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Dimisiones en bloque tras el cese de Viciana evidencian luchas ideológicas en Educación madrileña y reabren el debate sobre financiación universitaria pública.

Ay, ay, ay, qué espectáculo nos ha montado Isabel Díaz Ayuso en plena Puerta del Sol. Justo cuando pensábamos que su Gobierno era más sólido que el Bernabéu en derbi, resulta que le ha estallado en la cara el primer motín de verdad desde 2019. Y no un motín cualquiera, no: un motín de pocholos. Sí, han leído bien. Pocholos. Con h y todo. Porque en el PP de Madrid, cuando quieres insultar con cariño a un treintañero de americana entallada, pelo peinado con secador y cero arrugas políticas, le dices «pocholo». Y ahora, varios de ellos han decidido hacer un mutis por el foro colectivo porque a la jefa se le ha ocurrido cesar a su consejero favorito. ¡Qué drama, por favor!
Todo empezó a mediados de febrero de 2026, cuando Ayuso, harta de que la ley de universidades estuviera más atascada que la M-50 un viernes por la tarde, decidió mandar a paseo a Emilio Viciana, el consejero de Educación, Ciencia y Universidades. Oficialmente, «por el bien común» y esas cosas. Extraoficialmente, porque el chaval y su pandilla estaban convirtiendo la Consejería en una especie de club de fans ultraconservador con presupuesto de 7.000 millones. Y claro, cuando caes tú, cae el clan entero. Como en las pelis de mafiosos italianos, pero en vez de «familia» dicen «coherencia».
Primero dimitió Pablo Posse, portavoz de Educación en la Asamblea, diciendo que se iba «por coherencia». Luego le siguieron Mónica Lavín (Política Social) y Carlota Pasarón (Juventud). Tres diputados del PP renunciando a sus escaños como si fueran calcetines viejos. ¡Qué generosidad! Detrás vinieron dos directoras generales de la Consejería que también pusieron pies en polvorosa. Y el remate: Antonio Castillo Algarra, el gran Rasputín cultural de Ayuso, el mentor, el gurú, el que les daba clase gratis de Lengua y Filosofía en su academia mientras soñaba con desterrar el inglés del bilingüismo («no lo necesitamos», decía el hombre). Pues este señor, director artístico del Ballet Español de la Comunidad (esa joyita financiada con pasta pública para promocionar el «teatro culto y divertido»), también dimitió. ¡Por coherencia, claro! Porque si el jefe se va, el ballet se queda sin director y la Hispanidad sin su coreografía franquista preferida.
A este grupito de treintañeros con pinta de anuncio de Massimo Dutti les llaman los Pocholos sus propios compañeros del PP. No ellos, eh, que seguro que se autodenominan «la vanguardia ideológica» o algo así. No: pocholos. Niños pijos, imberbes, guapitos, con cero experiencia pero con una autoestima que les llega al techo de Recoletos. Y ahora, en plan drama shakesperiano de bajo presupuesto, han montado su particular rebelión porque Ayuso les ha cambiado el consejero por Mercedes Zarzalejo, que suena a más pitbull que a pocholo. La oposición, encantada de la vida, ya ha bautizado el cambio como «sustituir pocholos por pitbulls». Y Ayuso, en el Pleno, soltando perlas: que la izquierda trae «saltimbanquis, okupas, quemacajeros y amantes de saunas». ¡Ole sus formas! Nada como defenderse atacando para que no se note el terremoto interno.
Y aquí entramos nosotros, los de Alcalá de Henares. Porque mientras en Sol se pelean por quién es más coherente (o más pijo), en nuestra ciudad la cosa va de verdad. La Universidad de Alcalá, una de las seis públicas madrileñas, lleva meses pidiendo financiación como quien pide limosna en la puerta de la catedral. Recortes del 35 %, deudas sin pagar, infraestructuras paradas… Y la ley de universidades, que iba a solucionarlo todo, sigue en el limbo porque los pocholos la tenían secuestrada con sus ideas ultraliberal-privatizadoras. Padres de instituto, profesores de FP, alumnos de la UAH… todos esperando a ver si la nueva consejera desatasca el follón o si seguimos con listas de espera eternas mientras en Twitter se ríen con memes de «niños pijos rebeldes».
Ayuso ha minimizado el asunto, claro. Dice que Viciana era «honrado» y que la crisis es cosa de cuatro idealistas. Pero en los pasillos del PP madrileño ya se habla de «volantazo necesario» para quitar poder a los que venían de la academia de teatro del Rasputín y poner a gente con más callo político. El ala dura (Miguel Ángel Rodríguez, Rocío Albert…) llevaba tiempo mosqueada con estos jovencitos que controlaban Educación como si fuera su patio de recreo particular. Y ahora, zas: autoinmolación en directo. Se han ido casi todos en bloque, como si hubieran ensayado el numerito en el Ballet Español.
En redes, el cachondeo es monumental. Fotos de jovencitos con americana y cara de «me han robado el chupete», hilos eternos preguntando «¿quién coño son los Pocholos?» y hasta chistes sobre si el motín incluye quemar americanas de Zara en la Plaza Mayor. La izquierda lo aprovecha para hablar de «clan enchufado», «corrupción en FP» y «gobierno de lealtades personales». Y nosotros, los alcalaínos, mirando desde la grada con una mezcla de indignación y risa floja. Porque la educación no es un sainete, aunque últimamente lo parezca.
Al final, lo que queda es lo de siempre: mientras los de arriba se pelean por el sillón y la coherencia, abajo seguimos esperando plazas en FP, becas decentes y que la Complutense no tenga que pedir un préstamo como si fuera un estudiante con resaca. Ayuso conserva la mayoría absoluta, sí, pero ha perdido un pedacito de aura invencible. Y los Pocholos… pues se han ido con su ballet, su coherencia y su melenita bien peinada. Que les vaya bonito en el sector privado, que allí al menos no hay que dimitir por coherencia: directamente te echan y ya.
En Alcalá, mientras tanto, seguimos a lo nuestro: estudiar, trabajar y esperar que la próxima crisis no nos pille con el título en la mano y sin curro. Porque si la política es un circo, al menos que nos den palomitas gratis. ¡Venga, Isabel, tú puedes! O no. Total, ya sabemos cómo acaba el motín: con más memes y menos universidades financiadas.
















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El gurú del clan no tiene aspecto de pijo; más bien parece un bohemio. Y no parece especialmente conservador: en su blog y cuenta de Twitter hay abundantes críticas contra Vox, Trump y el ABC (tras despedir a J. P. Quiñonero por sus críticas a la extrema derecha).
Que esté contra el bilingüismo (buque insignia del PP madrileño y del aguirrismo) demuestra que no está en esas coordenadas políticas. Es un grave error calificar la reivindicación de la Hispanidad de «franquista».
Me gusta eel artículo del director. Me gustaría saber si nuestra alcaldesa (y su mediocre séquito) está conforme con que «la educaión sea un sainete» en nuestra ciudad (y en toda la comunidad) porque Piquet es admiradora acérrima de Ayuso, de sus políticas y de todo lo que la «ama» diga sea cierto o mentira, estrambotico o ¿sensato?, insultante o ecuánime… ¡Viva la política de la derecha que su única finalidad es PRIVATIZAR.