- Por Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY, cronista accidental de una nevada amable, urbana, navideña, cervantina y felizmente inofensiva para todos.
- Crónica gráfica de Pedro Enrique Andarelli para ALCALÁ HOY
No fue Filomena. Y menos mal. Pero tampoco fue una anécdota. La mañana en que la nieve volvió a Alcalá de Henares tenía algo de reencuentro contenido, de saludo educado entre viejos conocidos que ya saben hasta dónde pueden llegar. La ciudad, escarmentada y algo desconfiada desde aquel enero de 2021 que aún cruje en la memoria colectiva, recibió esta nueva nevada con prevención, con sal preparada, con planes activados y con esa mezcla tan nuestra de prudencia y guasa: “que nieve, pero poquito”. No hubo pánico ni épica forzada, solo una atención especial al cielo y al suelo, como quien camina con cuidado pero sin dejar de disfrutar del paisaje.
Salí temprano. Porque la nieve, si no se mira a tiempo, se convierte enseguida en barro narrativo. Y porque Alcalá, cuando amanece blanca, merece ser recorrida despacio, como si uno caminara por dentro de una postal que todavía no sabe si va a ser histórica o simplemente hermosa. Desde las alturas, la ciudad parecía haberse puesto de acuerdo: tejados alineados, chimeneas silenciadas, torres e iglesias con ese aire de grabado antiguo que solo concede la nieve fina, la que no grita ni impone. Desde arriba, Alcalá siempre recuerda quién es: un lugar donde la historia no pesa, flota.
Al bajar, el casco histórico iba recuperando el pulso sin aspavientos. Las calles seguían siendo calles, no pistas de hielo apocalípticas. Los pasos eran prudentes, sí, pero no había miedo. La nieve se había posado sobre estatuas, árboles, setos y esculturas con una delicadeza casi escenográfica. Parecía colocada por un regidor invisible, muy de teatro barroco, muy complutense. Todo estaba donde debía estar, solo que cubierto por una capa blanca que suavizaba aristas y silencios.
En la Plaza de los Santos Niños, las piedras centenarias aceptaban la visita blanca con esa resignación sabia que solo tienen los lugares que ya lo han visto todo. En el centro de la plaza, en obras, el Monumento al Descubrimiento permanecía cercado pero incólume, ajeno al ruido y a las vallas, esperando su inminente traslado con la serenidad de quien sabe que se mueve, pero no desaparece. Muy cerca, pero cada cual en su escenario, Isabel la Católica permanecía firme en la Plaza de Palacio, en una esquina del Palacio Arzobispal, custodiando el llamado Pico del Obispo, ese aparcamiento amurallado y sorprendentemente público que parece un secreto compartido. Catalina de Aragón, su hija, aguardaba en la Plaza de las Bernardas, mirando de frente al Museo Arqueológico y Paleontológico Regional, en uno de los enclaves más singulares y elegantes de la ciudad Patrimonio.
La Calle Mayor ofrecía uno de esos regalos que justifican salir de casa aunque haga frío: Don Quijote y Sancho Panza cubiertos de nieve, conversando como siempre, pero esta vez con gorro invisible. El bronce aceptaba la escarcha con dignidad, y uno tenía la sensación de que, si afinaba el oído, podría escuchar algo así como: “Sancho, no es gigantes lo que ves, sino copos”. Alcalá, incluso nevada, no pierde el sentido del humor ni la literatura.
En la Plaza de Cervantes, la Navidad buscaba su sitio entre obras ya en fase final, vallas provisionales y estructuras que anuncian lo que está por venir. La pista de hielo, cubierta por una capa blanca que no estaba en el guion, parecía un chiste involuntario, casi un comentario irónico del propio invierno. La noria, inmóvil, observaba la escena con esa paciencia de feria desmontable que lo ha visto todo y sabe que pronto volverá a girar.
Y fue allí, frente al Ayuntamiento, donde la realidad decidió mezclarse con el relato. De manera casual —que es como suceden las cosas auténticas— coincidí con la alcaldesa Judith Piquet, acompañada por la primera teniente de alcaldesa Isabel Ruiz Maldonado y el concejal de Festejos, Obras y Tradiciones Populares Antonio Saldaña, en pleno preparativo de la Cabalgata de Reyes de esa tarde-noche. La escena tenía algo deliciosamente surrealista: responsables municipales, Reyes Magos, frío matinal, nieve reciente y cámaras. Accedieron amablemente a un posado para ALCALÁ HOY. Sin solemnidades excesivas. Sin artificio. Como debe ser cuando la ciudad se reconoce a sí misma en un espejo cotidiano.
Después, sin abandonar el centro, el paseo continuó hacia la Plaza de San Diego. Allí esperaban Cisneros, la Universidad Cisneriana y el gran árbol de Navidad que este año ha presidido el espacio con discreción elegante. La nieve se posaba sobre los setos, sobre el empedrado, sobre la historia universitaria, recordándonos que aquí el conocimiento también ha aprendido a convivir con el invierno y con el paso lento del tiempo.
La nevada, finalmente, se fue diluyendo sin drama. No dejó árboles rotos ni imágenes de devastación. No paralizó la ciudad ni alteró su carácter. Fue, más bien, una visita educada. La primera nevada visible en Alcalá desde Filomena sirvió para comprobar que hemos aprendido, pero también para recordar algo importante: la nieve no siempre viene a destruir; a veces solo viene a contar.
Y aquella mañana, Alcalá contó un cuento. Blanco, breve, con sentido del humor. Un cuento donde la ciudad siguió siendo ciudad, incluso cubierta de copos.
Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante magia.

















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