- Campuzano analiza el desgaste de Vox: resultados discretos, fractura interna y estrategia internacional controvertida que frenan su impulso político y electoral reciente.
- Por Antonio Campuzano. Periodista, patrono de la Fundación Diario Madrid.
La publicación de los resultados electorales de Castilla y León parece haber operado en el sentido de caída de sábana para descubrir el final de estación de Vox como partido político. Al viento a favor que sucedía tras el agotamiento de la opción de gobierno del partido en el ejecutivo de coalición y la debilidad de la oposición del Partido Popular, le sigue Vox como formación incapaz de acreditar hasta el momento una fuerza con suficiente empuje para constituirse en recambio indiscutible en el turno de ejercicio del poder.
Entre una y otra insuficiencia y con la inestimable ayuda de la opinión mediática que adelanta una orientación, con o sin voluntad de hacerlo, Vox ofrecía hasta este preciso momento una imagen de crecimiento con pocas o escasas posibilidades de freno y contención en su impulso ascendente. La cita de Castilla y León ha parado las ansias del 20 por ciento, el porcentaje presentado como hito a partir del cual la conquista del sorpasso al Partido Popular habría de ser una actividad de un solo acto para coser y cantar.
El abandono de Vox del gobierno castellano leonés del último mandato ha abonado un pírrico crecimiento de un solo escaño por dos procuradores más del PP, lo que escenifica un éxito muy menguado del partido ultra. Junto a este imponderable que paraliza el borbotón tantas veces anunciado de Vox se encuentra el alineamiento con el universo trumpista en todo el mecanismo de frentes bélicos y de influencia internacional.
Y aquí lo que se consideraba habitación en el lado correcto de la historia afronta riesgos que pueden extremar su actual debilidad. La ofensiva de la mano de Israel coloca día a día a la administración americana en una situación de encrucijada en la estima internacional por los daños económicos que ya representa la implantación guerrera de su hegemonía.
Lo que se preguntaba magistralmente Oliver Sacks, el neurólogo y escritor británico, en “El río de la conciencia” (Anagrama, 2019), “dónde trazamos la línea entre influencia e imitación”. Las dos categorías son utilizadas, más la segunda que la primera, en la seducción del partido de Abascal por la imagen de Donald Trump y su implantación en la escena internacional.
Y cuando el carisma del mandatario americano se resiente por la consecuencia inflacionaria y de inseguridad que aporta su modo de ejercer la fuerza en el planeta, antes o después restará credibilidad a sus émulos, entre los cuales se cuenta Abascal.
Por si fuera poca adversidad en el día a día de la fuerza que abonaba hasta hace muy poco la esperanza de implantación en el mapa político español de una corriente reaccionaria ascensional, también la fragmentación interna se ha manifestado con alguna evidencia.
Los padres fundadores de la idea Vox no son muchos y del germen aquel, que surgió como se recuerda de una revisión del PP, visto por aquellos pioneros como una casa ideológica de timidez de postulados y de prontuarios necesitada de arrojo y empuje para plantar cara a la izquierda superficial e históricamente falsaria, sobresalen los nombres de Ortega Smith, Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, amén de los primeros centrifugados con Alejo Vidal Quadras como más notable.
Macarena Olona fue el rostro más visible por portavoz y dueña de una oratoria muy llamativa. Todos ellos han tenido en su camino público problemas de entendimiento estratégico o personal con cargos orgánicos del partido y finalmente diferencias acusadas con quien ejerce el liderazgo, Santiago Abascal, con resultado de expediente de expulsión o apartamiento voluntario por temor a la trituración pública.
Lo sucedido en Castilla y León, con la marginación de quien fue vicepresidente García Gallardo, la crisis de Murcia con otro dirigente marginado de nombre Antelo, el rosario de pequeñas dimisiones que se vienen sucediendo en diferentes pueblos, dibujan un escenario orgánicamente inquietante para Vox, a la espera de la jornada electoral del 17 de mayo, marcada como electoral en Andalucía.
Quedaría por ver el alcance de las irregularidades internas de financiación denunciadas por los decapitados con expulsión o expediente, y la accidentada trayectoria de las negociaciones con el PP para la investidura de los gobiernos en Extremadura, Aragón y Castilla y León, sobre las cuales pende todo el mes de abril y la conjetura de agotamiento de plazos y nuevas elecciones en mitad del horizonte.
De sobrevenir resultados negativos en este carrusel de comicios, se habría empezado con enorme vitalidad en Extremadura para hacerlo con lamentable resultado en Andalucía.
Es decir, que la conjunción de los “astros”, en forma de fragmentación doméstica, malos resultados electorales y pésima elección de alianzas internacionales, podría concluir en descenso de cotización de un partido emergente con todos los presupuestos organizativos y encomios mediáticos a favor pero que finalmente podría caer en el pudridero de la historia, con la misma radiación con que lo hicieron Ciudadanos y Podemos, ambos con varias decenas de diputados, cantidad que aún no ha sido cuantificada en el caso de Vox.
Lo que describe Cioran con brillantez en “Ese maldito yo” (Tusquets, 1987), como “la invalidación de todos los futuros”.

















¡ Nuestro canal en Telegram! Si te ha interesado esta información, únete ahora a







Como siempre muy atinado!