Afrontar este asunto me ha resultado especialmente complicado. Confieso que escribo estas líneas con un nudo en el estómago y la misma tristeza que reflejaba el rostro de Susana Díaz el pasado sábado en La Sexta Xplica. Ya tenía una edad, algun decreimiento sobrevenido, y años de ejercicio profesional cuando Zapatero llegó a la Moncloa, por lo que no crecí admirándolo como las generaciones más jóvenes. Aun así, siempre valoré su contribución histórica: el fin de ETA, el impulso al matrimonio igualitario y una forma de entender España que, con sus luces y sus sombras, representó para muchos un horizonte de progreso y esperanza. Verle ahora citado a declarar el próximo 2 de junio ante el juez Calama, imputado por delitos tan graves como organización criminal y tráfico de influencias, produce un dolor casi físico.
No es un dolor partidista. Es el de quien ve cómo un referente se desdibuja bajo el peso de unas acusaciones que, más allá de la presunción de inocencia, que mantengo y defenderé hasta el final del procedimiento, han abierto una grieta profunda en la credibilidad de todo el proyecto progresista.
Y lo escribo desde Alcalá, una ciudad que Zapatero ha visitado en varias ocasiones con motivo especial: desde la inauguración del Parador Nacional en 2009, pasando por el coloquio sobre Azaña en el Salón de Plenos del Ayuntamiento en 2021, hasta la recogida del Premio Libertas en 2023 o la inauguración de la exposición por los 20 años del matrimonio igualitario en el Instituto Cervantes. Lugares donde siempre se le recibió con respeto y donde su figura aún evoca para muchos alcalaínos momentos de ilusión política.
El caso Plus Ultra tiene todos los ingredientes de una tragedia griega con toques de sainete español. Una aerolínea de segunda fila que recibe 53 millones de euros públicos en plena pandemia mientras otras compañías se hundían sin salvavidas. Un expresidente que, según los informes de la UDEF, habría actuado como “supervisor estratégico” de una presunta estructura de influencias. Sus hijas, cuyas facturas a través de Whathefav rozan el millón de euros en pocos años. Y, para rematar la escenografía, un consejo de administración de Plus Ultra que parece sacado de un guion de Berlanga: directivos con sueldos astronómicos, comidas en restaurantes de postín y un “sainete gastronómico” que ya ha sido debidamente retratado por varios medios. Todo ello mientras España aún lamía las heridas de la crisis del coronavirus.
Si este caso fuera una ópera, llevaría el título de Rigoletto. Zapatero, como el bufón de la corte de Verdi, siempre pareció el hombre de la sonrisa eterna y la ceja arqueada, el que jugaba a ser más listo que el sistema moviéndose entre bambalinas. Y ahora, como el protagonista verdiano, ve cómo sus propias acciones ,o las que se le atribuyen. salpican directamente a sus hijas, convertidas en Gildas modernas de una trama que amenaza con tragárselo todo. La ironía dramática es demasiado perfecta: el defensor de los derechos y las causas nobles, atrapado en una historia de influencias y facturas.
Lo más preocupante no es solo la posible comisión de delitos. que deberá probarse con todas las garantías, sino la tormenta perfecta que se ha formado alrededor. Por un lado, las filtraciones selectivas que parecen llegar a la prensa con sospechosa precisión. El mismo partido que denunciaba arteramente las irregularidades en el caso del fiscal general ahora parece disfrutar del avance filtrado de la causa, utilizado un arma electoral contra el ‘sanchismo’. Isabel Díaz Ayuso y otros dirigentes populares han convertido el caso en su particular festín, en un éxtasis que resulta tan comprensible desde su punto de vista como preocupante para la salud democrática.
Y luego está la calle. Ver a Víctor Aldama al frente de una manifestación “contra la corrupción”, con agresiones a periodistas incluidas, produce una mezcla de vergüenza ajena y hartazgo. La oposición tiene derecho a exigir responsabilidades. No lo tiene a convertir el dolor colectivo en circo. Y el Gobierno, por su parte, debería entender que el “todo mi apoyo” de Sánchez a Zapatero, aunque comprensible desde la lealtad personal, suena a los oídos de muchos ciudadanos como un blindaje preventivo más que como una defensa serena de la presunción de inocencia.
El próximo 2 de junio será un día clave. Zapatero declarará como investigado. Y todos, absolutamente todos, deberíamos desear que sus explicaciones sean convincentes y que el procedimiento judicial transcurra con la pulcritud que merece un caso que ya tiene repercusión internacional. Porque este no es solo un problema del PSOE. Es un problema de España. Cuando un expresidente es imputado, la erosión alcanza a las instituciones en su conjunto.
Dicho esto con la crudeza que exige la hora: las consecuencias para el partido del Gobierno son, a mi juicio, difíciles de reparar. Aunque Zapatero saliera absuelto, algo que todavía es posible, la imagen de un expresidente señalado por supuestas irregularidades en un rescate millonario ya ha hecho un daño profundo. El zapaterismo, como relato moral, ha quedado herido de muerte. Y el sanchismo, que tanto ha bebido de ese legado simbólico, enfrenta ahora su prueba más ácida.
Y sin embargo… Aquí viene la retranca, esa bendita capacidad española de reírnos hasta en el patíbulo. Porque este caso, visto con cierta distancia, parece un mal sueño de los que uno despierta sudando y con taquicardia. Un sueño en el que Mr. Bean se convierte, sin querer, en el Rigoletto de la política española. Un sueño donde las cejas arqueadas que antes simbolizaban esperanza ahora se interpretan como signo de sorpresa permanente ante lo que le está cayendo encima.
Pero España siempre se despierta. Lo ha hecho tras guerras, dictaduras, crisis financieras y pandemias. Despertará también de esta resaca. Porque el Estado del Bienestar no depende de un hombre ni de un partido, sino de una sociedad que, a pesar de todo, sigue creyendo que la sanidad pública, la educación y los derechos sociales valen más que cualquier escándalo.
Ojalá el 2 de junio traiga algo de luz. Ojalá Zapatero pueda defender con solvencia su honor. Y ojalá, después de la tempestad, seamos capaces de reconstruir una política menos dependiente de héroes caídos y más anclada en instituciones fuertes y ciudadanos exigentes. Hasta entonces, seguiremos mirando con preocupación, pero con respeto al juez Calama y sus investigadores, y con esa mezcla tan nuestra de indignación y sorna. Porque en España hasta las tragedias acaban teniendo un punto de astracán.
Que sea lo que tenga que ser. Pero que sea pronto. Y que España, una vez más, demuestre que es más grande que sus peores pesadillas.


















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