El 11 de septiembre y el derecho a decidir

Algunas reflexiones del autor " al hilo de la actualidad que nos inquieta. Hace 40 años yo también tenía un pensamiento naif como el de la actual alcaldesa de Barcelona y creía en una suerte de Confederación de Pueblos Ibéricos en la que quien quiere entra y el que quiere se va, como quien entra y sale a tomar unas copas en el "pub" de la esquina. Ahora resulta que me gusta sentir que el Valle de Aran, el parque nacional de Aigües Tortes, la Costa Brava o la Seu Vella de Lérida son parte de mi país y me indigna que algunos quieran arrebatármelos. Se conoce que nos vamos volviendo más egoístas y conservadores con la edad" .

 

  • Santiago López Legarda es un periodista alcalaino que ha ejercido en diferentes medios nacionales.

Qué cosa más natural es esta del derecho a decidir. De tan natural que es a mí me recuerda a aquella mayoría natural de la que no paraba de hablar un tal Manuel Fraga. Yo tengo el derecho natural de decidir si desayuno fruta o cereales, también puedo decidir – si soy un poco más exquisito – que es estupendo para la salud desayunarse con una docenita de ostras acompañadas por un sorbito de champán. Pero qué pasa si unos cuantos millones nos ponemos de acuerdo en decidir que queremos ostras para desayunar. Puede que las ostras se acaben y ya no podamos ejercer nuestro derecho; o puede que las autoridades, en aplicación de la legalidad vigente, decreten un período de veda durante el cual tampoco podremos ejercer nuestro derecho.

Quiere decirse que las libertades o derechos que uno pretende atribuirse pueden chocar con las libertades o derechos de otros, y en ese caso habrá unos límites que no podremos rebasar sin provocar graves problemas de convivencia. Los límites, respetar y hacer que se respeten los límites, he aquí uno de pilares de esa ardua tarea que es la educación de los niños. Así, cuando llegan a ciudadanos, están mejor preparados para saber y aceptar que sigue habiendo límites y que sigue en vigor la obligación de respetarlos.

Pero ahora mismo, en esta España bloqueada en el laberinto, hay unos cuantos millones de ciudadanos, más del ochenta por ciento de la ciudadanía de Cataluña según se dice, que quieren ejercer su santa voluntad sin que la opinión, los derechos o la voluntad del resto de ciudadanos españoles puedan representar límite alguno. Pongan las urnas – exigen cada día -, pero solo donde nosotros digamos. Son nuestros sentimientos, proclaman, es nuestro derecho, como si el resto fuéramos autómatas venidos de otra galaxia, sin derechos y por supuesto incapaces de tener sentimientos.

¿Por qué Cataluña tiene que formar parte de una entidad mayor llamada España cuando podría haber sido un país independiente? ( Si bien es muy cierto que nunca jamás lo ha sido) Contestemos a la gallega: ¿y por qué el Piamonte forma parte de Italia? ¿Y por qué Baviera está en Alemania? Son caprichos de la historia, no se me ocurre otra explicación más simple y más corta. Pero la historia – convendría no olvidar la observación de Marx  a este respecto – tiende a ser más bien violenta o muy violenta.

Ciertamente no es muy romántico ni muy ilusionante, como se dice ahora en el lenguaje político, aceptar la herencia que la caprichosa historia ha querido para nosotros cuando nos ponemos a imaginar el paraíso en que viviríamos si los acontecimientos hubieran ido por otros derroteros. Pero los intentos de rectificar el curso de la historia pueden llevar a cometer locuras con la invasión de las Malvinas por Argentina en abril de 1982. La presunta proclamación unilateral de independencia, por la que abogan unos cuantos cientos de miles de conciudadanos nuestros, también es una locura, aunque debemos reconocer que de calibre algo menor que la cometida por los militares de la Junta argentina.
Para no cometer locuras, lo mejor es atenerse a lo que hay. ¿Y qué es lo que hay? Pues lo que hay es una comunidad de 46 millones de ciudadanos perfectamente integrada y reconocida por la comunidad internacional, asentada sobre un territorio de algo más de medio millón de kilómetros cuadrados, cuyos límites (otra vez los límites) son perfectamente respetados y reconocidos por la comunidad internacional y regida por unas leyes constitucionales perfectamente equiparables a las que rigen en cualquier otro de los países democráticos perfectamente reconocidos y respetados por la comunidad internacional.

¿Se pueden cambiar las leyes constitucionales para dar satisfacción a los deseos de una parte de los ciudadanos? Se pueden cambiar, pero el cambio tiene que ser aprobado por la comunidad en su conjunto, no por una parte. El empeño en imponer la voluntad de unos sin contar con el resto solo servirá para alimentar un conflicto cuyas consecuencias y dimensiones son hoy por hoy imprevisibles. ¿Qué se hizo del seny?

Santiago López Legarda . Periodista ( prejubilado de Radio Nacional de España)

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