El Banco Popular y las posiciones cortas: Un aviso para navegantes | Por Santiago López Legarda

" Solía decirse a veces que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Jugando un poco con esa frase, a lo mejor podríamos decir que la actividad bancaria es un delicado negocio en el que participan muchos y siempre gana el Santander. Lo ocurrido con el Banco Popular en la noche del 6 al 7 de junio de 2017 me ha recordado intensamente lo ocurrido con otro grande de la banca española el día de los Inocentes de 1993".

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Solía decirse a veces que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania. Jugando un poco con esa frase, a lo mejor podríamos decir que la actividad bancaria es un delicado negocio en el que participan muchos y siempre gana el Santander.

Lo ocurrido con el Banco Popular en la noche del 6 al 7 de junio de 2017 me ha recordado intensamente lo ocurrido con otro grande de la banca española el día de los Inocentes de 1993.  Aquel 28 de diciembre, después de muchos meses en los que Banesto iba de capa caída en los mercados bursátiles, el  Banco de España destituyó a la cúpula directiva encabezada por Mario Conde. Por supuesto, como ha ocurrido ahora bajo el mando del  Mecanismo Único de Resolución, los accionistas lo perdieron todo y los depósitos de los clientes estuvieron garantizados en todo momento.

El gran Luis Ángel Rojo, por entonces Gobernador del Banco de España, dirigió la operación quirúrgica con mano firme y maestra. A las pocas semanas compareció en el Congreso y dijo que la entidad presidida por Conde presentaba una agujero patrimonial de más de 600.000 millones de pesetas, que hacía necesaria lo que en la jerga  financiera se llama una operación “acordeón”: todo el capital y reservas preexistentes se destinan a la cobertura del citado agujero y posteriormente se lleva a efecto una ampliación de capital, que en 1993 fue suscrita por el Fondo de Garantía de Depósitos y ahora será suscrita por el Santander como nuevo dueño. En la comparecencia de Rojo ante el Parlamento quedó flotando en el ambiente la impresión de que si a todos los bancos se les practicase un examen como el que los técnicos de la autoridad supervisora habían practicado a las tripas de Banesto, todos tendrían que ser intervenidos.

La segunda parte fue lo mejor de aquella operación quirúrgica. Una vez saneado Banesto mediante la mencionada operación “acordeón”, el Banco de España lo vendió en una subasta en la que participaron Santander, Bilbao-Vizcaya y Argentaria. Pero -¡oh sorpresa! – una vez abiertas las plicas resultó que la mejor oferta era la del banco cántabro, que sin embargo era técnicamente inválida porque al presidente del Santander, el padre de la actual presidenta, se le había olvidado firmarla. Como cabía esperar en aquella reunión de tiburones financieros, todos se comportaron como auténticos caballeros: se llamó al señor Botín para que subsanase el error formal y el Fondo de Garantía de Depósitos se embolsó los 313500 millones de pesetas ofrecidos, a razón de 762 pesetas por título, que apenas compensaban la mitad de lo que había costado el saneamiento.

Debo decir que yo fui uno de los que se quitaron el sombrero ante la firmeza, sabiduría y celeridad con que actuó Luis Ángel Rojo. Y con más razón debo quitármelo ahora ante el llamado MUR, puesto que han llevado a cabo en una sola noche la operación que a Rojo le costó cuatro meses. Y en cuanto al coste para el comprador, qué decir: los 313.500 millones de pesetas de entonces han quedado reducidos a un euro, pero el dios Mercado seguía valorando  al Popular, después de semanas de duro castigo, en 1300 millones de euros.

Y es ahí, en el Olimpo del dios Mercado, donde se han movido a sus anchas unos despiadados tiburones especializados en un tipo de operativa que, a mi modesto entender, debería ser radicalmente prohibida cuando se dan situaciones de crisis: las posiciones cortas. ¿En qué consiste la cosa? Básicamente en esto: el especulador que piensa ( o está en condiciones de provocar, ojo) que un valor va a caer, le pide prestados sus títulos a un accionista a cambio de unos intereses; a continuación vende dichos títulos y, cuando han caído, los vuelve a comprar para devolvérselos a su dueño. Una operativa de altísimo riesgo con ganancias potencialmente enormes. Y una operativa pocas veces limpia, porque lo que se intenta es difundir noticias o filtraciones que provoquen las caídas en las cotizaciones, como decíamos más arriba.  Si a esas caídas les sumamos las retiradas de depósitos ( teniendo en cuenta la delicada naturaleza de la materia prima con que trabajan los bancos) ya tenemos la composición de lugar para entender lo ocurrido con el Popular en la noche del 6 al 7 de junio de 2017.

 

Santiago López Legarda experiodista de Radio Nacional de España

 

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