TE REGALO MI CUMBRE | Por @espontaneario

El autor, bajo seudónimo, firma una tribuna tan literaria como incómoda sobre el gesto de María Corina Machado al regalar su medalla del Nobel al presidente Donald Trump. Un texto que mezcla ironía, desasosiego y mirada política para cuestionar el vaciamiento simbólico de los premios, el teatro del poder y la deriva moral de un tiempo donde los gestos pesan más que las convicciones y la confusión interesada entre reconocimiento, propaganda y ambición personal.

Foto de agencias
  • Una reflexión crítica sobre premios, vanidad y geopolítica, con Trump como símbolo de un poder que devora prestigios ajenos y deja escombros.

 

 

@espontaneario escribe memorias con memoria del instante, siempre contra la sinrazón pura y práctica.

 


Qué feo que María Corina Machado haya regalado la medalla de su Nobel al presidente Trump. Qué feo para los que aún creemos en la paz, aunque esa medalla no represente fehacientemente al valor en cuestión. Feo y cruel para el mundo, porque sabemos que esto se juega en las antípodas de la razón, y claro que nos duele. No la mereció nunca, y ahora se desacredita al galardón con esta herencia tan triste y, a la vista de los hechos no improvisados, inevitable. “Es un maravilloso gesto de respeto mutuo”, ha declarado el presidente, como si a los demás nos costara encontrar las propias palabras. La realidad de hoy es que la tiene en su poder, como siempre quiso y manifestó, y él no es el único que ha dejado de tener remedio.

Nada tiene sentido en la pista central del circo mediático que ha iluminado este gesto. Que lo iluminará durante un buen tiempo con fuga a la ignominia. Porque incluso asumiendo que no toda información está al alcance de todos, sobre ese terreno restringido, podemos imaginar el intenso trabajo comercial del gobierno norteamericano por limpiar la miel reseca en los labios de su magnate. Como también imaginar el sentido ghosting de la premiada, que se doblega a la buena voluntad de su desesperación o su hartazgo bien disimulado. Lo podemos imaginar casi todo, porque el culebrón da para múltiples ficciones, todas compatibles entre sí. Algunas también futuribles, como una petición de devolución por no llegar la compensación esperada.

Hemos visto la preciosa medalla solemnemente enmarcada sobre lujoso fondo oscuro, rodeada de sus pertinentes textos grabados en placa para legitimar la posesión, entregada como si fuera el disco de oro de un artista por sus ventas. Pobre medalla, nuevecita y deslumbrante, aún caliente (merece la pena evocar el orgullo de su fundición), que no termina de ser disputada y cuestionada. ¿Y si esa no fuera la medalla verdadera? Ojalá… ¿Habrán pegado en la trasera un certificado de autenticidad por exigencias del desconfiado beneficiario? Señora Machado, no dude ni lo aparente: el emperador está desnudo, aunque se exhiba cómodo y plácidamente calentado por su vanidad. Quizá siempre hubo mejores candidatos, todos aquellos que hubieran entendido el simbolismo sin ejercer ni marcar la competencia con otros, su interés político y su oportunismo moral. Un premiado agradecido y para todos los públicos, si es que lo había.

Para nuestra desgracia, ya sabemos que la historia no escribe nunca en borradores, y que además viene usando tinta indeleble en todos sus capítulos. Seguramente, el presidente Trump esté haciendo hueco para ese otro cuadro (dispondrá de un kilométrico ambigú en su nuevo salón de baile con botonadura de alcayatas) que contendrá las escrituras de la tierra groenlandesa otorgadas por los inuits. De momento, tapando la ausencia, cuelga un mapa del objeto de su deseo al que puede lanzar dardos en las tardes más tristes.

 

 

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1 Comentario

  1. Muy bueno el comentario y qué razón lleva. Estoy de acuerdo con ese feo detalle de entregar el Nobel de la Paz a Trump. porque de Paz no se está viendo nada. El está interesado en el petróleo y el resto le importa nada.

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