La crisis del PSOE de Alcalá ya la está pagando la ciudad | Por Pedro Enrique Andarelli

El director de ALCALÁ HOY, Pedro Enrique Andarelli, firma esta tribuna en la que analiza la crisis del PSOE de Alcalá tras la carta de un veterano militante y el incierto expediente a Enrique Nogués. El autor sostiene que el conflicto ha dejado de ser interno y advierte de sus efectos sobre la ciudad, en un contexto de desgaste político, provisionalidad orgánica y debilitamiento de la oposición en el Ayuntamiento complutense.

Foto de Myriam Trujillo
  • Andarelli analiza la crisis socialista, cuestiona el expediente a Nogués y advierte de que el conflicto interno ya afecta a la ciudad.
Pedro Enrique Andarelli, director de ALCALÁ HOY

Hay cartas que pasan y cartas que pesan. La publicada estos días por un veterano militante socialista de Alcalá de Henares pertenece, sin duda, a las segundas. No tanto por lo que dice, que también, sino por lo que revela: que la crisis interna del PSOE local ha dejado de ser un asunto orgánico para convertirse en un problema político con efectos visibles sobre la ciudad.

Conviene aclararlo desde el principio. No estamos ante un episodio puntual, ni ante una discrepancia menor amplificada por intereses cruzados. Lo que se ha instalado en la agrupación socialista complutense es una crisis de fondo, sostenida en el tiempo, que ha ido erosionando la capacidad del principal partido de la oposición para ejercer como tal. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser del partido. Pasa a ser de todos.

La dimisión de Javier Rodríguez Palacios como secretario general no cerró la herida. Más bien evidenció su profundidad. La posterior constitución de una gestora, lejos de apaciguar el ambiente, ha consolidado la percepción de provisionalidad permanente. Y, entre tanto, la militancia asiste a un proceso de recomposición que no termina de arrancar, con movimientos internos, tensiones soterradas y un clima que, lejos de enfriarse, parece cronificarse.

En ese contexto aparece la carta del veterano militante. No como un hecho aislado, sino como síntoma. Como una señal de que algo no está funcionando en los mecanismos internos del partido. Porque cuando las discrepancias dejan de canalizarse dentro y empiezan a salir fuera, aunque sea desde el anonimato, es que el problema ha superado los cauces habituales de gestión.

Y en paralelo, sobrevuela otro elemento que añade complejidad al momento: el expediente de expulsión abierto a Enrique Nogués, uno de los nombres propios de esta crisis. Según distintas fuentes, el proceso ha llegado a instancias federales con más dudas que certezas, lo que introduce un factor de incertidumbre adicional. Porque no se trata solo de una decisión disciplinaria. Se trata, en el fondo, de un pulso político que trasciende a la persona afectada.

La pregunta ya no es si el expediente prosperará o no, sino qué consecuencias tendrá en cualquiera de los escenarios posibles. Si se confirma, consolidará una línea dura que puede profundizar la fractura interna. Si se matiza o se revoca, abrirá interrogantes sobre la gestión del conflicto y el criterio seguido hasta ahora. En ambos casos, el daño ya está hecho. Y el partido sigue sin encontrar un relato que ordene la situación.

Mientras tanto, Alcalá sigue su curso. Con sus problemas, sus debates y sus necesidades. Y lo hace con una oposición que, por momentos, parece más centrada en resolverse a sí misma que en ofrecer una alternativa sólida de gobierno. No se trata de exigir perfección, ningún partido la tiene, pero sí de reclamar una mínima estabilidad que permita ejercer la función de control y propuesta que corresponde a quien aspira a gobernar.

Aquí es donde la crisis deja de ser interna. Porque una oposición debilitada no es solo un problema para quien la sufre. Es un problema para el conjunto del sistema político local. Reduce el nivel del debate, empobrece la confrontación de ideas y, en última instancia, limita la capacidad de la ciudadanía para elegir entre proyectos claros y definidos.

En estos días en los que Alcalá se prepara para celebrar su Semana Santa, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, las imágenes de tradición, recogimiento y esfuerzo colectivo vuelven a ocupar las calles. Hay algo profundamente simbólico en ese arrastre de cadenas que algunas hermandades mantienen como expresión de penitencia. Y, salvando todas las distancias, que son muchas, cuesta no ver cierto paralelismo en el momento que atraviesa el socialismo complutense: un caminar pesado, cargado de tensiones, en el que cada paso parece exigir más esfuerzo que el anterior.

En ese mismo marco, el expediente de Nogués adquiere una dimensión casi inevitablemente simbólica. Sin necesidad de forzar comparaciones, la imagen de la Hermandad de Jesús Despojado de sus Vestiduras se cuela con una potencia difícil de ignorar: la de quien es expuesto en pleno recorrido, despojado no ya de atributos, sino de amparo político, mientras el cortejo avanza entre miradas, silencios y cálculos. Porque en este punto ya no resulta sencillo distinguir dónde termina la disciplina orgánica y dónde empieza la escenificación. Y quizá esa sea la clave incómoda: que el proceso, más allá de su resolución final, se está viviendo,dentro y fuera, como una suerte de procesión interna en la que alguien carga con el peso visible de un conflicto mucho más amplio.

Porque, al final, de eso se trata. De credibilidad. De la capacidad de un partido para ordenar sus conflictos, explicar sus decisiones y ofrecer un horizonte reconocible a quienes confían en él. Y hoy por hoy, esa capacidad está en cuestión en el PSOE de Alcalá.

No es una situación irreversible. La política, como la vida, admite rectificaciones. Pero el tiempo no es un factor neutro. Cada semana que pasa sin una salida clara consolida la idea de bloqueo. Cada episodio que se suma sin resolución alimenta la percepción de desgaste. Y cada voz que se alza desde dentro para advertir de ello, como la de ese veterano militante,  debería ser leída más como una oportunidad que como una amenaza.

Quizá el primer paso sea precisamente ese: reconocer que el problema existe y que no se soluciona negándolo o minimizándolo. A partir de ahí, tocará decidir si se opta por cerrar filas en torno a una estrategia clara o si se prolonga esta suerte de interinidad que, lejos de proteger al partido, lo expone aún más.

Alcalá, mientras tanto, no espera. La ciudad sigue necesitando una oposición fuerte, con criterio, con proyecto y con capacidad de interlocución. No por una cuestión partidista, sino por pura salud democrática. Porque cuando un actor principal del tablero pierde solidez, todo el conjunto se resiente.

La carta del veterano militante no es el problema. Es el aviso. Y convendría no ignorarlo. Porque, como tantas veces ocurre en política, lo que empieza como una cuestión interna acaba teniendo consecuencias mucho más amplias. Y cuando eso pasa, ya no hay anonimato que valga ni relato que lo contenga.

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