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Un paseo navideño por Alcalá, entre lotería, obras, vermús y política cotidiana, narrado desde la ironía del Grinch urbano.
- Javier Bardón es profesor de Psicología Social, escritor y peatón»
Transitas apresurado por el calendario de adviento, de suceso en suceso. Es en estos días cuando más sientes el peso de la levedad. Por todas partes te abordan vendedores de lotería: en el bar, en la ferretería, en correos, en la esquina de la calle Mayor. ¡Cójame usté una participación, oiga! Mire que el número viene caliente caliente, como mis castañas, que lo he soñado, créame, que es verlo y sentir un pálpito, que acaba en treinta y siete, el año en que nació mi difunto padre. ¡Pero si el dinero es lo de menos! Venga, no sea tacaño, ¿no ve que es para una buena causa —la sociedad gastronómica, la cofradía, la deportiva, que este año sube a la Segunda Federación—?
La lotería consigue lo que la política no: que la gente se ilusione por un futuro mejor, aunque ese futuro apenas dure los cinco minutos que tardan en comprobar el premio.
Otras fiestas en las que no juegas ni un triste décimo. Y van… ¡Uff, muchas ya! En la oficina se descuelgan con el chantaje emocional de todos los años: mira que si nos toca a todos te vas a morir de envidia. Al principio te costó ir contra corriente, siendo, como eres, el perro verde de la empresa, pero estás en otra fase y te pones farruco: así te va a tocar seguro; lo que no juegas. ¿Sabéis lo que se gasta cada español en el sorteo? ¡75 euros! La lotería es solo un impuesto más, un impuesto a la ignorancia —concluyes con suficiencia moral, aunque sin legitimidad—. Las matemáticas están contigo, pero el resto del mundo no.
Cuando sales de trabajar, un estúpido tren de color rojo, agazapado entre dos calles, espera a que cruces para embestirte. «Mooooc, moooc», brama una bocina de pera. Unos niños vestidos hasta la yugular te saludan ajenos con sus gorros y sus guantes de lana. La voz del maquinista se impone sobre los villancicos atronantes de la locomotora: ¡Mira por dónde cruzas, idiota! Lejos de encararte con él, agachas la cabeza.
Sigues andando por el mercado. Los precios están imposibles. La inflación navideña se adelanta incluso al alumbrado. La pescadera, con unos cuernos de reno de felpa, te grita: señor, ¿no quiere un besuguito? Mire que este año el de pincho ha salido muy bueno.
Sujetando las solapas de tu gabán, cruzas la plaza de Cervantes con destino al tradicional vermú navideño. Todo está patas arriba: el ruido de las perforadoras se empasta con el de la noria, la gente, los puestos; la mezcla de olores, a gofre, a polvo, a alcantarilla se agarra al estómago provocándote cierta náusea. Por el camino alguien te reconoce y te felicita la pascua al otro lado del soportal.
En la antigua judería, expuestos al sol en una suerte de explanada pétrea, pradean vecinos, conocidos y caras de toda la vida. Beben cerveza o vino. Algunos van disfrazados con gafas, matasuegras, artículos de cotillón. Otros calzan una sonrisa.
Te acoplas en el corro de tus amigos. A tu lado, Pepito y Fulanito discuten sin tensión, sabiendo sobradamente de qué pie cojea cada uno.
—Ya puestos a adelantar las luces, podía haber dejado las de las ferias, así no tendrían que volver a montarlas —dice el uno.
—La cosa es protestar… A ver si aprendes a disfrutar de la vida —le responde el otro.
—No, si lo digo porque no deben de quedar operarios libres, con este pandemónium que tienen montado por toda la ciudad.
—Es por los fondos europeos de Next Generation, hay que gastarlos antes del año que viene —apostillas sin mucha fe.
—Ya. Y sabes en qué bolsillo va a acabar todo ese dinero, ¿no?
—Malpensado.
—¿Malpensado? Tú mira a la Polaroid, que no da abasto, corriendo de obra en obra.
—Siempre criticando.
—¡Ah, será mentira! Es como lo del hospital de Torrejón.
—¿Qué ha pasado en Torrejón?
—¿No te has enterado? Pues eso, otros que se lo querían llevar crudo.
—El business es el business, ya sabes.
—¡Cómo sois los rojos! Siempre os lo lleváis todo a lo mismo.
Haces por cambiar de tema. Sabes que por ahí la cosa tiene mal pronóstico.
—¿Qué? ¿Os ha tocado algo este año?
—La pedrea en un décimo; cien euritos. Los jugaré para el Niño.
A media tarde, cuando por fin vuelves a casa, caminas despacio. Sientes las piernas leves, muy leves, como si se desparramaran por los adoquines.
Al menos te queda la salud, piensas.
No por mucho tiempo, susurra el Grinch que hay en ti.


















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