- Pilar Blasco es licenciada en Lengua española y ha colaborado en publicaciones locales en temas de actualidad política y cultural.
Tengo la edad suficiente para recordar perfectamente la campaña con ese nombre que la entonces oposición política, Izquierda en general, la que ahora gobierna y no sabe qué hacer a la fecha con el tema, desató contra el gobierno de Aznar y su adhesión a los Estados Unidos en su intención de invadir Irak sin venir a cuento. Hablamos de 2003. Los problemas supuestamente venían de Afganistán, donde se refugiaban los terroristas de alto nivel internacional, donde se escondía Ben Laden y su Al Qaeda, la base del terrorismo islamista que entonces asolaba Occidente en acciones sangrientas aquí y allá, las que culminaron con el ataque a las torres gemelas de Nueva York en 2001 y siguieron después.
Sin saber porqué y sin explicación convincente más allá del mantra de las “armas de destrucción masiva” que supuestamente escondía Sadam Hussein en el desierto, la administración Bush, sin cobertura de la OTAN, sin el permiso expreso de la ONU titubeante hasta el final, invadió Irak a sangre y fuego. Gobernado hasta entonces por un personaje prototipo de la región de Oriente Medio. Un sátrapa corrupto y cruel que había protagonizado años anteriores una seria crisis expansionista en el Golfo Pérsico -primera guerra del Golfo- y que sometía con mano de hierro a su pueblo, controlaba las facciones islamistas y consentía un cierto grado de modernidad social. Nada diferente en la zona. Las razones por las que se invadió, se deshizo aquel país y se ejecutó al sanguinario dictador se fundaban, supuestamente, en una mezcla de temores de amenaza terrorista de efectos tan trágicos y recientes, más la posibilidad de que en el futuro tomara el testigo de la protección y cobijo del terrorismo internacional. O algo así. Tampoco lo sabemos.
Los efectos en nuestro país fueron los esperados. Ya que nuestro entonces presidente se alineaba con el de USA, del que se hizo visitante asiduo y amigo personal, la oposición y sus allegados tomaron la pacifista, electoralmente interesada postura correspondiente. La consigna No a la guerra hizo un efecto extraordinario en la sociedad. Pocas veces los españoles de uno y otro signo, ojo, se han sentido tan motivados, impelidos a las manifestaciones masivas con un fervor que no se ha vuelto a repetir con otras invasiones y otras guerras, que las ha habido y las habrá. Aún sufrimos los efectos de aquella pancarta que traería consecuencias año más tarde de manera indirecta, creemos.
Tanto éxito tuvo la frase “de cuatro palabras”, que estos días, 23 años después, nuestro presidente, la ha repetido en el Congreso con la boca izquierda, con aparente sentida y dramática convicción, para expresar otra vez más la consabida oposición a la alianza con USA. Sin encomendarse a nadie y sin medir las consecuencias. Nada nuevo, ya conocemos y sufrimos decisiones parecidas de importancia geopolítica que nos afectan, tomadas en un calentón nocturno bajo chantaje o presión externa, o porque yo lo valgo. Tampoco lo sabemos.
Mientras, con la boca derecha, en una esperpéntica ventriloquia y marionetismo con su ministra de Defensa, la inefable Margarita Robles, concedía el insoslayable permiso y colaboración con las tropas de intervención en Irán. Para estar en contra de la operación con el No a la guerra tan aplaudido por los suyos, teniendo en cuenta que el día anterior había “prohibido” el uso de las bases españolas a las tropas americanas, al día siguiente, 24 horas después, mandaba el buque insignia de la Armada, el Cristóbal Colón nada menos, a Chipre por lo que pueda pasar. ¡Cómo te quedas! Eso sí que es poner a prueba la fidelidad de los suyos y el aguante de los demás. A prueba de bombas y de invasiones.
No es mi intención en principio relatar ni analizar los conflictos pasados ni el actual, sino poner de relieve a partir de los hechos, esa máxima según la cual la Historia se repite (a veces) en forma de farsa. En el caso español, podemos decir que las reacciones a la guerra, a las guerras del mundo, se repiten en ese estilo caricaturesco de nuestro carácter (Valle Inclán, Berlanga). Según conviene a la ideología dominante o a la otra, las invasiones y los ataques se enfocan en plan belicista o pacifista a conveniencia. Visceralidad ideológica frente a racionalidad crítica. Será que no tenemos remedio. Examinemos si no las actitudes respecto a los últimos conflictos, Siria, ucrania, Israel, Gaza, Venezuela, Irán. Y sobre todo las acciones, en muchos casos, contradictorias, incongruentes, los bandazos, las paradojas y paranoias, la arbitrariedad. Manifestaciones, ayudas, ataques, condenas, feminismos, silencios, propaganda, flotillas, Premios Goya, etc. En ese comportamiento no estamos solos, nuestra querida débil y errática Unión Europea nos secunda. O nos arrastra. Tampoco lo sabemos.


















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¿Y?
El artículo iba bien hasta el penúltimo párrafo. Mandar un buque a Chipre (país europeo que ha recibido un misil) en misión defensiva no es participar en la guerra.
¿Y la conclusión? No me ha gustado nada este artículo, sesgado y manipulador. A su autora se le ve el plumero.
Articulo excelente, hay que poner las cosas en su sitio y no esconderlas detras de discursos faciles sin sentidos y viejos, siempre volver a un pasado para confrontar.