-
La operación de evacuación incluyó un viaje por carretera hasta Armenia antes de su repatriación en un avión militar español.
En la madrugada del pasado viernes, la puerta trasera de un avión militar español se abrió en territorio seguro. Entre los pasajeros, con la mochila aún cargada de incertidumbre y el rostro surcado por días de tensión, venía Rafa Guijosa, leyenda del balonmano y alcalaíno universal. Su regreso no fue como los que vivió tras una final europea o una medalla olímpica. Esta vez volvía desde otro tipo de escenario: uno donde no se jugaban goles, sino la vida.
Llevaba días atrapado en Irán, un país en plena escalada bélica con Israel. Las explosiones, cada vez más cercanas, se mezclaban con cortes de comunicación, apagones y un miedo del que pocos salen indemnes. Estaba con su equipo, aislado, sin internet, sin forma de llamar a su familia. Su obsesión era una: que los suyos supieran que estaba bien.
Mientras en España crecía la preocupación, en silencio se tejía una red de apoyo: diplomáticos, federaciones, el Comité Olímpico, incluso la IHF. Todos a una. Porque no se trataba solo de un seleccionador atrapado en zona de guerra. Se trataba de Rafa. De uno de los nuestros.
La operación fue compleja: salida por carretera, frontera con Armenia, espera en Ereván. Desde ahí, un vuelo militar lo trajo de vuelta. A salvo. A casa. Aunque, y esto conviene subrayarlo, no se ha confirmado aún que haya regresado a su ciudad natal, Alcalá de Henares, donde tantos corazones contenían la respiración por él.
Pero está en España. Vivo. A salvo. Y eso ya es motivo de un suspiro largo y agradecido.
En sus primeras palabras públicas, Guijosa no habló de él. Habló de su equipo, de la gente que le ayudó, del consulado, del embajador, de todos los que se movieron para que esa puerta del avión se abriera. Como siempre ha hecho: mirando hacia los demás. Es ese tipo de grandeza que no necesita titulares.
A sus 56 años, después de una carrera decorada con oros, bronces y ovaciones, Guijosa acaba de sumar otra hazaña. Una que no se mide en estadísticas. Una que habla de entereza, sangre fría y confianza. Una que, en el fondo, también tiene mucho de ese balonmano que le enseñó a resistir cuando el partido se pone cuesta arriba.
Y aunque todavía no se ha dejado ver por las calles de Alcalá, ni ha pisado su plaza ni abrazado a su gente, todos sabemos que su regreso ya empezó en cuanto puso pie en España.
Porque hay ausencias que duelen y regresos que curan. Y este, sin duda, es uno de ellos.
















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a






