo colectivo. Esopo también se interesó por el tema en El haz de varas. En la fábula, un anciano teme que las discusiones entre sus hijos acaben con la familia, así que los reúne a todos y les pide que intenten tronchar un haz de varas entrelazadas. Ninguno es capaz. Después les entrega las varas por separado para que las rompan con facilidad, mientras les moraliza: «unidos sois fuertes; separados, débiles».
El Renacimiento supone un nuevo impulso de lo individual, aunque algunos advierten ya de sus riesgos: a finales del siglo XV, el humanista alemán Sebastian Brant publica La nave de los necios, una sátira en la que una embarcación llena de personajes nefastos y absurdos navega hacia el caos y el desgobierno. Su coetáneo, Hieronymus Bosch, el Bosco, plasma la alegoría en una tabla inolvidable: un barco a la deriva donde los pasajeros están más pendientes de sus propias cuitas que del rumbo común. ¡Cómo no trazar un paralelismo con el panorama actual!
Quinientos años después, otro neerlandés, el psicólogo social Geert Hofstede, elabora otro minucioso marco teórico con el que analizar las diferencias culturales entre países. De entre las seis escalas dicotómicas que propone, la más singular y robusta es aquella que distingue a las culturas individualistas de las colectivistas.
En una de las pruebas para determinar la posición relativa de cada país en la escala, se pide a los participantes que describan una pecera. Las personas de culturas individualistas ponen su atención en los peces —tamaño, número, color—, mientras que las de culturas colectivistas lo hacen más en el contexto —turbiedad del agua, plantas, características de la pecera—. Algo parecido ocurre cuando se les pide que se describan a sí mismos: unos apelan a rasgos personales y a disposiciones internas —soy alto, inteligente, extrovertido—, mientras que los otros se centran en su rol social y su grupo de referencia —soy hijo/padre/hermano de, miembro de tal o cual comunidad—. En psicología se habla del yo independiente frente al interdependiente, de la identidad personal frente a la grupal.
España lleva décadas en una especie de deriva tectónica en dirección nornoroeste, hacia posiciones más individualistas. Las causas de este desplazamiento, lento pero implacable, son múltiples. Durante buena parte del s. XX, la identidad en nuestro país estuvo estrechamente ligada a la familia extensa, que proporcionaba redes no solo afectivas, sino también económicas y sociales. No era raro que varias generaciones convivieran bajo un mismo techo. El abandono del mundo rural y la migración a las ciudades trajeron consigo el anonimato social, la reducción del número de hijos y de los metros cuadrados de la vivienda. A estos factores se sumaron otros, como el reconocimiento de nuevas libertades individuales, la incorporación de la mujer al trabajo, el paulatino deterioro del tejido industrial, la inestabilidad laboral o el debilitamiento sindical.
Un elemento fundamental fue la importación y el consumo masivo de artefactos culturales norteamericanos (EE.UU. es el país que puntúa más alto en la escala de Hofstede): su música, su cine, sus marcas, sus héroes, y, con ellos, sus valores. Una cultura que demonizaba cualquier palabra que empezara por «común» o «colectivo» y sacralizaba aquellas precedidas por «ego» o «auto», que consagró la idea de que cada uno es artífice de su propio destino y, por ende, tiene lo que se merece y se merece lo que tiene.
El peligro de ese discurso, que tenemos absolutamente interiorizado, es creer que cada cual es responsable de sus problemas y de ponerles solución, lo que explica fenómenos como la autoexplotación, que alimenta al monstruo insaciable de la productividad, la autoayuda, el narcisismo digital o la industria del coaching. Si algo falla, el diagnóstico es siempre el mismo: no te has esforzado lo suficiente, no has sabido reinventarte, no has gestionado bien tus emociones.
Sin embargo, muchos de los desafíos que afrontamos difícilmente pueden resolverse desde el ámbito estrictamente personal. El precio de la vivienda, la precariedad laboral o la fragilidad de los sistemas de cuidados son problemas estructurales. Convertirlos en cuestiones privadas no solo es falaz, también resulta extraordinariamente conveniente para quienes se benefician de la atomización social y el statu quo.
La semana pasada asistí a la presentación del libro Frontera Azul, que cuenta la vida en el Lianchi durante los años 70 y 80. Con una nostalgia enternecedora pero claudicante, como de peluche viejo, se habló de las huelgas de Ibelsa, de las asociaciones vecinales, de las redes de apoyo del barrio. Uno se pregunta: ¿en qué fecha se pasó de moda el bien común? ¿Cuándo dejó de ser hermosa la palabra solidaridad? ¿En qué momento guardamos en el trastero la conciencia colectiva?
Llámenme ingenuo, pero creo que la vieja fábula de Esopo sigue conservando toda su vigencia: las varas sueltas se quiebran con mayor facilidad.
La pregunta sigue en pie, para quien quiera darle una vuelta: ¿en qué momento rendimos el nosotros?

















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Excelente reflexión sobre la tiranía del individualismo. Uno de los factores más determinantes es el constante empeño de los poderosos para acabar con el sindicalismo. Los trabajadores aislados, como las varas solas, se quiebran más fácilmente que unidos, y así es más cómodo y viable terminar con sus derechos. Cada vez que destruyen a un sindicalista están sacando una vara de la trama común.