- TIA enlaza Cervantes y Mochales con dos montajes que combinan tradición, sátira y humor en escenarios emblemáticos de Alcalá de Henares.
Alcalá de Henares tiene una forma muy suya de entender el teatro: no como una reliquia que se guarda en vitrinas, sino como algo que se pisa, se respira y, sobre todo, se disfruta. Esa tradición vuelve a cobrar fuerza esta primavera con dos propuestas del Teatro Independiente Alcalaíno (TIA) que, lejos de ser independientes entre sí, dialogan en el tiempo y en el espíritu: el clásico cervantino El viejo celoso y la irreverente Sueño y defensa del Ojo del C…, ambas atravesadas por la huella creativa de Carlos Mochales.

La primera cita es con el Siglo de Oro en estado puro. El entremés de Miguel de Cervantes, publicado en 1615 dentro de sus Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, regresa al patio mudéjar del Hospital de Antezana, ese rincón donde el teatro parece haber encontrado su hábitat natural. No es casualidad: el edificio, fundado en 1483 y considerado una de las instituciones en funcionamiento más antiguas de Europa, aporta a cada representación un contexto histórico que trasciende el mero decorado .
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Allí, entre columnas de madera y ecos de siglos, el viejo Cañizares vuelve a encerrarse en sus celos mientras Lorenza, joven, bella y desesperadamente viva, busca resquicios por donde colarse la libertad. La propuesta del TIA no es nueva, pero sí incombustible: llevan representándola desde 1995, convirtiéndola en uno de los grandes clásicos del repertorio local. Y funciona. Siempre funciona.
Cervantes en zapatillas: el teatro que baja a la calle
Porque si algo define esta versión de El viejo celoso es su capacidad para acercar el Siglo de Oro al público contemporáneo sin necesidad de solemnidades impostadas. Aquí no hay distancia entre actor y espectador: hay complicidad. Hay risas compartidas. Hay esa sensación de estar asistiendo a algo que podría haber ocurrido hace cuatro siglos… o anoche mismo.
El argumento es bien conocido, pero no por ello pierde filo. Un viejo rico, obsesionado con los cuernos que aún no le han puesto, decide blindar a su joven esposa con llaves, paredes y vigilancias absurdas. El resultado, como bien sabía Cervantes, es inevitable: cuanto más se encierra el deseo, más se desborda. La aparición de personajes como la vecina Hortigosa, auténtica dinamita dramática, convierte la trama en un juego de engaños deliciosamente orquestado.
La crítica social sigue intacta: matrimonios desiguales, control sobre el cuerpo femenino, hipocresía moral… Todo envuelto en humor. Porque Cervantes no sermonea: se ríe. Y al reírse, retrata. La elección del Hospital de Antezana no es un capricho estético. Es una declaración de intenciones. Representar allí no es solo hacer teatro: es activar un espacio que forma parte del ADN de la ciudad, situado además a escasos metros de la casa natal del propio Cervantes, como si el círculo se cerrara de manera casi poética .
Del entremés al disparate ilustrado
Pero si el primer acto de esta historia mira al pasado, el segundo se lanza de cabeza al delirio barroco. Una semana después, el TIA cambia de registro con Sueño y defensa del Ojo del C…, una obra firmada por Carlos Mochales que bebe directamente del universo de Quevedo y su capacidad para mezclar lo culto y lo escatológico sin pedir perdón.
Aquí no hay celos contenidos ni ironías veladas: hay un juicio imposible, una defensa insólita y un despliegue de humor que juega con los límites del lenguaje y del buen gusto. O mejor dicho: con su transgresión.
La obra, reestrenada recientemente tras una profunda revisión del texto original de 1981, se presenta como una fantasía onírica donde el propio Quevedo asume el papel de abogado defensor de lo que nadie querría defender en público. Y sin embargo, ahí está la clave: convertir lo indecible en materia teatral, y hacerlo con inteligencia.
El resultado es una pieza que no busca la comodidad del espectador, sino su complicidad. Le exige entrar en el juego, aceptar el código y dejarse llevar por una propuesta que, bajo su apariencia irreverente, esconde una reflexión sobre los límites del discurso, la moral y la libertad expresiva.
Carlos Mochales: un hilo invisible entre dos mundos
Lo que une ambas propuestas no es solo la compañía que las representa, sino la figura de Carlos Mochales, ese nombre que aparece en los márgenes, en un cartel de 1995, en un texto revisitado décadas después, pero que articula, casi sin hacer ruido, un puente entre tradición y contemporaneidad.
Mochales es, en cierto modo, ese eslabón que permite que Cervantes y Quevedo dialoguen en la Alcalá del siglo XXI. Su trabajo no se limita a la autoría o al diseño: es una forma de entender el teatro como un espacio de continuidad, donde lo clásico no se conserva, sino que se reinterpreta.
Y ahí el TIA juega un papel fundamental. No como una compañía que programa obras, sino como un colectivo que ha sabido construir un lenguaje propio, reconocible y profundamente arraigado en la ciudad. Su trayectoria, que se remonta a varias décadas, demuestra que hay otra manera de hacer cultura: desde la persistencia, desde la cercanía y desde una cierta resistencia a las modas.
En el fondo, lo que ocurre con estas dos obras es algo más que una programación teatral. Es una forma de contar Alcalá. De explicar que aquí el Siglo de Oro no es solo un reclamo turístico, sino una materia viva que se reactiva cada vez que un actor pisa escena. De un patio mudéjar del siglo XV a una sala contemporánea. De Cervantes a Quevedo.
De un viejo celoso a un ojo que se defiende.
Y quizá por eso funciona. Porque no hay impostura. Porque no se trata de “hacer cultura”, sino de seguir haciendo lo que siempre se ha hecho en esta ciudad: contar historias. Con humor, con mala leche cuando hace falta, y con esa mezcla tan complutense de respeto y desparpajo.
En tiempos donde todo tiende a lo inmediato y lo efímero, que una compañía siga representando un entremés desde 1995 no es una anécdota: es una declaración de principios. Y que, además, lo combine con propuestas tan libres como la de Mochales, confirma que el teatro, cuando es de verdad, no entiende de etiquetas.
En Alcalá, al menos, sigue teniendo algo de ceremonia… y bastante de fiesta.


















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