-
El pasacalles del Casco Histórico y la doble quema final reunieron a peñas, vecinos y autoridades en el adiós festivo al Carnaval.
- Crónica gráfica y vídeo de Myriam Trujillo para ALCALÁ HOY
El Carnaval de Alcalá de Henares se apagó este miércoles con el ritual más antiguo y simbólico de sus fiestas de invierno: el Entierro de la Sardina. Una ceremonia que mezcla duelo fingido y celebración verdadera, sátira y tradición, y que volvió a recorrer el corazón de la ciudad hasta consumirse en la hoguera final de la Huerta del Obispo.
La tarde caía húmeda y azulada sobre el Casco Histórico cuando comenzaron a reunirse los primeros grupos en la plaza de Cervantes. Había familias con niños disfrazados aún a medias, capas abiertas, maquillaje corrido, máscaras en la mano, y peñistas que ya vestían de negro riguroso, como corresponde al sepelio del Carnaval. En el centro, la sardina aguardaba su último paseo: grande, brillante, casi orgullosa en su condición efímera.
La cuarentenaria Peña El Juglar asumía este año el peso simbólico del cortejo. Su “obispo”, figura ya inseparable de la tradición, encabezaba el séquito con gesto solemne y cómplice a la vez, rodeado de plañideras exageradas y fieles sardineros. Nos dicen que por ahí se oyó un ‘nos falta quique’. En torno a ellos, la ciudad se disponía a representar una vez más ese teatro popular donde todos saben el final y, sin embargo, lo celebran como si fuera nuevo. A las siete en punto, el cortejo arrancó.
La comitiva del luto festivo
La calle Mayor volvió a convertirse en pasillo ceremonial de Alcalá. Bajo los soportales, entre la luz cálida de los comercios y la piedra centenaria, avanzaba la sardina escoltada por disfraces, música y humo pirotécnico. Vecinos y vecinas se sumaban al paso lento del cortejo, algunos con velas simbólicas, otros con teléfonos en alto, todos partícipes de ese duelo que es también despedida del invierno.
Encabezando el desfile, la gran figura móvil del dragón-dinosaurio aportaba el contrapunto fantástico. Sus movimientos lentos y su silueta monumental parecían abrir el camino hacia un territorio ritual, casi mítico, donde el Carnaval se consume para renacer el año siguiente. A su paso, niños y adultos alzaban la vista con esa mezcla de fascinación y extrañeza que sólo provocan las criaturas del teatro de calle.
La sardina avanzaba detrás, elevada sobre su estructura, rodeada de llantos fingidos y risas inevitables. El público, alineado a ambos lados del recorrido, acompañaba con aplausos y fotografías. Alcalá, una vez más, se reconocía en ese espejo colectivo que es el Carnaval: identidad compartida, memoria transmitida, humor que se repite y nunca envejece.
Entre los asistentes figuraban el concejal de Fiestas Populares, Antonio Saldaña; la concejala de Juventud, Pilar Cruz; y las ediles socialistas María Aranguren y Rosa Gorgues, junto a representantes de la Coordinadora de Peñas. Su presencia institucional, discreta entre disfraces y máscaras, subrayaba el carácter cívico de una tradición que pertenece, ante todo, a la ciudadanía.
Fuego en la Huerta del Obispo
El cortejo llegó a la Huerta del Obispo con la noche ya instalada sobre las murallas. El recinto, recuperado este año como escenario final tras la suspensión del pasado Carnaval por la lluvia, esperaba en penumbra el momento culminante.
El aire olía a humedad, madera y pólvora. La sardina fue situada sobre la estructura preparada para la quema, mientras el público se acomodaba tras las vallas. Niños sobre hombros, cámaras preparadas, murmullos contenidos.
No hubo esta vez gran espectáculo previo de fuego. La amenaza de lluvia había moderado la pirotecnia y reducido los fuegos artificiales a una breve antesala. Pero el rito esencial permanecía intacto: la combustión simbólica del Carnaval.
Cuando prendieron los palés bajo la estructura, la llama subió rápida, envolviendo la sardina en pocos segundos. La madera crujió, la pintura se oscureció, el humo ascendió hacia el cielo nocturno de Alcalá. El pez festivo ardía mientras el público observaba en silencio primero, en aplauso después.
El fuego iluminaba rostros, disfraces y murallas con esa luz primitiva que convierte cualquier celebración en ceremonia ancestral. Durante unos minutos, el tiempo pareció suspendido: sólo la hoguera, el humo y la memoria compartida de generaciones que han visto arder sardinas en ese mismo lugar. Cuando la estructura comenzó a ceder, el Carnaval 2026 se convirtió definitivamente en pasado.
El eco festivo del Distrito II
Mientras en la Huerta del Obispo se consumía la sardina oficial, el Distrito II vivía su propio cierre festivo, consolidado ya como tradición paralela y complementaria.
- Fotos del Ayuntamiento
La tarde había comenzado en el parque de Magallanes con el concurso de disfraces, uno de los actos más participativos del barrio. Niños, mayores y familias enteras desfilaron ante el jurado mostrando creaciones artesanales, humorísticas o fantásticas, en una celebración donde el Carnaval recupera su dimensión vecinal y cotidiana.
El actor Antonio Ponce, animador habitual de estas fiestas, condujo el acto con su energía característica, mientras el jurado, formado por el teniente de alcalde y presidente del Distrito II, Víctor Acosta; el concejal de Fiestas Populares, Antonio Saldaña; la concejala de Mayores, Esther de Andrés; y el edil socialista Enrique Nogués, deliberaba entre aplausos y risas.
Después, el pasacalles recorrió las calles del distrito con la participación de asociaciones vecinales y la Comparsa de Gigantes. Las figuras tradicionales avanzaban entre viviendas y plazas, trasladando al tejido urbano más cotidiano el imaginario festivo que en el centro histórico adquiere carácter ceremonial. El recorrido condujo finalmente al entorno del Camino del Juncal y la explanada frente al acuartelamiento Primo de Rivera (TEAR), donde esperaba la segunda sardina de la noche.
Allí, el ambiente era distinto pero igualmente intenso: más familiar, más próximo, con predominio de público infantil. La hoguera se preparó entre expectación creciente, mientras el cielo oscuro del barrio se abría al primer estallido pirotécnico.
El castillo de fuegos artificiales, de unos quince minutos, dibujó colores sobre las fachadas y árboles del entorno. Los niños señalaban el cielo; los adultos fotografiaban el instante. Cuando la sardina comenzó a arder, el Carnaval del Distrito II se fundió también en cenizas luminosas.
La ciudad que renace cada febrero
El Entierro de la Sardina de Alcalá es más que un acto festivo. Es un relato colectivo que la ciudad se cuenta a sí misma cada año: el final del exceso, el paso del invierno, la promesa de renovación.
En el fuego de la Huerta del Obispo y del Distrito II arden disfraces, máscaras y risas, pero también el cansancio del invierno y la nostalgia de la fiesta que se va. El Carnaval muere para poder regresar.
La participación creciente, la implicación de peñas y asociaciones y la descentralización de actividades muestran la buena salud de una celebración que ha sabido evolucionar sin perder raíz. Alcalá ha convertido su Carnaval en un patrimonio vivo, sostenido por ciudadanía e instituciones, tradición y creatividad.
Cuando las últimas brasas se apagaron y el público comenzó a dispersarse, quedó en el aire ese silencio breve que sigue a las grandes celebraciones. La sardina ya no estaba. El Carnaval había terminado. Pero en la memoria colectiva de la ciudad, como cada año, ya comenzaba a prepararse el siguiente. Porque en Alcalá, mientras exista fuego para despedirla, la sardina siempre volverá. Ahora toca la cuaresma.




















